Cómo contuvo Alemania el coronavirus

A social distancing marker is seen at an ice-cream parlor, as the spread of the coronavirus disease (COVID-19) continues, in Koenigswinter, Germany, May 6, 2020. REUTERS/Wolfgang Rattay - RC29KG9QO6WZ
Keep your distance.Image: REUTERS/Wolfgang Rattay
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  • El ministro federal de Sanidad de Alemania analiza el enfoque del país frente a la pandemia de coronavirus.

  • Desde su sistema sanitario hasta la tecnología, hay 3 claves que explican su gestión relativamente exitosa hasta ahora.

  • Otros países también podrían aprender de su compromiso con la construcción de la confianza pública.

En comparación con otros muchos países, Alemania ha gestionado bien la crisis de COVID-19, gracias a su sistema sanitario bien financiado, su ventaja tecnológica y un liderazgo decidido. Pero, más allá de cualquier rasgo singular del sistema alemán, hay algo que todos los países pueden replicar: un fuerte compromiso con la construcción de la confianza pública.

Alemania suele citarse como un ejemplo positivo de cómo gestionar la pandemia de COVID-19. Logramos evitar la sobrecarga de nuestro sistema sanitario. La curva de infecciones se está aplanando claramente. Y la proporción de casos graves y de fallecimientos es menor en Alemania que en muchos otros países. Pero esto nos hace humildes, en lugar de excesivamente confiados.

Veo tres razones por las que Alemania está superando esta crisis relativamente bien, por ahora. En primer lugar, el sistema sanitario alemán se encontraba en buen estado al inicio de la crisis; todos han tenido pleno acceso a la atención médica. Este mérito no corresponde solo al gobierno actual, sino a un sistema que se fue construyendo a lo largo de varios gobiernos. Gracias a una excelente red de médicos de familia capaces de atender los casos más leves de COVID-19, los hospitales han podido centrarse en los pacientes más graves.

En segundo lugar, Alemania no fue el primer país en ser golpeado por el virus, por lo que tuvo tiempo para prepararse. Aunque siempre hemos mantenido un número relativamente alto de camas hospitalarias disponibles, en particular en las unidades de cuidados intensivos, también tomamos en serio la amenaza de la COVID-19 desde el principio. En consecuencia, la capacidad de cuidados intensivos del país aumentó en 12.000 camas, hasta alcanzar las 40.000, en muy poco tiempo.

En tercer lugar, Alemania alberga numerosos laboratorios capaces de realizar pruebas del virus y a muchos investigadores destacados en el campo, lo que ayuda a explicar por qué se desarrolló aquí la primera prueba rápida de COVID-19. Con una población de unos 83 millones de personas, somos capaces de realizar hasta un millón de pruebas diagnósticas al día, y pronto tendremos capacidad para llevar a cabo unos cinco millones de pruebas de anticuerpos al mes. Realizar pruebas de forma extensiva es como iluminar con una linterna en la oscuridad: sin ellas, solo se distinguen tonos grises; con ellas, se ven los detalles con claridad e inmediatez. Y, en un brote de enfermedad, no se puede controlar aquello que no se puede ver.

Los casos registrados han ido disminuyendo desde principios de abril. Image: Statista

Es cierto que, como ministro federal de Sanidad de Alemania, reconozco que solo estamos viendo instantáneas momentáneas. Nadie puede predecir con certeza cómo evolucionará la pandemia dentro de unas semanas o meses. No hemos impuesto toques de queda nacionales, pero hemos pedido a los ciudadanos que permanezcan en casa de forma voluntaria. Como muchos otros países, llevamos dos meses viviendo bajo severas restricciones a la vida pública y privada. Por lo que sabemos, esta respuesta ha sido necesaria y eficaz.

Sin embargo, no se pueden ignorar las consecuencias del confinamiento, por lo que estamos intentando volver gradualmente a la normalidad. El desafío es que reducir las medidas de protección puede ser tan delicado como lo fue implantarlas en primer lugar. Aunque operamos en condiciones de profunda incertidumbre, sí podemos tener certeza sobre el peligro que supone una segunda oleada epidémica. Por ello, seguimos alerta.

Solo el tiempo dirá si hemos tomado las decisiones correctas, por lo que soy prudente al extraer lecciones de la crisis en este momento. Pero algunas cuestiones ya me parecen claras.

En primer lugar, es fundamental que los gobiernos informen al público no solo sobre lo que saben, sino también sobre lo que no saben. Esa es la única manera de generar la confianza necesaria para combatir un virus letal en una sociedad democrática. Ninguna democracia puede obligar a sus ciudadanos a cambiar su comportamiento, al menos no sin incurrir en costes elevados. Para impulsar una respuesta coordinada y colectiva, la transparencia y la información precisa son mucho más eficaces que la coacción.

En Alemania hemos logrado frenar la propagación del virus porque la gran mayoría de los ciudadanos quiere cooperar, por un sentido de responsabilidad hacia sí mismos y hacia los demás. Pero, para mantener este éxito, el gobierno debe complementar la información oportuna sobre el virus con un debate público abierto y una hoja de ruta para la recuperación.

En segundo lugar, además de informar al público, los gobiernos deben demostrar que confían en que los ciudadanos comprendan la situación y lo que esta exige. Como están informados, los ciudadanos alemanes saben que no es posible volver a la normalidad sin una vacuna. Al pensar en nuestras nuevas rutinas diarias, nuestra fórmula consiste en buscar la mayor normalidad posible con la protección que sea necesaria.

Siempre que nuestras decisiones sobre dónde y cómo flexibilizar las restricciones se ajusten a criterios claros y sensatos, confiamos en que los ciudadanos alemanes las respaldarán. Nuestras decisiones deben basarse en la evidencia y priorizar la reducción del riesgo de contagio. Sabemos que el distanciamiento social es la protección más eficaz. Cuando las personas mantienen al menos 1,5 metros (cinco pies) de distancia, el riesgo de contagio se reduce sustancialmente. Y si podemos garantizar el cumplimiento de las normas básicas de higiene, el riesgo disminuye aún más. Los riesgos residuales restantes pueden gestionarse de distintas maneras, según la situación.

En tercer lugar, la pandemia ha demostrado por qué un mundo interconectado necesita una gestión de crisis a escala global. Lamentablemente, la cooperación multilateral se ha vuelto más difícil en los últimos años, incluso entre aliados cercanos. Ahora que vemos cuánto nos necesitamos unos a otros, la crisis actual debería servir de llamada de atención. Ningún país puede gestionar una pandemia en solitario. Necesitamos una coordinación internacional y, si las instituciones existentes para este fin no funcionan lo suficientemente bien, debemos trabajar juntos para mejorarlas.

En cuarto lugar, los europeos debemos replantear cómo abordamos la globalización, reconociendo que es fundamental producir bienes esenciales necesarios, como el equipo médico, dentro de la Unión Europea. Tendremos que diversificar nuestras cadenas de suministro para evitar depender por completo de un solo país o región. Pero repensar la globalización no significa reducir la cooperación internacional. Al contrario, los esfuerzos conjuntos entre los Estados miembros de la UE ya están impulsando avances hacia una vacuna. Una vez descubierta, será sin duda prudente garantizar que la vacuna se produzca en Europa, incluso si se pone a disposición de todo el mundo.

Como ocurre en la mayoría de las crisis, esta también ofrece oportunidades. En muchos ámbitos, ha sacado lo mejor de nosotros: un nuevo sentido de comunidad, una mayor disposición a ayudar a los demás y una renovada flexibilidad y creatividad. No cabe duda de que las consecuencias a medio plazo de la pandemia serán duras. Pero, a pesar de todas las dificultades e incertidumbres que nos esperan, sigo siendo optimista. En Alemania y en otros lugares, estamos siendo testigos de lo que nuestras democracias liberales y sus ciudadanos son capaces de lograr.

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