Cómo se relacionan nuestras respuestas al cambio climático y al coronavirus

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  • La pandemia de coronavirus puede conducir a una comprensión más profunda de los lazos que nos unen a escala mundial.

  • Los sistemas sanitarios bien dotados de recursos son esenciales para protegernos de las amenazas a la seguridad sanitaria, incluido el cambio climático.

  • El apoyo para reactivar la economía tras la pandemia debe promover la salud, la equidad y la protección del medio ambiente.

Vivimos en una era en la que las crisis interrelacionadas adquieren una dimensión mundial, con niveles de desigualdad, degradación ambiental y desestabilización climática sin precedentes, así como nuevos auges del populismo, los conflictos, la incertidumbre económica y las crecientes amenazas para la salud pública. Todas son crisis que están inclinando lentamente la balanza, cuestionan el modelo económico de business as usual de las últimas décadas y nos exigen repensar nuestros próximos pasos.

Existen, hasta cierto punto, paralelismos que pueden trazarse entre la actual pandemia de COVID-19 y algunas de las otras crisis contemporáneas a las que se enfrenta nuestro mundo. Todas requieren una respuesta que vaya de lo global a lo local y una visión a largo plazo; todas deben guiarse por la ciencia y necesitan proteger a los más vulnerables entre nosotros; y todas exigen voluntad política para introducir cambios fundamentales cuando se enfrentan a riesgos existenciales.

En este sentido, la pandemia de coronavirus de 2020 puede conducir a una comprensión más profunda de los lazos que nos unen a todos a escala mundial y podría ayudarnos a afrontar la mayor amenaza para la salud pública del siglo, la crisis climática.

En la Organización Mundial de la Salud (OMS), donde formo parte del equipo de cambio climático, estamos presenciando las devastadoras consecuencias de los sistemas sanitarios insuficientemente preparados cuando se enfrentan a estas sacudidas cada vez más frecuentes. Algunos de estos efectos sobre la salud tienen una clara huella del cambio climático, como el aumento de la frecuencia e intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos o la expansión del rango geográfico y la propagación de enfermedades transmitidas por vectores como la malaria o el dengue. En otros casos, como la pandemia de COVID-19, la relación con el cambio climático es menos evidente.

Image: Centros Nacionales de Información Ambiental de la NOAA

Sin embargo, hay algo que casi todas las crisis sanitarias tienen en común: golpean con mayor dureza a los más pobres y a los más vulnerables. Actúan como multiplicadores de la pobreza, al obligar a las familias a caer en la pobreza extrema porque deben pagar la atención sanitaria. Al menos la mitad de la población mundial no goza de una cobertura completa de los servicios sanitarios más básicos. Cuando golpean las catástrofes sanitarias –y, en un escenario de business as usual, lo harán cada vez con mayor frecuencia –la desigualdad mundial se mantiene y se refuerza, y se paga con la vida de los pobres y los marginados.

Una primera lección que extraemos de la pandemia de COVID-19 y de su relación con el cambio climático es que los sistemas sanitarios bien dotados de recursos, equitativos y con una fuerza laboral sanitaria sólida y respaldada son esenciales para protegernos de las amenazas a la seguridad sanitaria, incluido el cambio climático. Las medidas de austeridad que han debilitado a muchos sistemas sanitarios nacionales durante la última década deberán revertirse si queremos que las economías y las sociedades sean resilientes y prósperas en una era de cambios.

Por ejemplo, la población de Haití habría estado mucho mejor preparada para afrontar y recuperarse de los efectos duraderos del huracán Matthew de 2016 –fenómeno que fue agravado por el cambio climático –si hubiera contado con un sistema sanitario resiliente y bien dotado de recursos que la respaldara. De manera similar, muchas vidas iraníes podrían haberse salvado en las primeras etapas del brote de COVID-19 en el país, si su sistema sanitario, ya muy castigado, hubiera estado mejor preparado para lo que se avecinaba.

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En segundo lugar, la pandemia en curso demuestra que la desigualdad es un obstáculo importante para garantizar la salud y el bienestar de las personas, y que la desigualdad social y económica se traduce en un acceso desigual a los sistemas sanitarios. Por ejemplo, la amenaza sanitaria del nuevo coronavirus es, en promedio, mayor para las ciudades y las personas expuestas a niveles más altos de contaminación, que suelen ser personas que viven en zonas más pobres. Lo mismo ocurre con los efectos del cambio climático en la salud, ya que una de sus principales causas, la quema de combustibles fósiles, también añade contaminación al aire y afecta de manera desproporcionada a la salud de quienes viven en la pobreza.

La OMS estima que, si se reducen los factores de riesgo ambientales y sociales a los que están expuestas las personas, casi una cuarta parte de la carga sanitaria mundial (medida como pérdidas por enfermedad, muerte y costos financieros) podría prevenirse. Crear entornos saludables para poblaciones más sanas y promover la cobertura sanitaria universal (CSU) son dos de las formas más eficaces de reducir los efectos a largo plazo sobre la salud de –y de aumentar nuestra resiliencia y capacidad de adaptación a– la pandemia de coronavirus y el cambio climático.

En tercer lugar, la crisis sanitaria mundial en la que nos encontramos nos ha obligado a cambiar drásticamente nuestro comportamiento para protegernos a nosotros mismos y a quienes nos rodean, en una medida que la mayoría de nosotros nunca había experimentado. Este cambio temporal de rumbo podría dar lugar a un cambio duradero en los hábitos y supuestos arraigados, lo que podría impulsar una demanda pública de acción colectiva y una gestión eficaz de los riesgos. Aunque el cambio climático representa una amenaza sanitaria más lenta y a más largo plazo, será necesario un cambio igualmente drástico y sostenido en el comportamiento para evitar daños irreversibles.

Por último, crisis como estas ofrecen una oportunidad para recuperar el sentido de humanidad compartida, en el que las personas comprenden lo que más importa: la salud y la seguridad de sus seres queridos y, por extensión, la salud y la seguridad de su comunidad, su país y sus conciudadanos del mundo. Tanto la crisis climática como la pandemia en curso amenazan esa única cosa que todos nos importa.

Cuando por fin superemos la pandemia de COVID-19, podremos, con suerte, conservar ese sentido de humanidad compartida para reconstruir nuestros sistemas sociales y económicos y hacerlos mejores, más resilientes y compasivos. Por ello, los paquetes de apoyo financiero y social destinados a mantener y, en última instancia, reactivar la economía mundial tras la pandemia deben promover la salud, la equidad y la protección del medio ambiente.

En última instancia, la salud pública es una elección política. Una elección a la que nos enfrentamos ahora y que tendremos que tomar una y otra vez a medida que avancemos hacia un futuro más resiliente, con cero emisiones de carbono, justo y más saludable.

Arthur Wyns es asesor en materia de cambio climático de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Escribe a título personal; sus opiniones no representan necesariamente a la OMS ni a ninguno de sus Estados miembros.

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