Las vacunas son un milagro de la ciencia moderna, que ayudan a proteger millones de vidas frente a más de 25 enfermedades que ponen en riesgo la vida.
Gracias a la investigación, el desarrollo y los exámenes regulatorios internacionales, en la actualidad hay múltiples vacunas contra la COVID-19 disponibles y distribuidas en todo el mundo.
En este momento crítico en la lucha contra la COVID-19, debemos generar confianza en las vacunas, en los programas de distribución y en las personas que las defienden.
Es imposible medir el verdadero impacto de la pandemia de COVID-19, pero sabemos que sus efectos son profundos y de largo alcance. Además de lidiar con una enfermedad que se ha cobrado más de tres millones de vidas, ahora nos enfrentamos a crisis de salud pública adicionales que se han desencadenado o agravado durante la pandemia: la vacilación ante las vacunas y el descenso de las inmunizaciones de rutina.
Con horror, veo cómo los programas de vacunación infantil de rutina se ralentizan, se interrumpen o se suspenden por completo en cada vez más países del mundo. Incluso en algunos de los países más desarrollados, las tasas de cobertura de vacunación pediátrica y adolescente están disminuyendo. En mi opinión, el sarampión es el ejemplo más claro de «canario en la mina de carbón», y no me sorprendería que se produjeran brotes y retrocesos trágicos en el avance mundial hacia la eliminación de esa enfermedad.
En nuestros esfuerzos globales por frenar una enfermedad infecciosa, hemos perdido sin querer terreno en la garantía de una protección adecuada frente a otras enfermedades infecciosas, enfermedades que pueden prevenirse con vacunas probadas y ampliamente disponibles. Durante el último año, la sin precedentes interrupción de los programas de inmunización de rutina en todo el mundo ha dejado a unos 80 millones de niños menores de un año no vacunados o insuficientemente vacunados, una tendencia preocupante que deja a nuestra próxima generación innecesariamente vulnerable a enfermedades infecciosas graves y potencialmente mortales.
Este revés podría revertir décadas de progreso en la mejora de la cobertura de vacunación. Generar confianza será fundamental para que las personas se sientan seguras al acceder al sistema sanitario para diversas necesidades de salud, incluidos la atención preventiva y las vacunas recomendadas.
La confianza es un bien preciado, pero escasea en demasiadas comunidades de todo el mundo. A comienzos de 2019, casi un año antes de que se notificara por primera vez la COVID-19, la Organización Mundial de la Salud identificó la vacilación ante las vacunas como una de las diez principales amenazas para la salud mundial. Aunque la vacilación no es algo nuevo, ha ganado terreno con la rápida proliferación de la desinformación y la información errónea, y ha aumentado durante el último año por muchas razones, entre las que destaca la pérdida de confianza. Una reciente encuesta de Edelman realizada a más de 33 000 encuestados en 28 países reveló que la confianza pública está disminuyendo en el gobierno, los medios de comunicación y las organizaciones no gubernamentales.
¿Cómo generamos confianza?
Nos encontramos en un punto de inflexión crítico en nuestra lucha por responder a la pandemia de COVID-19, abordar el aumento de la vacilación ante las vacunas y revitalizar la infraestructura de salud pública para recuperar la cobertura de inmunización de rutina. Un elemento clave del éxito será nuestra capacidad individual y colectiva para generar confianza, no solo en las vacunas en sí, sino también en las personas y los sistemas que descubren, fabrican, aprueban, recomiendan, distribuyen y administran las vacunas. Podemos empezar escuchando y comprendiendo las preguntas y preocupaciones de los pacientes a los que atendemos, de los empleados que dirigimos y de las personas de nuestras comunidades.
Debemos abordar la vacilación ante las vacunas con compasión y entender que, a menudo, existen razones históricas o de otro contexto por las que las personas pueden desconfiar de las vacunas, algunas de las cuales pueden no tener nada que ver con las vacunas en sí. Es posible que las personas no entiendan cómo una nueva vacuna puede llegar al mercado en menos de un año cuando otras vacunas han requerido mucho más tiempo, y que no se den cuenta de que las bases para desarrollar las vacunas contra la COVID-19 se establecieron hace años.
¿Qué hace el Foro Económico Mundial en relación con el acceso a las vacunas?
Para que se confíe en ellos, los mensajes deben ser coherentes y fáciles de entender. En el contexto de la COVID-19, esto es difícil pero esencial, ya que la ciencia sigue evolucionando. Debemos seguir reforzando nuestro máximo compromiso con la seguridad de los pacientes, al tiempo que somos transparentes con las personas sobre lo que sabemos y lo que aún no sabemos. El mensajero es igual de importante, o incluso más, que el propio mensaje.
Para generar y mantener la confianza, se necesita un conjunto diverso de socios y colaboraciones de varios sectores a nivel mundial, nacional y local. Estos mensajeros pueden incluir al gobierno, una agencia local de salud pública o un proveedor de atención sanitaria, o una organización comunitaria, un líder religioso, un empleador, un miembro de la familia o quizás una celebridad o un influencer popular en las redes sociales.
La historia enseña lecciones valiosísimas
Aunque los desafíos actuales puedan parecer abrumadores, no son del todo nuevos. Como hemos aprendido de brotes de enfermedades infecciosas y crisis de salud pública anteriores, debemos estar preparados para actuar y comunicar, de forma decidida y rápida. En mi anterior función al frente de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos, aprendí que, por muy buena que fuera la ciencia, las respuestas de emergencia eficaces dependían de traducir esa ciencia en información fiable que la gente pudiera comprender, creer y utilizar.
En mi función actual, he sido testigo de este mismo requisito en una de las situaciones de brote más difíciles a las que nos hemos enfrentado: el brote del virus del Ébola en el este de la República Democrática del Congo (RDC). Al principio, la confianza en cualquier cosa era casi inexistente. La población estaba expuesta a diario a la amenaza de una brutal guerra civil, no estaba familiarizada con la medicina occidental y temía que buscar atención sanitaria provocara contagiarse del virus del Ébola.
No obstante, gracias a la comunicación eficaz y a la labor de divulgación de los líderes comunitarios, a la heroica colaboración de los trabajadores sanitarios y a asociaciones mundiales ágiles, se generó confianza y muchas personas aceptaron las medidas de respuesta sanitaria ante el brote, incluida la administración de la vacuna. Gracias a los esfuerzos de numerosos socios, ese brote finalmente se logró contener. Las numerosas lecciones aprendidas en la RDC pueden ayudarnos a resolver muchos de los desafíos a los que nos enfrentamos actualmente con el SARS-CoV-2.
Avanzar con esperanza
A pesar de la pandemia y de sus trágicas consecuencias, sigo siendo optimista. El mundo académico, los gobiernos, los organismos multilaterales, el sector privado y los socios de salud pública se han unido con urgencia y un sentido compartido de propósito para intercambiar información, poner en marcha nuevas alianzas y dar respuesta. Lo que aprendamos al resolver esta pandemia también nos ayudará a fortalecer nuestros programas de inmunización más amplios, que protegen a nuestras comunidades y economías frente a las amenazas para la salud. Debemos liderar el camino con unidad para lograr inmunidad.
