Los programas de vacunación contra la COVID-19 están cobrando impulso en todo el mundo.
Flexibilizar las restricciones antes de que una parte suficiente de la población esté protegida podría socavar este avance.
Lo que se necesita es una estrategia de salida por fases que equilibre la salud de la población con la recuperación económica.
El acelerado despliegue de vacunas en muchos países marca el último signo de esperanza en la lucha por controlar la COVID-19. Ya se han aprobado varias vacunas y todas son notablemente exitosas según la medida clínica más importante: prevenir las hospitalizaciones y las muertes causadas por la COVID-19.
Ahora, tres meses después de iniciar un esfuerzo mundial de vacunación, es momento de preguntarse: “¿Qué ha funcionado y qué no?”, “¿Hacia dónde debemos dirigir nuestra mirada?”, “¿Qué lecciones pueden transmitirse a las naciones cuyos esfuerzos de vacunación apenas comienzan?”
Avanzar con cautela
Los datos más recientes sobre las vacunas y las variantes sugieren que es probable que la COVID-19 se vuelva endémica, como la gripe. Si bien las principales vacunas han demostrado ser muy eficaces para prevenir hospitalizaciones y muertes, las personas vacunadas siguen siendo ligeramente susceptibles a la enfermedad y aún podrían transmitir el virus a otras, especialmente con la aparición de nuevas variantes.
Dado que es probable que el virus siga circulando y mutando, debemos procurar mantener con vida a las personas y fuera del hospital vacunando lo antes posible a las personas con vulnerabilidad sanitaria – aquellas con mayor riesgo de desarrollar una enfermedad grave o morir si se infectan. La COVID-19 es especialmente letal para las personas mayores de 65 años y para quienes padecen afecciones de salud subyacentes.
Una vez vacunadas las personas con vulnerabilidad sanitaria, los gobiernos pueden ofrecer vacunas al resto de la población y comenzar a reabrir sus comunidades. Durante la reapertura, deben mantener medidas de salud pública de bajo costo, como el uso de mascarillas y las pruebas de vigilancia. Incluso si el virus provoca nuevos brotes, los gobiernos pueden tener la confianza de que sus sistemas sanitarios no se verán desbordados.
A medida que aumentan las vacunaciones y disminuyen los casos, los gobiernos podrían sentirse tentados a eliminar las restricciones demasiado rápido. Los líderes deben resistirse a este enfoque. Hemos modelado varios escenarios que muestran el efecto de flexibilizar las restricciones sobre la ocupación de las unidades de cuidados intensivos. En Estados Unidos, retrasar la eliminación de las restricciones solo cuatro a seis semanas reducirá significativamente las hospitalizaciones.
La flexibilización de las restricciones debe producirse por fases. Primero deben eliminarse las de mayor costo, como los cierres de negocios o las restricciones de aforo, antes que aquellas sin consecuencias económicas, como las obligaciones de uso de mascarilla. El virus retrocede gracias a la combinación de inmunidad y restricciones. Lo que hemos observado y modelado es que, si levantamos las restricciones en cuanto el virus empieza a retroceder, la inmunidad no se habrá desarrollado lo suficiente como para impedir otro brote innecesario.

Los gobiernos pueden ejecutar una estrategia centrada en reducir el riesgo de enfermedad grave en tres fases: despliegue, intensificación y fase final.
1. Despliegue
El objetivo es llevar vacunas a quienes tienen mayor vulnerabilidad sanitaria. La sencillez operativa y la comunicación clara deben guiar el despliegue. En la práctica, esto significa que los gobiernos deben crear centros de vacunación de alto volumen, grupos de priorización fáciles de entender y sistemas de registro centralizados y fáciles de usar. En la medida de lo posible, todos los niveles de gobierno y todos los prestadores deben transmitir los mismos mensajes. Gracias a su destacada sencillez y comunicación, países como Israel y los Emiratos Árabes Unidos han liderado la vacunación de porcentajes considerables de su población y han generado confianza entre sus ciudadanos.
Las naciones sin un suministro inmediato y adecuado de vacunas deberían considerar una estrategia de «primero las primeras dosis», que consiste en vacunar al mayor número posible de personas, especialmente a las de mayor riesgo, con una primera dosis para estirar el suministro y reducir los riesgos de hospitalización. Los datos sugieren que los refuerzos (segundas dosis) pueden retrasarse hasta 12 semanas.
2. Intensificación
Durante esta fase, los gobiernos deben ampliar la capacidad de procesamiento para atender un mayor suministro de vacunas y la demanda insatisfecha que persista. Su enfoque debe centrarse en el volumen y en llegar a las personas con vulnerabilidad sanitaria. Una vez que ese segmento –unos 100 millones de adultos en Estados Unidos– esté vacunado, el foco debe pasar a una distribución y administración equitativas entre los distintos grupos de población. En Estados Unidos, por ejemplo, las tasas de vacunación temprana de la población negra y de las personas de bajos ingresos son inferiores a su proporción dentro de la población. Los gobiernos deben garantizar un acceso equitativo a las vacunas simplificando la programación de citas, ampliando los horarios de atención, reduciendo los obstáculos para llegar a los centros de vacunación y atendiendo las inquietudes que surjan en estas comunidades.
¿Qué hace el Foro Económico Mundial para combatir las pandemias?
Una preocupación latente en la fase de intensificación es la aparición de preferencias individuales por una vacuna frente a otra. Varios países suspendieron recientemente el uso de la vacuna de AstraZeneca por temor a posibles problemas de coagulación sanguínea, a pesar de la falta de pruebas que vinculen estos problemas con la vacuna. El 18 de marzo, el comité de seguridad de la Agencia Europea de Medicamentos concluyó que los beneficios de la vacuna para combatir la COVID-19 superan los riesgos de posibles efectos secundarios.
Los gobiernos pueden abordar este desafío de preferencias promoviendo todas las vacunas que hayan demostrado ser seguras y eficaces, especialmente en los resultados más importantes de hospitalización y muerte. Los gobiernos deben reforzar la idea de que la mejor vacuna es aquella a la que se puede acceder primero, y crear un acceso equitativo a todas ellas. El seguimiento continuo de la seguridad y la eficacia, la adopción de vacunas específicas en los distintos segmentos de la población y una comunicación transparente son las mejores formas de demostrar y poner en práctica una distribución equitativa.
3. Fase final
En esta etapa final, la estrategia de centralización que fue tan necesaria para vacunar a quienes estaban dispuestos durante la intensificación se convierte en un obstáculo para llegar a los reticentes. La vacilación ante la vacuna podría ser el mayor desafío para poner fin a la pandemia; una encuesta de BCG realizada a finales de febrero en Estados Unidos sugiere que alrededor del 45% de la población adulta que aún no había sido vacunada se mostraba reticente a recibir la vacuna.
Gran parte de esa vacilación se debe a temores relacionados con la seguridad y la eficacia. Si bien el creciente cuerpo de evidencia tranquilizadora puede ayudar a disipar esas preocupaciones, las investigaciones también sugieren que las personas se dejan persuadir más por quienes les inspiran confianza, como sus médicos de cabecera y los líderes comunitarios locales.
A medida que la ejecución pasa de llevar brazos a las vacunas a llevar vacunas a los brazos, el acceso centralizado cede paso al acceso comunitario. Recibir una vacuna debería ser tan sencillo como acudir a una farmacia local, una iglesia, una organización comunitaria de salud o el consultorio de un médico.
Además de este enfoque de presencia directa en el terreno, abordar la vacilación ante la vacuna requiere una respuesta social que involucre a todos los niveles de gobierno y mensajes unificados y dirigidos de funcionarios públicos y científicos. Inglaterra ha logrado reducir la vacilación al conectar a líderes comunitarios y religiosos locales con médicos del NHS para responder preguntas e inquietudes en foros virtuales dirigidos a comunidades de minorías étnicas. Como resultado, los parlamentarios estiman que la vacilación de los adultos a vacunarse podría ser inferior al 10% en todo el país.
¿Qué depara el futuro?
A menos que las variantes logren mutar y eludir la inmunidad inducida por las vacunas, algunas naciones están a solo meses de volver a una «nueva normalidad». Los países de ingresos bajos y medianos están más rezagados. Sin embargo, se beneficiarán de las mejores prácticas desarrolladas por las demás naciones.
El deseo de volver a la normalidad es comprensible, ya que el cansancio por la COVID-19 está muy extendido. Pero si actuamos de forma colectiva y con cautela, la COVID-19 no tiene por qué definirnos durante mucho más tiempo.

