En Puerto Príncipe y otras ciudades haitianas, han surgido grupos locales para combatir los mitos sobre la COVID-19 que han erosionado la confianza en la atención sanitaria.
Haití, el país más pobre de las Américas, con 11 millones de habitantes, ha registrado unos 7.300 contagios de coronavirus y 160 muertes.
Recorriendo puerta a puerta las abarrotadas calles de un barrio marginal de Puerto Príncipe, el líder comunitario haitiano Reynald Jean está en primera línea de los esfuerzos por desmontar los arraigados y letales mitos sobre el coronavirus.
Uno de ellos afirma que a los pacientes de los hospitales se les administra una inyección mortal para aumentar el número de muertes por COVID-19, de modo que el gobierno pueda atraer más ayuda internacional.
Otro mito sostiene que los hospitales están probando una vacuna contra el coronavirus en pacientes sin su conocimiento.
"En la comunidad, la gente considera la COVID-19 un asunto político", afirmó Jean, de 45 años, que dirige un grupo juvenil local.
Algunos haitianos afirman que la COVID-19 no es real. Señalan la baja cifra oficial de muertes, que se ha vinculado a la falta de pruebas en los hospitales de Haití, con recursos y financiación insuficientes.
Haití, el país más pobre de las Américas, con 11 millones de habitantes, ha registrado unos 7.300 contagios de coronavirus y 160 muertes. En la República Dominicana, que comparte con Haití la isla de La Española, el coronavirus ha cobrado la vida de al menos 1.000 personas y ha infectado a 64.000.
"Sabemos que hay muchas personas con dolencias como fiebre o gripe. Se quedan en casa, cuidándose con medicina tradicional", afirmó Jean, padre de cuatro hijos.
Él y su pequeño equipo entregan folletos informativos sobre la COVID-19 a las personas en sus puertas y a los vendedores callejeros y de mercados.
A veces también reparten jabón y tabletas de cloro y colocan cubos de agua junto a los vendedores ambulantes para el lavado de manos.
También han ayudado a construir una estación comunitaria para el lavado de manos en un campo de un barrio donde los niños practican deporte.

Con dos tercios de los haitianos viviendo en la pobreza y muchos hogares sin agua corriente, lavarse las manos y usar mascarilla son un lujo. Jean y su equipo también conducen dos camiones con altavoces para difundir mensajes de prevención de la COVID-19.
"Lávate las manos. Usa mascarilla. Mantén la distancia social", son mensajes que resuenan por las calles densamente pobladas, bordeadas de chabolas de ladrillo gris.
Ahora que el confinamiento por el coronavirus en Haití ha terminado y las iglesias han reabierto, el reto consiste en asegurar que la gente comprenda que el peligro no ha desaparecido.
"Estamos diciendo a la gente: "El coronavirus sigue aquí. Es imprescindible seguir respetando las medidas de prevención", declaró Jean a la Fundación Thomson Reuters.
Confianza erosionada
Cientos de otros líderes comunitarios, directores de centros educativos y trabajadores sanitarios formados por la organización benéfica médica Médicos Sin Fronteras (MSF) utilizan métodos similares para ayudar a desmontar los mitos sobre el coronavirus.
"Escuchamos los miedos y preocupaciones de la gente e intentamos entender de dónde proviene su temor", afirmó Sandra Lamarque, jefa de misión de MSF en Haití.
"Preguntamos: ¿has presenciado personalmente que alguien reciba esta inyección mortal, o es algo que oíste de alguien que a su vez lo oyó de otra persona?"
Sin embargo, desmentir los mitos sobre la pandemia que se difunden en las redes sociales y de boca en boca es difícil. La Organización Mundial de la Salud ha descrito la propagación de la desinformación sobre el coronavirus como una "infodemia".
En Haití, los mitos sobre el coronavirus han erosionado la confianza en los sistemas sanitarios y están obstaculizando el trabajo de los médicos, afirmó Lamarque.
"Hemos tenido algunos casos en los que el paciente o su cuidador se negaban a que le pusiéramos cualquier tipo de inyección", declaró.
El miedo y el estigma en torno al coronavirus, en gran medida debidos a la desinformación, pueden tener consecuencias fatales, ya que algunos haitianos se muestran reacios a buscar atención en los hospitales, afirmó Lamarque.
"Esto hacía que llegaran muy tarde (al hospital) y, como consecuencia, llegaban en estado crítico. Nos resultaba muy difícil atender a los pacientes y salvarles la vida", declaró.
Doce de los 132 pacientes ingresados en la clínica de MSF para la COVID-19 en el barrio de Drouillard, en Puerto Príncipe, entre mediados de mayo y mediados de junio murieron a su llegada o en las primeras 24 horas, afirmó Lamarque

"Bomba de relojería"
Los falsos rumores sobre las inyecciones contra la COVID-19 también han tenido un efecto colateral en otras vacunaciones rutinarias, afirmó Lamarque.
Las tasas de vacunación de niños y recién nacidos en hospitales públicos de todo Haití fueron un 50 % inferiores en mayo que el año anterior, declaró.
"Esto es extremadamente preocupante, porque podríamos tener una brecha en la vacunación y... realmente corremos el riesgo de sufrir otro brote en el país: sarampión, difteria", afirmó Lamarque.
"Esto podría ser una bomba de relojería."
Los temores sobre el coronavirus alimentados por la desinformación también han llevado a más mujeres embarazadas a optar por dar a luz en casa.
Se ha registrado una caída del 75 % en el número de mujeres que dan a luz en hospitales públicos de todo Haití en mayo de este año en comparación con el mismo mes del año anterior, afirmó Lamarque.
"Sabemos que esto podría tener un impacto en las muertes maternas", declaró.
Sid Vilnor, conductor de 49 años en Puerto Príncipe, no creía tener el coronavirus cuando enfermó en mayo.
"Al principio, no creía tener COVID-19 porque no había estado en contacto con personas procedentes del extranjero, así que no pensé que pudiera contagiarme", declaró Vilnor.
Durante casi un mes, Vilnor intentó tratar su fiebre persistente con medicina tradicional a base de hojas de roble, flores de lila y aloe vera.
Pero, tras toser sangre y no poder caminar, acudió a una clínica de MSF a mediados de junio.
Mientras Vilnor estaba allí, dijo que varios amigos lo llamaron para decirle que no debía aceptar ninguna inyección.
"En mi barrio, hay muchas personas que se quejan de tener fiebre. Dicen que prefieren morir en casa antes que ir al hospital porque están convencidas de que les pondrán una vacuna mortal", declaró Vilnor.
"Si no hubiera venido entonces, probablemente habría muerto."

