La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha identificado las enfermedades no transmisibles (ENT) como uno de los principales desafíos sanitarios del siglo XXI. Declaradas ya una preocupación mundial, su creciente prevalencia ya no se limita a los países desarrollados, pues afectan a los Estados de ingreso bajo y mediano, y causan el 85 % de las muertes prematuras. La naturaleza cambiante de las ENT, así como las variaciones en la respuesta humana al tratamiento, exigen una revolución urgente en la atención sanitaria, en la que la colaboración con equipos multidisciplinarios produzca mejoras mayores en los resultados de salud.

La atención sanitaria actual
El paradigma habitual de la atención sanitaria depende en gran medida de la interacción entre paciente y clínico, siendo este último el único responsable del diagnóstico y el tratamiento. Aunque se trata de una práctica muy arraigada, considero que un enfoque más eficiente implicará la participación de los científicos en el sistema. La identificación de la enfermedad que afecta a una persona y del tratamiento, ya sea farmacológico o paliativo, que puede aplicarse corresponde a la medicina; sin embargo, el manejo de las enfermedades va mucho más allá de los muros de la consulta. La ciencia complementa la medicina al explicar por qué determinados tratamientos funcionan en unos pacientes pero no en el resto de la población. Además, la ciencia ha allanado el camino para descubrir genes específicos de enfermedades, lo que se traduce en marcadores más precisos para la evaluación del riesgo y el diagnóstico. Si mantenemos separados estos dos campos, perdemos la oportunidad de ofrecer a los pacientes la mejor atención médica posible. Esto es especialmente cierto en el caso de las ENT, en las que la genética del huésped desempeña un papel crucial en su desarrollo y progresión.

El cáncer es la segunda ENT más agresiva, que causó 9,6 millones de muertes en todo el mundo en 2018, con una mortalidad prevista de 13 millones para 2030. Esto dificulta la consecución del objetivo de desarrollo sostenible 3.4, que pretende reducir en un tercio las muertes prematuras por ENT en ese último año. Este aumento de la tasa de mortalidad provocará inevitablemente un incremento mundial de la demanda de quimioterapia de primera línea del 53 %, así como de la plantilla de médicos especializados en cáncer, para 2040. Afortunadamente, hay una forma de evitarlo. El hecho de que los tumores malignos tarden en desarrollarse puede jugar a nuestro favor. En primer lugar, esto nos dará tiempo suficiente para detectar las células precancerosas incluso antes de que se transformen y proliferen por completo. Detectar el cáncer en sus fases iniciales dará a los pacientes una mayor probabilidad de supervivencia.
Por otro lado, una enfermedad plenamente desarrollada requerirá una forma más precisa y eficiente de seleccionar un tratamiento dirigido y adecuado mediante la identificación de marcadores celulares e intervención; aquí es donde entran en juego los científicos. La llegada de la medicina de precisión ha permitido a los científicos participar activamente en la atención a los pacientes. Ahora podemos llevar a cabo investigaciones que permiten cartografiar la composición genética de las personas y desarrollar métodos de diagnóstico y tratamiento personalizados sin dañar las células no cancerosas.
En el caso del cáncer de mama, se comprobó que una mutación presente en la proteína Factor de Crecimiento Epidérmico Humano (HER-2) está asociada a la progresión del cáncer, y solo se expresa en determinados grupos de pacientes. La detección de aberraciones en HER-2 mediante el perfilado tumoral de biopsias de mama se utiliza como base para el tratamiento con trastuzumab. Más recientemente, se está estudiando una posible vacuna para pacientes HER-2 positivos que muestra un efecto sinérgico con el fármaco. Este tratamiento combinado podría no solo detener la progresión del cáncer, sino también prevenir las recidivas.

La atención sanitaria del mañana
Aunque los científicos siguen descubriendo métodos de cribado y tratamiento dirigidos, una medida de este tipo suele tardar 17 años hasta su utilización real en las clínicas. Este lento ritmo en la traslación de la investigación subraya la necesidad de que el sistema sanitario actual se oriente más hacia una vía científica y esté más abierto a la colaboración con los investigadores. Como joven investigador en Filipinas, he sido testigo de primera mano de la relación fragmentada entre el laboratorio y la cabecera del paciente, donde cada uno trabaja por separado en un continuo lineal. Mientras los científicos trabajan en el laboratorio para establecer teorías y desarrollar nuevas tecnologías, los clínicos atienden a sus pacientes. Este tipo de sistema aislado no garantiza que científicos y clínicos sean capaces de ofrecer exactamente lo que los pacientes necesitan. ¿Qué podemos hacer para salvar la brecha?
1. Reconocer que no se trata de una competición, sino de una colaboración
Médicos y científicos tienen distinta experiencia, pero ninguno es más importante que el otro. Los clínicos conocen bien el proceso patológico de las enfermedades y el tipo de atención que necesitan los pacientes. Por otra parte, los científicos son capaces de poner a prueba hipótesis clínicas mediante métodos biológicos y crear nuevos enfoques para la atención al paciente a partir de sus descubrimientos. Sin colaboración entre ambos, es imposible que la medicina avance y que la ciencia sirva a la sociedad.
2. Incluir a los científicos desde el inicio de la atención al paciente
La recogida de datos y los resultados de laboratorio durante la consulta inicial del paciente son fundamentales para determinar su estado. En este punto, los científicos ya deben trabajar junto a los médicos complementando los datos del paciente con técnicas de base molecular. Este es también el momento ideal para obtener información sobre cómo progresan las enfermedades y por qué las manifestaciones varían entre pacientes. Tener una idea de estos aspectos les ayudará a formular preguntas de investigación con mayor relevancia clínica.
3. Fomentar una colaboración abierta y dinámica
La convergencia de los campos mencionados implica que debe establecerse un sistema sanitario más abierto. La Cuarta Revolución Industrial subraya la necesidad de que diversos campos se ayuden mutuamente a mejorar nuestras comunidades. La medicina y la ciencia pueden fortalecerse mutuamente y ampliar la colaboración con otros actores, como científicos de datos, ingenieros biomédicos y otros profesionales sanitarios, para garantizar que la atención sanitaria siga siendo para las personas, y no en contra de ellas.
4. Compartir datos de forma constante
Este ha sido un reto en ambos campos debido a la privacidad de los datos y a la preservación de la originalidad de los resultados de investigación. Debe haber una forma de transmitir información que proteja la privacidad y permita a los científicos utilizarla sin dejar de mantener el anonimato del paciente. La cadena de bloques podría ser una solución potencial para una transmisión de datos más segura, aunque todavía no se ha integrado plenamente en las instituciones sanitarias. En cuanto a la originalidad, debemos aprender a trazar la línea entre el prestigio y el propósito.
5. Reforzar la comunicación científica
La ciencia se percibe como intimidante, técnica y difícil de entender, pero no debería ser así. Los científicos deben aprender a comunicar su trabajo de manera más comprensible y a hacerlo accesible para todas las personas.
Llamamiento a la acción
Queda mucho trabajo por hacer para salvar la brecha entre la ciencia y la medicina. Antes de abordar otros ámbitos, como las alianzas con la industria, la comercialización, la accesibilidad de las pruebas genómicas y la elaboración de políticas, comencemos por fomentar una sólida colaboración entre clínicos e investigadores durante la atención al paciente.

