La COVID-19 ha causado una perturbación masiva y ha abierto profundas brechas en la desigualdad, la estabilidad económica y la seguridad social.
La recuperación de la COVID-19 ofrece la oportunidad de abordar otros desafíos globales, como el cambio climático y la desigualdad, escriben dos expertos en clima.
Es fundamental que los gobiernos y las organizaciones aprovechen al máximo el estímulo fiscal que se les ofrece para reconstruir una sociedad mejor, más resiliente y sostenible.
La crisis de la COVID-19 ha demostrado cómo las profundas desigualdades hacen que toda la sociedad sea más vulnerable, y ofrece importantes lecciones para desarrollar resiliencia en una era de cambio climático. Quienes están más expuestos a la pandemia de coronavirus y a la consiguiente crisis económica son, en gran medida, también quienes más vulnerables son a los impactos del cambio climático: las personas con menores ingresos y en situación de desventaja, incluidas las mujeres, las minorías y los grupos étnicos marginados, las personas mayores, los trabajadores informales y quienes desempeñan trabajos esenciales, pero infravalorados en primera línea.
Con millones de personas infectadas, más de la mitad de la fuerza laboral mundial en riesgo inmediato de perder sus medios de vida y el número de personas que padecen hambre aguda con la posibilidad de duplicarse hasta alcanzar los 265 millones, la crisis de la COVID está agravando la desigualdad, con consecuencias nefastas para nuestras sociedades y economías. A menudo, la crisis es más aguda para las personas pobres de los países en desarrollo, donde los medios de vida son precarios.
El año pasado, una ola mundial de protestas puso de relieve la urgente necesidad de abordar la acción climática y la justicia social, y las recientes protestas contra el racismo en Estados Unidos y Europa también han subrayado cuestiones fundamentales de equidad. Al poner en marcha iniciativas para reactivar sus economías, los países tienen una oportunidad decisiva para seguir un rumbo más sostenible y resiliente; para lograr este cambio, también deben situar la lucha contra la desigualdad en el centro de sus esfuerzos.
A continuación se presentan cuatro cuestiones centrales de la crisis de la COVID en las que las estrategias de recuperación pueden abordar a la vez la desigualdad, la crisis económica y el cambio climático. Aunque estas cuestiones no reflejan en absoluto todas las formas en que se entrecruzan las respuestas al cambio climático y la desigualdad, son fundamentales para los desafíos que la crisis de la COVID-19 ha dejado al descubierto.
1. Políticas de protección social
Al menos la mitad de los países del mundo han incluido políticas de protección social para garantizar la seguridad de los ingresos básicos y el acceso a la atención médica como parte de su respuesta a la crisis de la COVID. Esto incluye adoptar nuevos programas de protección social o ampliar los existentes para dar acceso a grupos excluidos, como trabajadores informales, trabajadores autónomos, migrantes y personas sin hogar. Estas medidas son especialmente esenciales para los 2.000 millones de trabajadores informales que perdieron el 60% de sus salarios durante el primer mes de la crisis. Muchas de estas personas trabajadoras son mujeres; por ejemplo, en India, el 90% de las mujeres que trabajan forman parte del sector informal.
Los países deberían aprovechar estas políticas para desarrollar o fortalecer sistemas universales de protección social que aumenten la resiliencia frente a las perturbaciones, incluido el cambio climático. Una serie de medidas de protección social —por ejemplo, transferencias de efectivo, seguros accesibles y programas de garantía de empleo— también puede ayudar a que las comunidades sean más resilientes al cambio climático, en especial los grupos más pobres, como los pequeños agricultores.
2. Empleos sostenibles y dignos
En el segundo trimestre de 2020, el mundo perdió el equivalente a unos 400 millones de empleos a tiempo completo, un descenso devastador que ha perjudicado los medios de vida de familias de todo el mundo. La inversión en actividades verdes y resilientes, como infraestructuras sostenibles, energías limpias y restauración de ecosistemas es fundamental para recuperar de forma sostenible los empleos tras la pandemia. La Agencia Internacional de la Energía ha propuesto un Plan de Recuperación Sostenible para los sectores energéticos que permitiría salvar o crear 9 millones de empleos al año durante los próximos tres años.
Estas iniciativas de recuperación deberían orientar especialmente la creación de empleos hacia las personas más pobres y vulnerables. En India, por ejemplo, donde 400 millones de trabajadores de la economía informal corren el riesgo de caer aún más en la pobreza, la recuperación puede centrarse en oportunidades en sectores verdes: 11 millones de empleos solo en energías renovables; pero también deberá centrarse en ofrecer a los trabajadores pobres acceso efectivo a programas de capacitación. La ampliación de las energías renovables también ayuda a proporcionar a las comunidades pobres, especialmente las rurales, acceso a la energía y servicios esenciales como atención médica, agua y saneamiento.
Los planes de recuperación también pueden diseñarse para apoyar estrategias de transición justa para los trabajadores y las comunidades que dependen de sectores que deben reducirse o adaptarse para disminuir su huella de carbono y su vulnerabilidad climática. La creación de empleo, el apoyo a los ingresos, los programas de reciclaje profesional y las iniciativas de diversificación económica deberían integrarse en los planes de recuperación, incluso en los países afectados por la reciente caída del precio del petróleo.
Esta crisis también ha demostrado la importancia de mejorar los salarios, la protección y las condiciones laborales en los empleos fundamentales para sostener la sociedad y desarrollar resiliencia, incluidos sectores como la atención médica, donde los trabajadores desempeñan un papel clave en la respuesta a los impactos climáticos. Algunos gobiernos, como los de Francia y Ontario, Canadá, han concedido bonificaciones a los trabajadores de la salud y los servicios sociales durante la crisis de la COVID. Sin embargo, muchos trabajadores esenciales de todo el mundo —en especial las mujeres y las minorías— han recibido una compensación económica y protección sanitaria limitadas. Se necesitan medidas a más largo plazo para apoyar a estos trabajadores y abordar la equidad de género, ya que las mujeres representan el 70% de las 136 millones de personas que trabajan en los sectores de la salud y el trabajo social. Dado que estos trabajadores desempeñan funciones económicas y sociales clave, dejarlos atrás socavaría a nuestras sociedades en su conjunto.
3. Agricultura y medios de vida rurales
La crisis de la COVID ha agravado la inseguridad alimentaria en todo el mundo, ha puesto bajo presión a muchos pequeños agricultores y ha revelado cuán vulnerables son los sistemas alimentarios actuales. En muchos países, las importaciones restringidas de suministros alimentarios esenciales y la falta de trabajadores para cosechar los cultivos han provocado escasez de alimentos. En algunos países africanos y asiáticos, los agricultores no han podido llevar sus productos al mercado.
Es necesario abordar estos desafíos de producción y de las cadenas de suministro a medida que se agravan los fenómenos meteorológicos extremos y otros impactos del cambio climático. Para ello, los planes de recuperación pueden canalizar inversiones hacia una agricultura y unas cadenas de suministro de alimentos sostenibles y resilientes en los ámbitos local, nacional y regional. Las prácticas bien diseñadas, climáticamente inteligentes y agroecológicas son esenciales para fortalecer la seguridad alimentaria, adaptarse a los peores impactos del cambio climático y prevenirlos, así como para reducir la pérdida de ecosistemas, que está agravando los riesgos de enfermedades transmitidas por animales capaces de infectar a las personas, como la COVID-19.
La restauración de 160 millones de hectáreas de tierras agrícolas degradadas podría aumentar los ingresos de los pequeños agricultores de los países en desarrollo en 35.000-40.000 millones de dólares al año y, al mismo tiempo, proporcionar alimentos adicionales a casi 200 millones de personas. La restauración forestal también puede ayudar a reducir las emisiones de carbono y, a la vez, impulsar los medios de vida y el empleo rurales, incluso en los países de ingresos altos.
4. Transporte sostenible, asequible y accesible
Los confinamientos relacionados con la COVID han provocado una fuerte caída del uso del transporte público, y la notable reducción de los ingresos ha sometido a las agencias de transporte público a una grave presión. Si el transporte público deja de estar disponible para muchas personas cuando remita la crisis del coronavirus, el acceso desigual a la movilidad empeorará aún más y se obstaculizarán los esfuerzos para reducir las emisiones del transporte y la contaminación atmosférica.
A medida que toma forma la recuperación, ampliar las opciones de transporte público y sostenible es esencial para promover la salud pública y los objetivos climáticos, al tiempo que se aborda la desigualdad y se crean servicios que requieren mucha mano de obra. Casi la mitad de los habitantes urbanos del mundo —incluido el 82% de los del África subsahariana— carece de un acceso cómodo al transporte público. Los planes de recuperación ofrecen grandes oportunidades para invertir en una movilidad equitativa y sostenible, como autobuses eléctricos, sistemas de autobuses de tránsito rápido y mejores infraestructuras para ir en bicicleta y a pie. Por ejemplo, muchas ciudades ya han ampliado las vías ciclistas durante la crisis para garantizar el distanciamiento social; estas iniciativas pueden continuar y ampliarse.
La crisis de la COVID ha provocado un aumento significativo del uso de las comunicaciones virtuales y el teletrabajo, que pueden formar parte de estrategias más amplias para reducir las emisiones, especialmente al disminuir la demanda de transporte basado en combustibles fósiles. Sin embargo, la pandemia también ha dejado al descubierto la brecha digital entre grupos económicos y zonas geográficas como una nueva frontera de la desigualdad, que se ha hecho más evidente en la falta de escolarización adecuada para las familias de menores ingresos. Tanto en los países desarrollados como en los países en desarrollo, ampliar la banda ancha y los servicios de internet para quienes tienen un acceso insuficiente debería formar parte de las estrategias de recuperación de la COVID, que pueden ayudar a reducir considerablemente las emisiones, generar empleos y disminuir la desigualdad económica y social.
Inversión y gobernanza centradas en las personas
Los desafíos que tenemos por delante —y también las oportunidades— son considerables. Además de los cuatro ámbitos destacados aquí, también hay importantes intersecciones entre la COVID-19, el cambio climático y la desigualdad en torno a otras cuestiones, como la contaminación atmosférica, la vivienda y la planificación urbanas y el acceso al agua potable.
A medida que toma forma la recuperación, todos los niveles de gobierno y diversas instituciones, incluidos los bancos nacionales y multilaterales de desarrollo y el FMI, deberán realizar inversiones considerables en las personas y en la sostenibilidad a largo plazo. Se necesitan más recursos financieros, y tendremos que considerar enfoques fiscales equitativos, entre ellos una reforma equitativa de las subvenciones a los combustibles fósiles y la fijación de precios del carbono, una fiscalidad nacional justa y el alivio o la condonación de la deuda de los países vulnerables.
A medida que se elaboren los planes de recuperación, también será esencial la participación pública. Sobre la base de los esfuerzos para crear asambleas ciudadanas sobre políticas climáticas, necesitaremos modelos de participación ciudadana —centrados en la voz y la capacidad de acción de las comunidades vulnerables— para que la gobernanza de la acción climática responda a la demanda pública de más democracia y cambios en el sistema.
Al salir de la crisis de la COVID, necesitaremos un amplio apoyo para revitalizar nuestras economías y sociedades, sobre la base de una visión sostenible y equitativa de nuestro futuro. Esto será fundamental para dotar al mundo de los medios necesarios para afrontar los desafíos climáticos y de desigualdad que tenemos por delante.



