Un nuevo orden de salud pública es fundamental en África, ya que los sistemas de salud débiles crean un caldo de cultivo para la propagación de patógenos peligrosos.
La COVID-19 ha puesto de manifiesto profundas desigualdades en la atención sanitaria: menos del 10% de la población está vacunada, escriben dos expertos en salud.
Para establecer instituciones sanitarias sólidas y duraderas, se necesitan más capacidad de fabricación, alianzas más fuertes y soluciones sostenibles.
África necesita, y está preparada para, nada menos que un nuevo orden de salud pública, con sistemas más capaces de prepararse para la próxima amenaza sanitaria y responder a ella. Tras décadas de participación en la respuesta a brotes, la investigación y el desarrollo de capacidades en África, tenemos muy claro que los sistemas de salud débiles ofrecen un terreno fértil para el crecimiento y la propagación de patógenos peligrosos.
Pero durante este tiempo también ha ido creciendo un prometedor grupo de expertos africanos en salud, inteligentes y cualificados.
Ahora se necesita un nuevo orden de salud que les proporcione las redes y la infraestructura necesarias para aplicar sus talentos con el máximo impacto.
Para alcanzar un nuevo orden de salud, los gobiernos africanos deben aumentar la inversión en investigación y desarrollo, innovación y fabricación de herramientas sanitarias. Esto sentaría las bases de una industria farmacéutica sólida que, a nuestro juicio, es fundamental para crear sistemas de salud resilientes.
La pandemia de COVID-19 ha dejado al descubierto muchos de los desafíos que enfrenta África para acceder a la atención sanitaria. Pese a las mejores intenciones, África está muy rezagada con respecto al resto del mundo en pruebas de COVID-19, vacunación y tratamientos. La tasa de pruebas en África es más de 40 veces menor que en Europa. Menos del 10% de los 1.200 millones de habitantes del continente está vacunado, frente a al menos el 50% del resto del mundo.
Esta situación ha hecho que los países africanos comprendan la necesidad de tomar las riendas y desarrollar capacidad de fabricación local de diagnósticos, vacunas y tratamientos para hacer frente a la pandemia de COVID-19 y a lo que venga después. Además, los gobiernos deben colaborar más estrechamente con los científicos.
Capacidad de fabricación
Es fundamental aumentar la capacidad de África para producir vacunas.
Hay empresas farmacéuticas en 40 de los 54 países de África. Sin embargo, solo hay seis instalaciones de producción instaladas o previstas.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), solo cinco países africanos cuentan con capacidades completas para fabricar vacunas, aunque su producción es modesta. En los demás, su contribución se limita en gran medida a las tareas de «llenado y acabado»: formular principios farmacéuticos activos y llenar y envasar viales.
Prácticamente todos los países que producen vacunas dependen de financiación externa para aumentar su capacidad. Sudáfrica, por ejemplo, a través de la Unión Africana (UA), recibió financiación de la Corporación Financiera de Desarrollo Internacional de Estados Unidos y de sus socios europeos para impulsar su capacidad de fabricación.
En 2021, la UA y los Centros Africanos para el Control y la Prevención de Enfermedades anunciaron el lanzamiento de la iniciativa Alianzas para la Fabricación de Vacunas en África. El objetivo es recurrir a alianzas panafricanas y mundiales para ampliar la fabricación de vacunas en África. El plan prevé que, para 2040, el continente cubra el 60% de las necesidades de inmunización sistemática de África.
Alianza entre los gobiernos y los científicos
Los gobiernos deben colaborar más estrechamente con los científicos, que tienen más conocimientos y comprensión de las enfermedades y los virus altamente infecciosos y pueden ofrecer asesoramiento sólido para orientar las medidas de política pública.
Además, los gobiernos deben reducir las barreras a la innovación sanitaria y apoyar activamente a los investigadores y centros africanos dedicados a las ciencias.
Una forma de garantizarlo es dedicar más esfuerzos y recursos a las instituciones de salud pública. Un ejemplo de este tipo de institución es el Instituto Oswaldo Cruz de Brasil. Se fundó en 1900 como respuesta inmediata a las mayores amenazas sanitarias que enfrentaba Brasil en aquel momento, entre ellas la peste bubónica, la fiebre amarilla y la viruela.
Estas enfermedades estaban diezmando a la población y obstaculizaban el desarrollo económico y social del país. La situación era similar a la amenaza que representa hoy la COVID-19.
La institución tiene un abanico notablemente amplio de responsabilidades en materia de salud pública. Entre ellas figuran:
investigación sanitaria relacionada con la atención hospitalaria y ambulatoria
producción de vacunas, medicamentos, reactivos y kits de diagnóstico
formación de trabajadores sanitarios y
suministro de información y comunicaciones relacionadas con la salud, la ciencia y la tecnología.
El instituto ofrece valiosas lecciones sobre cómo fortalecer las instituciones nacionales de salud pública en el continente africano.
Hacia soluciones a corto y largo plazo
Nunca ha habido tanto impulso para fortalecer la respuesta de salud pública en África. Esto incluye dar prioridad a la fabricación de vacunas, que también puede sentar las bases para fabricar diagnósticos y tratamientos.
Dar prioridad a las inversiones sostenibles de acuerdo con los pilares de los sistemas de salud de la OMS puede permitir reorganizar los sistemas de salud para maximizar el impacto en todo el ámbito sanitario y contribuir a abordar la COVID-19 y otros problemas de salud.
No hay mejor momento que ahora para que África implante un nuevo orden de salud pública, con instituciones nacionales de salud pública fortalecidas y los Centros Africanos para el Control y la Prevención de Enfermedades (Africa CDC), para combatir las enfermedades infecciosas y seguir avanzando hacia la consecución de la Agenda 2063.


