La era de los macrodatos y la IA ofrece enormes posibilidades para mejorar la atención sanitaria.
Hemos pasado de unas 2.000 imágenes por resonancia magnética de la cabeza humana a más de 20.000.
La eficiencia, la ética y la colaboración determinarán el éxito con que utilicemos la tecnología.
«Me gusta imaginar
(¡tiene que ser así!)
una ecología cibernética
en la que nos libremos del trabajo
y volvamos a unirnos a la naturaleza,
regresemos a nuestros hermanos
y hermanas mamíferos,
y todos estemos protegidos
por máquinas de amorosa gracia».
Cuando el autor estadounidense Richard Brautigan escribió estos versos de su poema, Todos vigilados por máquinas de amorosa gracia, en 1967, era poeta residente en el Instituto de Tecnología de California.
Solo dos años antes, Gordon Moore —graduado de la misma universidad y cofundador de INTEL— había formulado por primera vez lo que hoy se conoce comúnmente como la «ley de Moore». Según su predicción, el número de transistores que caben en un microchip se duplicaría cada dos años. Durante décadas, esto se tradujo en un aumento similar de la velocidad y la eficiencia de los ordenadores.
Tras haber sido un paradigma del progreso informático durante más de medio siglo, la ley de Moore, basada en la miniaturización continua de los chips, finalmente está llegando a sus límites. Al mismo tiempo, las preguntas que Brautigan planteó en su ambiguo poema no podrían ser más pertinentes hoy. Todos vigilados por máquinas de amorosa gracia—el título contrapone dos polos fundamentales del debate sobre la interacción entre el ser humano y las máquinas: la increíble promesa y la amenaza intangible que entraña la tecnología del futuro.
Tecnología disruptiva, grandes avances
Si nos centramos únicamente en la atención sanitaria, no cabe duda de que la innovación disruptiva puede propiciar un progreso humano sin precedentes. Combinadas con avances médicos que abarcan desde la biotecnología y la edición del genoma hasta las terapias génica y celular, la IA y los macrodatos pueden revolucionar la forma en que diagnosticamos, tratamos y hacemos seguimiento de los pacientes, aumentar la eficiencia general mediante sistemas sanitarios basados en resultados y facilitar el acceso a la salud en comunidades remotas.
La atención sanitaria también es un ejemplo convincente de la inmensa capacidad informática que hará falta para aprovechar estas oportunidades.
Se prevé que en 2020 el volumen de datos sanitarios generados en todo el mundo sea 15 veces mayor que en 2013. En cuanto a las imágenes diagnósticas, cada vez más precisas, hemos pasado de unas 2.000 imágenes por resonancia magnética de la cabeza humana a más de 20.000. El aprendizaje profundo necesario para ampliar el uso de los macrodatos y la IA hará que la demanda informática alcance dimensiones completamente nuevas. El superordenador más potente de hoy ya es más de un millón de veces más rápido que un ordenador portátil de gama alta. La capacidad de supercomputación que permitirá avances futuros considerables en campos como la medicina personalizada, la captura de carbono o la astrofísica será otras 1.000 veces más rápida. Esto demuestra que, aunque gran parte del debate sobre la transformación digital se centra en el software, el hardware es una parte cada vez más crucial del panorama. Muchos conceptos matemáticos relacionados con la IA ya existían en la década de 1960, pero claramente no existían la capacidad informática ni la memoria necesarias.
Si incorporamos a la ecuación este factor subestimado y volvemos a la pregunta que plantea el poema de Brautigan: ¿cómo podemos asegurarnos de que nuestro futuro tecnológico esté orientado desde su diseño al progreso humano? Para dar forma al futuro de la innovación disruptiva en beneficio de todos, debemos afrontar al menos tres grandes desafíos a escala mundial y con la participación de múltiples partes interesadas.
Tres grandes desafíos
En primer lugar, está la cuestión de la eficiencia—tanto de la capacidad informática como del consumo de energía. Los expertos han calculado que entrenar un solo modelo de IA puede emitir tanto carbono como cinco coches a lo largo de toda su vida útil (incluida su fabricación). Las tecnologías de la información y las comunicaciones ya representan más del 2 % de las emisiones mundiales. Según las estimaciones más alarmantes, dentro de unos diez años podrían representar más del 20 % del consumo eléctrico mundial. Esto significa que, a lo largo de toda la cadena de valor de las aplicaciones y los productos inteligentes, es esencial desarrollar materiales y tecnologías que permitan mejorar considerablemente el rendimiento informático y, a la vez, aumentar la eficiencia energética.
Cómo ayuda el Foro a los líderes a conectar las tecnologías de vanguardia con los desafíos del mundo real
El Centro de Tecnologías de Vanguardia e Innovación reúne a científicos, responsables políticos y líderes empresariales para comprender las tecnologías emergentes y sus consecuencias en el mundo real.
Al facilitar la colaboración y la experimentación, el Centro ayuda a sus socios a convertir la innovación surgida de la investigación en aplicaciones prácticas que abordan desafíos mundiales comunes.
Los esfuerzos del sector para lograrlo son considerables, pero siguen siendo principalmente evolutivos y se basan en nuevos materiales que permiten crear tecnologías más eficientes para procesadores, memoria, sensores y pantallas. A medida que la ley de Moore se acerca a sus límites, los avances exigirán soluciones basadas en materiales fundamentalmente nuevos, que hagan posibles tecnologías de nueva generación como la computación neuromórfica y cuántica. Además, la búsqueda de eficiencia va más allá de la informática: se vuelve hacia la naturaleza y el ADN, una fuente de datos de 3.800 millones de años que, desde los trabajos pioneros de Gregor Mendel, ha abierto nuevos horizontes de oportunidades científicas. Unos 160 años después de que Mendel descubriera lo que hoy conocemos como herencia genética, los científicos trabajan para que el ADN pueda utilizarse como herramienta de almacenamiento de datos en el futuro. Su asombrosa densidad de almacenamiento permitiría guardar en una caja de zapatos toda la información disponible actualmente en Internet, con una vida media de unos 500 años y prácticamente sin consumir energía para conservarla.
Aún quedan varios obstáculos por superar antes de que esta prometedora herramienta pueda convertirse en una opción viable. En ese sentido, hay al menos un gran desafío que afecta tanto a la tecnología basada en el ADN como a la disrupción digital: las directrices éticas que el avance tecnológico necesita con urgencia. Desde confiar a la IA las decisiones médicas hasta confiar nuestra seguridad a los coches autónomos, las tecnologías disruptivas pueden ser tan poderosas que alteren la condición humana. Al mismo tiempo, las normas éticas, incluidas las relativas a la protección y la seguridad de los datos, siguen muy rezagadas. Una cuestión que cada vez se debate más, y con razón, en este contexto es el sesgo humano. Por naturaleza, los datos utilizados para entrenar sistemas de IA o los algoritmos empleados reflejan esos sesgos, incluidas suposiciones discriminatorias sobre el género o la raza. Además, todos sabemos que en el mundo digital la manipulación puede producirse fácilmente a gran escala. Si no abordamos estos problemas, la IA no solo podría reforzar la desigualdad, sino aumentarla considerablemente.
Sin duda, una ética sólida requiere marcos jurídicos claros. Al mismo tiempo, hacen falta normas armonizadas a escala mundial para fomentar la innovación y garantizar condiciones equitativas en todo el mundo. Además, los innovadores del ámbito académico y de la industria pueden y deben contribuir, estableciendo y respetando sus propias normas éticas estrictas y debatiendo cuestiones éticas fundamentales con expertos reconocidos externamente, por ejemplo, en comités de ética específicos.
La ética es una de las muchas razones por las que existe un tercer y último gran desafío: intensificar la colaboración. Desde la simple lógica del mercado, la escala necesaria para satisfacer la gigantesca demanda mundial de capacidad informática hará que los debates normativos limitados al ámbito nacional o incluso europeo estén condenados al fracaso. Y aunque los mercados suelen recompensar a quienes se ciñen a sus competencias principales, las instituciones políticas deberían incentivar la investigación que recurra a conocimientos interdisciplinarios y de distintos sectores en nuevos ámbitos de innovación, como el almacenamiento de ADN. Además, dado el profundo impacto que la tecnología puede tener en la sociedad, debemos asegurarnos de que las principales naciones industrializadas del mundo adopten un enfoque colaborativo basado en directrices internacionales claras, idealmente en el ámbito de la ONU, pese a las rivalidades geopolíticas.
Eficiencia, ética y colaboración: tres palabras sencillas, tres grandes desafíos en nuestro camino para lograr que las tecnologías disruptivas cumplan su propósito: no ser «máquinas» que nos vigilen (por «amorosas» que sean), sino herramientas que nos ayuden a impulsar el progreso humano y sean una fuerza para el bien. Los riesgos que entraña la disrupción tecnológica siguen siendo considerables. Pero no aprovechar sus oportunidades es un riesgo que no deberíamos correr.


