Una revolución industrial está comenzando en los océanos. Históricamente, los productos más valiosos extraídos del mar eran artículos como el bacalao, las perlas y las esponjas. Las monedas de esta nueva economía oceánica son diferentes: kilovatios de energía, contenedores de transporte, metales, datos, agua desalinizada, ADN y petróleo, por citar algunas. Se estima que la economía industrial marina tiene un valor de 1,5 billones de dólares y se prevé que crezca al doble de la velocidad del resto de la economía mundial para 2030.
Un aspecto que a veces pasa desapercibido de este reciente y explosivo crecimiento industrial marino es que su distribución es muy desigual. De hecho, muchas facetas clave de la nueva economía oceánica han estado dominadas por una sola nación: China.

China, por ejemplo, lidera el mundo en pesca industrial. Representa más de la mitad de toda la pesca industrial que se realiza en aguas internacionales – alta mar –, y los buques chinos pescan en las aguas nacionales – zonas económicas exclusivas – de alrededor del 40% de todos los países con litoral.
China también es el mayor productor de acuicultura oceánica del mundo, un dato significativo en un mundo donde la piscicultura ya alimenta a más personas que la pesca. Es un líder en el comercio oceánico mundial, con más de la mitad de los puertos más transitados del mundo situados en China.
También está construyendo activamente centrales eléctricas en el mar. China representa el 20% de las instalaciones totales de energía eólica marina en el mundo. China se ha situado a la vanguardia de la minería oceánica. Ha patrocinado la mayor de todas las áreas de exploración minera en el fondo marino reclamadas otorgada por la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos a empresas mineras patrocinadas por un solo Estado, por una superficie total de hasta 163.000 km2, es decir, un área de unas cuatro veces el tamaño de Suiza.
Es probable que el papel de China en la revolución industrial marina se vea impulsado aún más por el aumento de las inversiones asociadas a la Ruta de la Seda Marítima del siglo XXI y por los compromisos directos del actual plan quinquenal de China para ampliar su “economía azul”. Esto incluye la construcción de nuevos puertos en el país y en el extranjero, el aumento de la infraestructura de desalinización y nuevas inversiones en exploración de las profundidades marinas.

Algunos de los recientes avances marítimos mundiales de China han traído dolores de crecimiento tanto para China como para sus vecinos oceánicos del mundo. China, por ejemplo, no solo lidera el mundo en pesca, acuicultura y transporte marítimo, sino que también lidera la producción de contaminación por plásticos marinos: casi un tercio de los residuos plásticos mal gestionados a nivel mundial que pueden llegar a los océanos procede de China.
Este problema, sin embargo, es complejo: la fuga comparativamente alta de contaminación plástica de China está determinada tanto por su gran población y su crecimiento económico como por su práctica histórica de importar gran parte de los reciclables del resto del mundo (una práctica que el país redujo significativamente en 2018).
El liderazgo de China en los océanos mundiales de hoy crea una oportunidad definida y un gran imperativo para que China también lidere los esfuerzos por dar forma al océano del mañana.
Hay mucho margen para que China dé un paso al frente. En 2017, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre los Océanos ofreció a los gobiernos la oportunidad de registrar Compromisos Voluntarios para apoyar los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU relacionados con los océanos.
Mientras que la República Dominicana, una pequeña nación insular con un PIB de aproximadamente 76.000 millones de dólares, asumió 43 compromisos de este tipo para el océano, China, con un PIB de más de 12 billones de dólares, asumió solo cinco. De manera similar, el Estado insular de Palaos ha protegido 81% de sus aguas nacionales, mientras que China ha protegido oficialmente el 5,4% de sus aguas marinas y ha colocado menos del 0,01% de estas zonas bajo protección estricta.
Trazando el rumbo a seguir
El historial de China en liderazgo oceánico contrasta marcadamente con las contribuciones que ha realizado recientemente para proteger y promover otros bienes comunes ambientales mundiales. Quizá lo más destacable sea el reciente ascenso de China, de cero a héroe, en la agenda mundial sobre el cambio climático.
Hay muchas formas en que China podría reforzar su liderazgo en los océanos. Por ejemplo, China podría liderar más directamente a la región de Asia-Pacífico en el desarrollo de políticas nacionales e internacionales para promover la pesca sostenible y poner fin a la pesca ilegal.
Asimismo, China podría invertir más esfuerzo y dinero en el avance de la acuicultura inteligente, en lugar de la sucia cría industrial acuática en la región. Los proyectos de acuicultura sostenible podrían ayudar al país a cumplir sus objetivos de producción, al tiempo que abordan los problemas regionales de seguridad nutricional, sin comprometer la salud de los ecosistemas ni socavar la capacidad de los pescadores para proporcionar un suministro constante de productos marinos de cría extensiva.
Más allá del liderazgo en pesca y cultivo oceánico, también necesitamos más investigación que pueda ayudar a delimitar de forma inteligente el crecimiento económico oceánico, reducir rápidamente las emisiones del transporte marítimo y la contaminación marina, y crear más parques oceánicos para proteger los ecosistemas marinos, cada vez más presionados por el cambio climático.
Crear una revolución industrial marina más respetuosa con los océanos requerirá coordinación intergubernamental, alineación de las agendas de investigación y aceleración de tecnologías marinas más inteligentes. China no puede hacerlo sola, pero sí puede hacer mucho para catalizar y acelerar el impulso mundial que se necesita.
Se han dado pasos positivos. En los últimos años, China ha sancionado a varios de sus buques pesqueros de aguas lejanas por infringir normativas internacionales y pescar ilegalmente en las zonas económicas exclusivas de otros países. Se revocaron licencias y se cancelaron subsidios al combustible para cientos de estas operaciones ilegales.
Un liderazgo de este tipo sería beneficioso para los océanos y para China. Los esfuerzos de China por gestionar de forma más sostenible los 1,3 millones de km2 de aguas nacionales que controla y las amplias extensiones de otros océanos sobre las que ejerce influencia ayudarían a sostener el flujo a largo plazo de alimentos e ingresos procedentes del océano hacia el país, al tiempo que fortalecerían la estabilidad regional y reducirían el conflicto que muchos expertos prevén que pueda surgir de las disputas por un océano más vacío.
En efecto, el gran desafío de la revolución industrial marina será descubrir cómo extraer más del océano causando menos daño. Queda mucho trabajo por hacer, y con urgencia.
China tiene el timón en cuanto a la configuración del desarrollo de la nueva economía oceánica y de lo que una revolución industrial marina significará para la salud de los océanos a nivel mundial. La pregunta sigue en pie: ¿hacia dónde dirigirá China el rumbo?
