El presidente Donald J. Trump fue el orador inaugural de la 50.ª Reunión Anual del Foro Económico Mundial en Davos-Klosters, Suiza. Al hacerlo, él y la delegación de cinco miembros del gabinete y otros altos funcionarios que lo acompañaron dieron continuidad a una tradición bipartidista que se remonta a mediados de la década de 1980.
En los últimos 35 años, la lista de líderes del Gobierno de Estados Unidos que acudieron a Davos y a otros eventos del Foro Económico Mundial demuestra, de manera alentadora, que existe una clase política estadounidense, independientemente de su afiliación partidista, que reconoce el valor y la necesidad de comprometerse activamente con el mundo.
La lista de asistentes de ese período incluye a casi 100 miembros de la Cámara de Representantes y del Senado, 18 gobernadores, decenas de miembros del gabinete, los directores de todas las principales agencias independientes, así como tres presidentes y tres vicepresidentes. Muchos de ellos se convirtieron en asistentes habituales, por lo que estas cifras no cuentan toda la historia. John Kerry, por ejemplo, asistió muchas veces como senador de Estados Unidos y durante cuatro años como secretario de Estado.
Lo que sí revelan las cifras es la existencia de un grupo ideológicamente diverso y bipartidista de líderes políticos, cuya prioridad principal era aprovechar la plataforma del Foro Económico Mundial para comunicar un mensaje y una visión de la política exterior e interior de Estados Unidos y, con igual importancia, tomar el pulso a las preocupaciones del resto del mundo: las señales débiles que pueden presagiar un desafío mayor en el futuro.
Una de las historias predominantes esta semana en Davos fue «capitalismo de las partes interesadas», un concepto que el Foro empezó a difundir casi desde su fundación. Se refiere a la necesidad de que las empresas tengan en cuenta los intereses de un amplio grupo de partes interesadas, mucho más allá de sus accionistas directos. El verano pasado, la Mesa Redonda Empresarial de Estados Unidos publicó una declaración en la que respaldaba estos mismos principios.
Ante las líneas de fractura política que vemos actualmente en Estados Unidos, ya es hora de que los líderes adopten un nuevo marco de gobernanza: política de las partes interesadas.
Independientemente de quién jure el cargo de presidente el próximo enero, los profundos abismos que hoy nos dividen como país no se salvarán repitiendo las mismas conductas reflejas de siempre, en una carrera hacia el fondo que suele dominar en Washington, D. C.
La política de las partes interesadas no es una panacea. Pero, si los directivos empresariales pueden dejar atrás su arraigada ortodoxia según la cual el resultado financiero de sus accionistas es su único parámetro, también es esencial un cambio similar en la mentalidad de los líderes políticos. Deben tomar decisiones basadas en las aportaciones de un grupo diverso y amplio de ciudadanos, incluso —y quizá especialmente— de aquellos con quienes discrepan.
Como organización internacional para la colaboración público-privada, el Foro Económico Mundial ha sido catalizador de numerosas iniciativas entre partes interesadas que a menudo apenas conseguirían compartir una sala, y mucho menos ponerse de acuerdo y colaborar en un objetivo común para mejorar el estado del mundo. Es hora de que la clase política de Estados Unidos se inspire en ese mismo espíritu y comprenda que las consultas amplias, en lugar del interés propio limitado, ofrecen la única vía significativa para avanzar.


