Por qué necesitamos una mejor forma de fomentar la innovación

Por qué necesitamos una mejor forma de fomentar la innovación
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En 2012, investigadores del MIT presentaron una superficie impregnada de líquido que hacía que el interior de una botella fuera tan resbaladizo que el kétchup salía con facilidad hasta la última gota.

Hoy, LiquiGlide, la empresa surgida de este avance, cuenta con 30 clientes industriales y ha recibido miles de consultas de empresas que ven nuevas formas de utilizar la tecnología, desde bolsas intravenosas de sangre hasta oleoductos. Esta primavera, la empresa, en la que el MIT tiene una participación accionaria, consiguió una importante financiación de capital riesgo .

Así funciona una de las modalidades del sistema de innovación de Estados Unidos: los sectores público y privado invierten conjuntamente en educación superior e investigación científica. (LiquiGlide surgió de investigaciones financiadas por la National Science Foundation y el Departamento de Defensa). Estas inversiones generan graduados e ideas que, mediante empresas emergentes financiadas con capital riesgo, se traducen en innovaciones que benefician a la sociedad: el rendimiento último de la inversión.

Ese sistema funciona de maravilla con las tecnologías digitales y con innovaciones tangibles como LiquiGlide, que tienen aplicaciones listas para el mercado. Por lo general, son ideas nuevas basadas en tecnologías existentes. Como ofrecen buenas posibilidades de generar rendimientos en un plazo de cinco años, atraen talento y capital riesgo, y, con el tiempo, también a grandes empresas, que a menudo compran las empresas emergentes en su totalidad.

Pero este sistema deja sin respaldo a una categoría de innovación: las ideas nuevas basadas en ciencia nueva. Plantas que se autofertilizan. Bacterias capaces de sintetizar biocombustibles. Tecnología segura de energía nuclear. Desalinización asequible a gran escala. Las tecnologías basadas en ciencia nueva tardan en recorrer el camino del laboratorio al mercado, y a menudo también hay que inventar nuevos procesos de fabricación. El proceso puede llevar 10 años, más de lo que la mayoría de los inversores de capital riesgo pueden esperar. ¿El resultado? Como nación, dejamos mucho kétchup de innovación en la botella.

Esta situación es relativamente reciente. Desde la década de 1960 hasta principios de la de 1990, las inversiones de la sociedad en educación e investigación produjeron personas brillantes e ideas extraordinarias; después, las grandes empresas, con grandes operaciones internas de I+D, contrataban a esas personas, desarrollaban esas ideas y las llevaban al mercado. Cuando me incorporé al profesorado de ingeniería eléctrica del MIT en 1980, ese modelo funcionaba muy bien y convertía los descubrimientos de laboratorios universitarios de todo el país en innovaciones como la tecnología de silicio sobre aislante (IBM) y el silicio tensionado(Intel): dos avances indispensables para hacer realidad la promesa de la ley de Moore, que desde los años sesenta ha permitido el rápido avance de la potencia informática.

En las últimas dos décadas, y especialmente en los últimos cinco años, Estados Unidos ha experimentado un cambio profundo en la forma en que desarrolla, adopta y capitaliza la innovación. Hoy, nuestro sistema de innovación, altamente optimizado y dirigido por el capital riesgo, sencillamente no está estructurado para apoyar conceptos complejos y de crecimiento más lento que podrían acabar teniendo una enorme importancia: aquellos que podrían conducir a soluciones disruptivas para desafíos existenciales en materia de energía sostenible, seguridad hídrica y alimentaria, y salud.

Esto no es una crítica al capital riesgo estadounidense, que cumple su función sumamente bien. Tampoco es un llamamiento a que el Gobierno financie la innovación. El apoyo federal es crucial para la ciencia fundamental y aplicada, que conduce a nuevas tecnologías e innovaciones. Pero el Gobierno no puede proporcionar eficazmente financiación a gran escala y a largo plazo para nuevas empresas y productos. Y quizá sea poco realista esperar que las grandes empresas inviertan pacientemente en tecnologías diseñadas para desplazarlas sin demora.

Pero Estados Unidos necesita una forma más sistemática de ayudar a los innovadores en ciencia nueva, cuyas ideas están embotelladas, a llevarlas al mundo. Para ello, hay que acelerar un proceso de dos etapas: de la idea a la inversión y de la inversión al impacto.

Para crear una nueva forma de apoyar la primera etapa —de la idea a la inversión—, una coalición de financiadores de los sectores público, lucrativo y sin fines de lucro podría colaborar para establecer «viveros de innovación». Estos ofrecerían lo que las universidades por sí solas no pueden: espacio físico, mentoría y financiación puente para que los emprendedores conviertan la ciencia nueva en productos viables, hasta que alcancen el umbral de cinco años que el capital riesgo establece para el recorrido de la inversión al impacto en el mercado. Así, invertir en innovaciones tangibles o híbridas, tangibles y digitales, no sería más arriesgado que invertir en innovaciones puramente digitales.

Un segundo enfoque: encontrar maneras de acortar todo el trayecto de la idea al impacto, reduciéndolo, por ejemplo, de 10 años a cinco. Cada vez hay más pruebas, tanto en el MIT como en otros lugares, de que en diversos campos tangibles de gran potencial, como la nanofabricación y la ciencia de materiales, quizá sea posible reproducir el proceso de perfeccionamiento e iteración rápidos y relativamente económicos que resulta tan eficaz para impulsar conceptos puramente digitales. También podríamos acelerar el proceso ayudando a los investigadores a dominar con más eficiencia las mejores prácticas del emprendimiento basado en la ciencia. Los fundadores de LiquiGlide no esperaron a terminar su trabajo científico para centrarse en la fabricación: perfeccionaron la investigación y encontraron la manera de ampliar la producción en paralelo.

Sin duda, hay otras formas de abordar este potencial desaprovechado; quizá existan maneras aún no imaginadas de aplicar la financiación colectiva, en la que el pequeño tamaño de las aportaciones se traduzca en una paciencia prácticamente infinita por parte de los inversores. Pero, para encontrar soluciones, primero tenemos que reconocer el problema. Para afrontar nuestros mayores desafíos sociales, necesitamos una cadena de innovación que aproveche hasta la última gota.

Este artículo se publica en colaboración con MIT News. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.

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Autor: L. Rafael Reif es presidente del MIT.

Imagen: Se ven bombillas incandescentes tradicionales en un apartamento de Múnich. REUTERS/Michael Dalder

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