Este artículo apareció por primera vez en The Financial Times.
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Desde la creación de la zona Schengen hace dos décadas, la libre circulación sin fronteras ha sido uno de los grandes beneficios prácticos para los ciudadanos europeos. En teoría, garantiza la libre circulación de personas en 26 países, lo que permite a una persona viajar 3.000 km desde Polonia hasta Portugal sin tener que mostrar sus documentos ni una sola vez. Pero tras los terribles atentados del viernes en París, estas libertades, en otro tiempo celebradas, están sometidas a una enorme presión.
Schengen ya estaba en apuros incluso antes de los trágicos acontecimientos del fin de semana. El acuerdo se ha resquebrajado bajo las presiones migratorias acumuladas en el norte de África y Oriente Medio como consecuencia de la extraordinaria agitación política y social de esa región.
Sin embargo, los atentados en Francia han agudizado una nueva preocupación política: la seguridad física. La trama que se desarrolló en las calles parisinas parece haberse gestado en parte en Bélgica, e implicó el traslado de armas automáticas a través de la frontera en coche. Como zona sin fronteras, Schengen depende de la calidad del intercambio de información de inteligencia entre las fuerzas policiales nacionales. En esta ocasión, parece que mucho se ha escapado por las grietas del sistema.
El presidente François Hollande ha actuado para atajar la preocupación inmediata de la ciudadanía. Ha restablecido los controles en las fronteras de Francia. París también presiona para que se establezcan controles sobre los movimientos secundarios de personas dentro de las fronteras del espacio Schengen. Entre estas medidas figura la adopción del sistema de registro de nombres de los pasajeros (PNR) para los viajes intraeuropeos en aviones, trenes y barcos. También se pide un mayor uso del Sistema de Información de Schengen, que cruza los controles de identidad con una base de datos de delincuentes, vehículos robados y otros datos de seguridad.
Son iniciativas comprensibles, ninguna de las cuales compromete la integridad del acuerdo de Schengen. Los países firmantes pueden imponer controles fronterizos en circunstancias excepcionales y durante un período de tiempo definido. Francia lo hizo tras los atentados de Londres de 2005. Pero existe el riesgo de que el efecto acumulativo de estas medidas acabe debilitando el vínculo político que mantiene unida la zona.
Algunos países ya establecen un vínculo entre migración y terrorismo. Supuestamente en nombre de la seguridad pública, el nuevo Gobierno polaco ha declarado que ya no aceptará a los 4.500 refugiados que el país había accedido a acoger en virtud de un acuerdo a escala de la UE, sin garantías no especificadas. Es fácil ver cómo la seguridad podría convertirse en una excusa para todo y servir de pretexto para incumplir aquellas partes de Schengen que no gustan a cada país firmante.
Si el acuerdo no ha de desmoronarse, Europa necesita una respuesta común a los desafíos. Debe reconocerse con honestidad que, en un mundo en el que la seguridad sigue siendo un ámbito reservado a los Estados nacionales, el bloque debe reforzar sus eslabones más débiles. Hay que invertir más en la protección de las fronteras exteriores, especialmente en su vulnerable flanco sur. El intercambio de información de inteligencia debe funcionar en la práctica, y no solo en teoría. La vigilancia —durante mucho tiempo un tema espinoso para Estados como Alemania— quizá deba reforzarse.
Con una ciudadanía que se siente amenazada, los políticos nacionales pueden verse tentados a volver a levantar las barreras. Pero eso ignora los costes reales que implicaría revertir décadas de integración europea. Estos no son abstractos. Los estudios han demostrado que Schengen ha llevado a sus miembros a establecer asociaciones comerciales más estrechas, con el consiguiente aumento de las importaciones y exportaciones. También ha impulsado el turismo.
Schengen es una de las manifestaciones más visibles de la unidad europea. Es precisamente el objetivo al que apuntan los terroristas. Sus atrocidades —por horribles que sean— no deberían permitir que se llegue a una retirada en toda regla.
La publicación no implica la aprobación de las opiniones del Foro Económico Mundial.
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Autor: The Financial Times cubre, comenta y analiza las últimas noticias del Reino Unido y de ámbito internacional sobre empresas, finanzas, economía y política.
Imagen: Personas guardan un minuto de silencio en el Trocadero, frente a la Torre Eiffel, en homenaje a las víctimas de la serie de atentados mortales en París, Francia. REUTERS/Philippe Wojazer.






