Dos niños y un trozo de tarta pueden acabar en lágrimas y resentimiento. Hay una máxima muy sabia, conocida por padres y abuelos, sobre cómo lograr que los niños cooperen: «Uno parte la tarta y el otro elige». Sabiendo que la otra persona podrá elegir, es más probable que quien parte la tarta consiga un resultado justo. Al parecer, esta estrategia tiene una larga historia: aparece por primera vez en el libro del Génesis del Antiguo Testamento, capítulo 13.
En su tesis doctoral de 1950, Non-Cooperative Games, el premio Nobel John Nash generalizó esta sabiduría popular mediante un modelo matemático: «La estrategia mixta de cada jugador maximiza su ganancia si las estrategias de los demás se mantienen fijas. Así, la estrategia de cada jugador es óptima frente a las de los demás». Mi forma de repartir es óptima dado que tú elegirás, y viceversa.
Veintiún años después, John Rawls publicó su libro fundamental, A Theory of Justice. Veinte veces más extenso que la tesis de Nash, pero igual de elegante, la teoría de Rawls era un conjunto matizado de principios. El primer capítulo, «La justicia como equidad», expuso sus argumentos centrales, que guardaban cierta semejanza con el método de repartir y elegir. La parte de repartir consistía en una distribución hipotética de los beneficios sociales:
Así pues, hemos de imaginar que quienes participan en la cooperación social eligen juntos, en un único acto conjunto, los principios que asignarán los derechos y deberes básicos y determinarán la distribución de los beneficios sociales. Los individuos han de decidir de antemano cómo regularán sus reclamaciones mutuas y cuál será la carta fundacional de su sociedad.
La parte de elegir se lleva a cabo tras un «velo de ignorancia», no mediante una elección real:
Entre las características esenciales de esta situación está que nadie conoce su lugar en la sociedad, su posición de clase o estatus social, ni tampoco conoce su suerte en la distribución de los talentos y capacidades naturales, su inteligencia, fuerza y demás… Esto garantiza que nadie resulte favorecido o desfavorecido al elegir los principios por el resultado del azar natural o las contingencias de las circunstancias sociales.
En la concepción hipotética de Rawls, elegimos un conjunto de reglas que distribuye los beneficios sociales y, después, de algún modo se nos asignan nuestros papeles.
¿Qué tiene que ver todo esto con las empresas? El sector afronta importantes críticas, sobre todo a raíz de los escándalos recientes. En las escuelas de negocios, nos preguntamos legítimamente: «¿Qué es justo?». Y yo, como decano de Saïd Business School de Oxford, me encuentro tratando de determinar qué deberíamos enseñar sobre este tema. Las tartas, Nash y Rawls podrían servir de punto de partida para un debate fructífero sobre la equidad.
Para aplicar estos conceptos a las empresas, supongamos que seguimos el método de dos pasos propuesto por padres y académicos. En el primer paso, establecemos el conjunto de costes y beneficios, definidos en sentido amplio, disponibles para clientes, empleados, inversores, prestamistas, proveedores y «otros» miembros de la sociedad que podrían verse afectados indirectamente por nuestra empresa (como quienes se ven afectados por la contaminación del agua que causamos). En este primer paso hipotético, exponemos qué pagaría y recibiría cada grupo. Podríamos convenir en que este conjunto ofreciera más beneficios a unos que a otros, por ejemplo, como resultado del trabajo duro, la creatividad, la asunción de riesgos, etc.
Sin embargo, en un marco rawlsiano, llevaríamos a cabo esta distribución tras un velo de ignorancia: al establecer las reglas del juego, no sabríamos cuál sería nuestra situación final, ya fuera como inversores, empleados o clientes. Tampoco conoceríamos nuestras habilidades, talentos ni preferencias ante el riesgo. Aunque esto parezca descabellado, no es tan inverosímil, pues todos desempeñamos múltiples papeles en la sociedad. Todos consumimos, la mayoría trabajamos, todos somos «los otros» y algunos invierten.
¿Qué aspecto tendría un mundo empresarial «justo» en estas circunstancias? Casi con toda seguridad, no maximizaría los beneficios de un grupo (es decir, los accionistas) por encima de los de todos los demás. Probablemente tendría en cuenta a un amplio conjunto de partes interesadas, incluidas aquellas que quedan involuntariamente envueltas en nuestras empresas a través de lo que los economistas a veces llaman externalidades. Probablemente acabaríamos con una combinación de una concepción contractual de la empresa (por ejemplo, los derechos de los proveedores comerciales pueden determinarse mediante los contratos que deciden firmar) y un conjunto de responsabilidades no contractuales (por ejemplo, quizá que quienes se vean afectados involuntariamente por nuestras empresas no queden en peor situación que si la empresa no existiera). Al igual que la teoría de Rawls, estaría sujeta a un amplio debate y a críticas, pero aun así podría ayudarnos a impulsar un debate significativo sobre la justicia aplicada a las empresas.
Un equivalente intelectual, dicho con ironía, de «repartir y elegir» consiste en que una persona plantee una pregunta y otras la respondan. Propongo que las tartas, Nash y Rawls podrían ayudarnos a formular un debate sobre los derechos y las responsabilidades de las empresas. Como primer paso, necesitamos debatir seriamente cómo repartimos la tarta, sin saber qué porción podríamos recibir nosotros —o nuestros hijos—.
Dos nuevas becas para el MBA de Oxford, anunciadas a principios de este año por Saïd Business School y The Global Shapers Community, se han concedido a los Global Shapers Tana Jambaldorj, del centro de Ulán Bator en Mongolia, y Frank Fredericks, del centro de Nueva York en Estados Unidos.
Autor: Peter Tufano es decano de Saïd Business School de la Universidad de Oxford.
Imagen: Activistas medioambientales comparten una tarta mientras agentes de policía los observan durante un «picnic de protesta» en el aeropuerto de Mánchester, en Mánchester, norte de Inglaterra, el 12 de enero de 2009. REUTERS/Phil Noble



