¿Qué país europeo afronta el mayor riesgo de inestabilidad política y turbulencias financieras durante el próximo año? A menos de una semana de las elecciones generales británicas del 7 de mayo, la respuesta es a la vez evidente y sorprendente. Tras haber sido un refugio de estabilidad política y económica en medio de las turbulencias de la crisis del euro, el Reino Unido está a punto de convertirse en el miembro más impredecible políticamente de la Unión Europea.
De hecho, la continuidad es el único resultado electoral que casi con seguridad puede descartarse. A menos que las encuestas de opinión sean inexactas en un grado sin precedentes en la historia británica, los dos partidos que integran el gobierno de coalición, los conservadores del primer ministro David Cameron y los liberal-demócratas, casi no tienen posibilidades de obtener juntos una mayoría parlamentaria.
Una posibilidad —con una probabilidad ligeramente superior al 50 % según las encuestas— es que Gran Bretaña, cuna del thatcherismo y abanderada de la economía neoliberal en la UE, pronto tenga un gobierno encabezado por el Partido Laborista, comprometido con el mayor programa de aumento de impuestos desde la década de 1970. Además, debido a las peculiaridades del sistema electoral británico y al auge del nacionalismo escocés y galés, la supervivencia de un gobierno laborista dependería del apoyo de partidos con agendas económicas aún más radicales y dedicados a desmantelar el Reino Unido.
Otro escenario —casi tan probable como una coalición encabezada por los laboristas— es un gobierno conservador débil e inestable. A juzgar por las encuestas de opinión, la mejor esperanza de Cameron es obtener más escaños parlamentarios que los laboristas e intentar formar un gobierno minoritario, que podría sobrevivir mientras los demás partidos no se unieran en su contra. Esto podría ser posible, porque los liberal-demócratas y el Partido Nacional Escocés quizá vean ventajas en permitir que un gobierno conservador débil permanezca en el poder, al menos durante un tiempo.
Pero un gobierno conservador minoritario generaría incertidumbres y riesgos adicionales. Cameron sería más vulnerable que cualquier líder de la historia británica de posguerra al chantaje de los disidentes y extremistas de su propio partido, que consideran su misión histórica sacar a Gran Bretaña de la UE. Y un gobierno minoritario no podría aprobar ninguna legislación polémica a la que se opusieran los nacionalistas escoceses.
Además, las instituciones políticas británicas quizá no fueran capaces de hacer frente a la situación. La constitución no escrita del Reino Unido se basa por completo en la tradición y los precedentes. Ese sistema siempre ha presupuesto gobiernos fuertes con mandatos claros. La constitución está tan mal adaptada a las coaliciones y los gobiernos minoritarios que algunos juristas se preguntan si la reina debería dirigirse al Parlamento en nombre de su nuevo gobierno si existe el riesgo de que este sea derrocado en unas pocas semanas o meses.
Y, sin embargo, aunque la aritmética electoral hace casi imposible imaginar un gobierno centrista estable —uno que pudiera mantener las políticas actuales de Gran Bretaña en materia de impuestos, gestión económica y Europa—, la continuidad es el resultado que parecen esperar la mayoría de los líderes empresariales y políticos internacionales.
La prueba más clara de ello se observa en los mercados financieros. Aunque la libra ha caído alrededor de un 10 % desde su máximo de 1,70 dólares en septiembre pasado, su debilidad simplemente ha reflejado la fortaleza del dólar. En el mismo período, la libra ha subido casi un 10 % frente al euro, mientras que las cotizaciones bursátiles británicas han alcanzado máximos históricos y los bonos del Estado han generado mejores rendimientos en Gran Bretaña que en Estados Unidos, Alemania o Japón.
¿A qué se debe esta aparente indiferencia —también evidente entre los políticos europeos— ante los inminentes riesgos políticos en Gran Bretaña?
Muchos observadores internacionales creen que la política sencillamente ya no importa mucho en Gran Bretaña, porque la economía es fundamentalmente sólida y crece a un ritmo bastante saludable. Pero este es un argumento peligrosamente complaciente.
Es cierto que Gran Bretaña registró el crecimiento económico más rápido entre los principales países de la OCDE en 2014 y tiene una tasa de desempleo equivalente a apenas la mitad del promedio de la UE. Sin embargo, estos indicadores favorables ocultan una fuente de enorme riesgo: uno de los mayores déficits externos del mundo, financiado el año pasado mediante entradas de capital extranjero por un total de 160.000 millones de dólares. El déficit por cuenta corriente, equivalente al 5,5 % del PIB, es con mucho el más alto entre los principales países de la OCDE y se encuentra en un nivel que desde hace tiempo se asocia —tanto en el Reino Unido como en otros lugares— con el inicio de crisis financieras.
Mientras Gran Bretaña fue un refugio de estabilidad política y de políticas fiscales favorables a los inversores extranjeros, no tuvo problemas para atraer entradas de capital. Pero los cambios inminentes en la política británica y en sus relaciones con la UE inevitablemente atraerán la atención hacia la extrema dependencia de la economía respecto de la financiación extranjera.
Un gobierno laborista, con propuestas fiscales concebidas específicamente para afectar a los inversores extranjeros privados, sin duda desalentaría las entradas de capital. Pero los inversores internacionales podrían sentirse igualmente disuadidos por un gobierno conservador débil dominado por el ala euroescéptica del partido. En cualquiera de los dos casos, es probable que el crecimiento del PIB se desacelere al resentirse la confianza empresarial, el consumo y los precios de la vivienda: por los nuevos impuestos con los laboristas o por la incertidumbre sobre la pertenencia a la UE con los conservadores.
Otra razón por la que los observadores internacionales quizá estén pasando por alto riesgos tan evidentes es que han estado preocupados por acontecimientos más dramáticos en Grecia y Ucrania. Los políticos, los analistas financieros y los comentaristas políticos tienen tiempo y atención limitados. Tienden a centrarse en lo que parece ser la noticia más importante y urgente, y la política británica no lo ha sido.
Por otra parte, muchos analistas aparentemente sofisticados quizá estén simplemente en un estado de negación psicológica. Las encuestas sobre la opinión empresarial y financiera en Gran Bretaña muestran que mayorías claras en esos sectores esperan un giro repentino hacia los conservadores en los últimos días de la campaña electoral, que daría lugar a un gobierno de coalición estable y a la continuidad de las condiciones económicas y políticas.
Es posible que las intenciones de voto cambien así a última hora, pero el tiempo para que eso ocurra se está agotando. De hecho, la opinión pública británica se ha mantenido extraordinariamente estable, no solo durante la campaña electoral oficial, sino a lo largo de los últimos 12 meses. Sencillamente, no hay motivos racionales para esperar que los conservadores o los laboristas logren la victoria decisiva necesaria para formar un gobierno estable.
Por lo tanto, las próximas elecciones marcarán el comienzo, no el final, de un período de incertidumbre para la política, la economía y las finanzas británicas. Ninguna fe persistente en la estabilidad cambiará eso.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Anatole Kaletsky es economista jefe y copresidente de Gavekal Dragonomics, y presidente del Institute for New Economic Thinking.
Imagen: Un autobús y un taxi pasan junto al Big Ben por el puente de Westminster, en Londres. REUTERS/Kieran Doherty.





