Mientras gran parte del mundo centra su atención en las dificultades de Grecia, los países BRICS –Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica– han trabajado para impulsar su propia agenda económica, más recientemente en su séptima cumbre anual celebrada en la ciudad siberiana de Ufá. Sin embargo, aunque Rusia fue anfitriona de la reunión, se considera que es China la que domina el grupo. De hecho, los BRICS ya han demostrado ser un multiplicador de fuerza para la diplomacia china, y pueden seguir siéndolo si China se cuida de no presionar demasiado sus intereses nacionales.
Hasta ahora, China ha desempeñado un papel fundamental para impulsar el avance hacia una cooperación real entre los países BRICS. En las últimas semanas, sus miembros se han comprometido cada uno a aportar 10.000 millones de dólares a su Nuevo Banco de Desarrollo, que debería empezar a conceder préstamos el año que viene; han publicado una estrategia común para la cooperación económica y comercial; y han acordado un fondo de contingencia de 100.000 millones de dólares para prestar asistencia temporal a los miembros que enfrentan presiones en sus balanzas de pagos.
Sin embargo, el futuro de los BRICS sigue siendo incierto debido a los fuertes vientos económicos en contra. Brasil está azotado por escándalos de corrupción y un estancamiento de la producción. Rusia probablemente se encuentra en recesión, debido en gran medida a las sanciones occidentales impuestas en respuesta a su intervención en Ucrania. India sufre una moneda en depreciación y una fuerte subida de la deuda pública. El PIB de China creció solo un 7,4 % el año pasado, la tasa más baja en 24 años. Y el crecimiento de Sudáfrica ha sido débil, en particular debido a la escasez de energía.
Ante estos acontecimientos, muchos observadores occidentales han llegado a creer que los BRICS han fracasado. Ruchir Sharma, de Morgan Stanley, ha subrayado que los ganadores de la última década podrían no seguir ganando en esta. Incluso Jim O’Neill, quien acuñó el término «BRIC», ha dirigido su atención hacia las economías «MINT» —México, Indonesia, Nigeria y Turquía—, los principales competidores emergentes de los BRICS.
Sin embargo, no todos son pesimistas sobre las perspectivas e influencia global de los BRICS, ya sea considerados individualmente o como grupo. El periodista Gideon Rachman ha sugerido que «el auge de las economías no occidentales es un cambio histórico profundamente arraigado que puede sobrevivir a cualquier número de sacudidas económicas y políticas». China parece contar con que esto sea cierto.
De hecho, los países BRICS siguen siendo una fuerza económica que hay que tener en cuenta, ya que representan el 25,7 % del PIB mundial, el 42 % de la población mundial y el 17 % del comercio total. Atraen más del 18 % del total mundial de inversión extranjera, poseen el 40 % de todas las reservas de divisas y representan el 30 % del total de tenencias extranjeras de bonos del Tesoro de Estados Unidos.
Además, los mercados de consumo de los BRICS superan los 4 billones de dólares, una cifra equivalente a la de la eurozona. Y, según Goldman Sachs, alrededor del 85 % de la clase media mundial vivirá en los BRICS y en otros países en desarrollo para 2030. Asimismo, dado que muchos de los factores que han impulsado el rápido crecimiento de los BRICS —entre ellos los costes laborales relativamente bajos, el aumento de la productividad, la liberalización comercial y la libre circulación de información y capital— siguen vigentes, descartar a los BRICS sería prematuro.
No obstante, los BRICS tienen trabajo por hacer. Al retrasar las reformas estructurales, han permitido que sus economías acumulen riesgos y desequilibrios que han erosionado su salud a largo plazo. En particular, los BRICS sufren una considerable desigualdad de ingresos, con un coeficiente de Gini medio (donde cero significa igualdad absoluta y uno desigualdad absoluta) que oscila entre 0,37 y 0,50 en 2010-2013.
Trabajando juntos, los BRICS tienen más posibilidades de poner en marcha las reformas necesarias para reforzar la resiliencia de sus economías, una oportunidad que ya han identificado. El Gobierno del primer ministro indio, Narendra Modi, ha buscado un apoyo masivo de China para aplicar su política nacional de manufactura y superar los obstáculos al desarrollo de infraestructuras.
El Gobierno chino va ahora más allá, instando al resto de los BRICS a institucionalizar su cooperación, y no solo a impulsar reformas internas. China sostiene que un bloque BRICS más fuerte ayudaría a salvaguardar los intereses de todos los países en desarrollo. Con ese fin, el país también encabeza el esfuerzo por reformar la arquitectura económica mundial, entre otras cosas presionando para reformar el sistema de votación ponderada del Fondo Monetario Internacional.
Sin embargo, pese a los posibles beneficios de tales esfuerzos para las economías emergentes y en desarrollo, han provocado una considerable inquietud entre los socios BRICS de China, que temen que su liderazgo pueda derivar rápidamente en dominación. Más allá de las diferencias fundamentales en los sistemas políticos, valores sociales y tradiciones culturales de los países BRICS —factores que socavan la confianza y la cohesión—, está el hecho evidente de que la economía china (por no hablar de su poderío militar) eclipsa a las de los demás.
De hecho, el comercio bilateral entre China y los otros cuatro países BRICS representa el 85 % del comercio total intra-BRICS. Además, los socios BRICS de China se enfrentan a una dura competencia de los bienes baratos de fabricación china (agravada por lo que muchos consideran una moneda china infravalorada). La mayoría de las quejas comerciales contra China presentadas en la Organización Mundial del Comercio en los últimos años fueron interpuestas por países en desarrollo, entre ellos India y Brasil. La relación de China con India es especialmente tensa, debido a su disputa territorial aparentemente irresoluble, así como a los desacuerdos sobre la reforma del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
Si China quiere que los BRICS sigan profundizando sus lazos, debería procurar actuar como una mano orientadora dentro del bloque, adoptando un enfoque más prudente que impositivo. Ello implica, sobre todo, frenar su competencia geopolítica con India y Rusia. Al mismo tiempo, en su trato con sus homólogos de los países avanzados, debería mostrarse abierta y pragmática, defendiendo una agenda política global inclusiva que conecte el mundo desarrollado y el mundo en desarrollo.
Un bloque unido contra Occidente no serviría a los intereses de China más de lo que le serviría un grupo caracterizado por el antagonismo y las divisiones. Lo que China —y el resto de las economías emergentes y en desarrollo— necesita es un grupo BRICS ágil y cohesionado, con una sólida reputación como proveedor destacado de bienes públicos globales.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Minghao Zhao es investigador en el Instituto Charhar de Pekín, investigador adjunto del Instituto Chongyang de Estudios Financieros de la Universidad Renmin de China y miembro del Comité Nacional chino del Consejo para la Cooperación en Seguridad en Asia Pacífico (CSCAP).
Imagen: Imágenes que representan a China y Brasil se proyectan sobre las paredes exteriores del Museo Nacional de Brasilia. REUTERS/Ueslei Marcelino



