Hace dos años, junto con un amplio grupo de exfuncionarios y expertos, advertimos que, en ausencia de una nueva estrategia militar y política para la región euroatlántica, existía el riesgo de que la estabilidad se debilitara y la seguridad se desmoronara. Lamentablemente, hay señales claras de que esto está ocurriendo, y Europa atraviesa ahora su crisis más grave y mortífera en décadas.
En Ucrania, han muerto más de 5.000 personas, más de 10.000 han resultado heridas y 1,2 millones se han visto obligadas a abandonar sus hogares. Si no detenemos las muertes y abordamos las divisiones cada vez mayores en Europa, nuestra generación podrá afirmar que puso fin a la Guerra Fría, pero aun así no logró garantizar un futuro pacífico.
Ninguna arquitectura de seguridad, antigua o nueva, puede tener éxito sin líderes comprometidos con abordar y resolver las cuestiones fundamentales. Ningún proceso ni estructura, por elegante que sea su diseño, puede sustituir un liderazgo político audaz y un acuerdo sobre objetivos compartidos. Hoy, sin embargo, no se puede eludir la conclusión de que la arquitectura de seguridad existente en la región euroatlántica no está a la altura de la tarea de resolver la crisis actual y aumentar la cooperación y la estabilidad en la región.
Basta con mirar dónde estamos. Las instituciones creadas para apoyar una interacción constructiva entre Rusia y Occidente están gravemente deterioradas y parecen incapaces de abordar las cuestiones políticas, económicas y de seguridad fundamentales de hoy. Durante años han faltado relaciones personales estrechas entre los líderes y comunicaciones claras y oportunas —esenciales para gestionar las crisis—, gravemente obstaculizadas por la desconfianza mutua.
La Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) ha participado intensamente en Ucrania, pero carece del mandato político para abordar, y mucho menos resolver, las cuestiones fundamentales. El Consejo OTAN-Rusia, creado para establecer una asociación más igualitaria y eficaz, ha sido suspendido justo cuando más se necesita. También se han suspendido o están en riesgo acuerdos concebidos para fomentar la confianza y mejorar la estabilidad, como los tratados sobre Fuerzas Armadas Convencionales en Europa y Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio.
Los intentos de atribuir culpas por haber llegado a esta situación, por comprensibles que sean, no deben impedir que se aborden problemas que podrían acarrear un alto costo si no se resuelven. Un informe reciente de la European Leadership Network detalla cómo han aumentado la intensidad y la gravedad de los incidentes en los que participan fuerzas militares rusas y occidentales, lo que eleva el riesgo de un accidente o una escalada militar. El informe recomienda reforzar los mecanismos de gestión de crisis e intercambiar información sobre los despliegues militares.
Pero resolver la crisis actual y construir una nueva arquitectura para la seguridad regional euroatlántica requiere un liderazgo político firme y nuevas ideas. La tarea que afrontamos hoy —crear un proceso para abordar cuestiones políticas, económicas y de seguridad que respalde medidas concretas para mejorar la seguridad euroatlántica hoy y en el futuro— no es menos difícil que la que afrontaron los fundadores de las Naciones Unidas hace 70 años.
El primer paso es crear un nuevo Grupo de Liderazgo para la Seguridad Euroatlántica, con un mandato personal de presidentes, primeros ministros y ministros de Asuntos Exteriores. El Grupo de Liderazgo mantendría un diálogo continuo de alto nivel, centrado en elaborar recomendaciones específicas sobre puntos clave relacionados con la crisis de Ucrania y, en términos más generales, con la seguridad euroatlántica, integrando cuestiones políticas, económicas y de seguridad.
Así, el Grupo de Liderazgo constituiría una importante demostración pública del compromiso de los gobiernos con abordar y resolver las cuestiones fundamentales, y proporcionaría un mecanismo muy necesario para convertir su determinación en acciones. Sus vínculos directos con el presidente de EE. UU., Barack Obama, el presidente ruso, Vladímir Putin, y los líderes europeos lo distinguirían de los mecanismos existentes.
En un principio, el Grupo de Liderazgo podría incluir representantes de un grupo básico de Estados —por ejemplo, Francia, Alemania, Italia, Polonia, Rusia, Suecia, Ucrania, el Reino Unido y Estados Unidos— facultados directamente por sus presidentes y primeros ministros y vinculados a ellos. Para garantizar una amplia participación y transparencia en toda Europa y dentro de las estructuras existentes, el Grupo de Liderazgo debería incluir un representante de la OSCE, la Unión Europea, la Unión Económica Euroasiática y la OTAN.
La primera prioridad del Grupo de Liderazgo sería abordar la crisis actual. Después debería proponer formas de mejorar las estructuras existentes —por ejemplo, reformando sustancialmente y otorgando más competencias a la OSCE— o de crear un nuevo Foro de Seguridad Euroatlántica. Un órgano de este tipo, si cuenta con el respaldo de un liderazgo político firme, podría desempeñar un papel crucial en la aplicación de los acuerdos alcanzados por el Grupo de Liderazgo. Por ello, acogemos con satisfacción la iniciativa reciente de la OSCE de encomendar a un Grupo de Personas Eminentes (EPP) la elaboración de propuestas y la sugerencia de medidas concretas para hacer más resiliente la arquitectura de seguridad europea, y esperamos con interés sus recomendaciones.
Una forma en que el nuevo Grupo de Liderazgo podría desempeñar pronto un papel decisivo sería tratar de definir principios de transparencia y moderación que reduzcan el riesgo de encuentros entre las fuerzas armadas de la OTAN y sus aliados y las de la Federación de Rusia. Más adelante, un nuevo Foro, una OSCE con mayores competencias u otro órgano podría ofrecer un mecanismo de aplicación para garantizar que las cadenas de mando militar de toda la región euroatlántica adopten estos principios y que existan canales de comunicación fiables en caso de incidentes graves.
Reducir los riesgos de encuentros tan cercanos entre fuerzas armadas es solo un ejemplo de cómo una arquitectura de seguridad euroatlántica reforzada podría contribuir de manera valiosa. Incluso una breve lista de desafíos pendientes —relacionados con las fuerzas convencionales, las armas nucleares, el terrorismo y los ciberataques— subraya la urgencia de un nuevo enfoque.
Por último, una nueva arquitectura de seguridad euroatlántica debe estar facultada para actuar más allá de las cuestiones «militares» tradicionales y abordar de forma más amplia asuntos económicos, energéticos y otros temas vitales. Mientras persista una mentalidad de suma cero en torno a la integración económica, el comercio y la energía, la desconfianza se profundizará. Estas cuestiones son cruciales para resolver la crisis económica y de seguridad de Ucrania e impedir que se convierta en un Estado fallido.
Los tiempos difíciles exigen medidas audaces. Debemos formular y poner en práctica nuevas propuestas ahora, antes de que Europa vuelva a dividirse por otra generación.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Des Browne es un exsecretario de Estado británico de Defensa. Igor S. Ivanov, exministro de Asuntos Exteriores de Rusia, es presidente del Consejo Ruso de Asuntos Internacionales. Sam Nunn, exsenador demócrata de Estados Unidos, es copresidente de la Nuclear Threat Initiative.
Imagen: Una pareja se toma de la mano mientras cruza una calle en Nueva York. REUTERS/Lucas Jackson.




