Ante el flujo de personas que huyen de la invasión rusa de Ucrania, iniciada hace tres semanas, de crecimiento más rápido jamás registrado en el mundo, la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR ) ha afirmado que las necesidades humanitarias aumentan de forma exponencial.
El número de ucranianos desplazados dentro y fuera del país ha superado ya los 10 millones, afirma el jefe de ACNUR, Filippo Grandi. Más de 3,3 millones de ellos —en su mayoría mujeres y niños— han cruzado en masa las fronteras occidentales de Ucrania para escapar de los bombardeos rusos contra pueblos y ciudades.
Joung-ah Ghedini-Williams, directora de Comunicaciones Globales de ACNUR, acaba de regresar de visitar los pasos fronterizos de Polonia, Hungría y Moldova, donde las organizaciones internacionales de ayuda se apresuran a asistir a quienes llegan.
Relata la conmoción y la devastación de los civiles con quienes habló, su intenso anhelo de volver a sus hogares y a los hombres de sus familias que dejaron atrás. También advierte del aumento de las necesidades humanitarias, no solo entre la población civil ucraniana, cada vez más vulnerable, sino también más lejos, en Afganistán, Yemen y Siria, donde la disminución de los recursos amenaza la ayuda que tanto se necesita con urgencia.
Joung-ah Ghedini-Williams: Lo más llamativo no fue solo la cantidad de refugiados que cruzaban todas las fronteras hacia los países vecinos, sino la absoluta ausencia de hombres. Casi el 90 % de quienes cruzan son mujeres y niños, y todas esas mujeres tienen hombres —ya sean maridos, hermanos o hijos— que siguen en Ucrania. Creo que esa sensación de separación y pérdida, y la ansiedad que conlleva, se palpaba en cada uno de los países que visité.
¿Qué le contaron los refugiados ucranianos que huían cruzando la frontera?
Joung-ah Ghedini-Williams: Pude hablar con bastantes mujeres y familias que cruzaban, y estaba muy claro que sufrían una conmoción enorme. Probablemente usaría la palabra trauma, salvo que debe diagnosticarse médicamente, pero se veía esa sensación generalizada de devastación y conmoción en los ojos de todos.
Otra cosa que llamó muchísimo la atención fue que nadie se imaginaba en esta situación ni siquiera una semana antes. Hablé con varias mujeres que me dijeron: «De verdad, no pensé que esto fuera a pasar y apenas tuve unos minutos para decidir huir».
Una de las familias que conocí estaba formada por dos hermanas que viajaban con sus seis hijos; una llevaba en brazos a un bebé de dos meses, tenía un niño de dos años y otro de ocho. Como se imaginarán, no le quedaban manos para llevar ninguna otra pertenencia. Dijo que cruzó con una mochila. Sin pañales. Sin comida para bebés. Sin ropa de invierno, aparte de la que llevaban puesta.
Creo que muchas personas están en una situación parecida: esperaron hasta el último momento, con la esperanza de que las cosas mejoraran y de no tener que huir. Y cuando la guerra, los bombardeos o incluso el temor de que el conflicto se acercara llegaron lo bastante cerca como para oírlos o percibir el cambio en sus propios barrios, entonces huyeron.
Como estuve allí al comienzo de la crisis, creo que la mayoría de quienes cruzaban —no todos, pero sí la mayoría— contaba con recursos. Tenían familiares o contactos en países vecinos de Europa o más lejos. Pero la mayoría no quería ir más lejos; quería quedarse, incluso si tenía familiares en otros lugares. Por ejemplo, conocí a una mujer cuyos padres vivían en Alemania, pero me dijo: «No, quiero quedarme aquí, en Rumanía, porque quiero ver si las cosas mejoran. Si hay paz, quiero volver enseguida, reunirme con mi marido y volver a nuestro hogar, y asegurarme de que todo sigue allí y ha resistido».
Creo que no sabían qué esperar. Sabían que necesitarían ayuda de todas las formas posibles. Lo realmente excepcional fue la calidez con que los recibieron. Vimos solidaridad. Vimos a muchísimas personas que acudieron como socorristas locales, activistas y voluntarios. Pero debo decir que, sobre todo en Polonia, nunca había visto un nivel semejante de respuesta organizada, tanto por parte de las autoridades nacionales como, especialmente, de quienes ayudaban en las comunidades: personas que se presentaban para ofrecer su tiempo como voluntarias, preparar comidas, brindar refugio y abrir sus propias casas. Había montañas de suministros. La gente había donado de todo: no solo pañales y comida para bebés, sino también cochecitos, ropa de invierno y ropa de cama. Incluso artículos para mascotas, porque creo que todos vieron que llegaban muchísimas personas con sus perros y gatos.
Debe de haber muchísimas mascotas y animales queridos que quedaron atrás. ¿La gente hablaba de las provisiones que había dejado para sus animales?
Joung-ah Ghedini-Williams: Sí, creo que en algunos casos estaba muy claro. Conocí a una pareja mayor que cruzó con sus dos perros. También llevaban transportines, porque llevaban muchísimo tiempo en movimiento. Dijeron que tardaron unos cinco días en llegar a Polonia y que cada uno llevaba una bolsa muy pequeña. Eran maletitas diminutas. Les pregunté qué habían traído y dijeron que, aparte de los perros, habían llevado algo de comida para ellos y solo dos mudas de ropa. Es especialmente conmovedor porque sabían que quizá dejaban sus hogares por última vez y, en vez de llevar objetos o recuerdos de sus vidas, dieron prioridad a sus dos perros, lo que significó que pudieron llevarse muy pocas cosas más.
La mitad de sus familias quedó, en esencia, atrás, expuesta a un destino incierto y a una guerra que sigue haciendo estragos.
Joung-Ah Ghedini Williams, de ACNUR, habla de la crisis de refugiados de Ucrania
¿Cómo se compara esto con otros grandes desplazamientos de población que ha vivido durante su carrera?
Joung-ah Ghedini-Williams: En cuanto a las cifras, creo que la única crisis comparable es la de Ruanda. Pero allí vimos a millones de personas huir a lo largo de varios meses. Aquí hemos visto a 3 millones en tres semanas, así que la magnitud supera la de algunas de las otras emergencias que he presenciado. Creo que otro aspecto muy duro es que no hay ni un solo refugiado de este grupo cuya familia no haya quedado completamente separada. Los hombres de sus familias, prácticamente todos los que tienen entre 16 y 60 años, no están con ellos. Así que la mitad de sus familias quedó, en esencia, atrás, expuesta a un destino incierto y a una guerra que sigue haciendo estragos. Por la magnitud de las cifras de quienes cruzan y por el sufrimiento humano, es realmente incomparable.
Por la magnitud de las cifras de quienes cruzan y por el sufrimiento humano, es realmente incomparable.
Joung-Ah Ghedini Williams, de ACNUR, habla de la crisis de refugiados de Ucrania
¿Qué necesitan sobre todo las mujeres y los niños que llegan de Ucrania?
Joung-ah Ghedini-Williams: Las mujeres y los niños que cruzan desde Ucrania necesitan de todo: desde refugio y servicios de salud hasta asistencia psicológica y psicosocial para afrontar el trauma. Necesitan un lugar seguro donde llegar. Una de las cosas que más nos preocupan es que, pese a la abrumadora solidaridad y a que hay personas dispuestas a abrir sus corazones, sus hogares y sus bolsillos para ayudar a los refugiados ucranianos, en situaciones fluidas e inestables como esta también hay depredadores y tratantes de personas que intentarán aprovecharse de la situación.
Por eso, para ACNUR y otros organismos que trabajan sobre el terreno, una de nuestras prioridades principales es garantizar que existan medidas de protección para que las mujeres y los niños estén a salvo y que, tras las pérdidas y la tragedia que ya han vivido, no queden aún más expuestos a riesgos mayores a manos de personas que no tienen la menor intención de ayudar.
¿Cómo se puede proteger de la explotación a los refugiados vulnerables?
Joung-ah Ghedini-Williams: Bueno, ahora mismo son las autoridades nacionales de los países vecinos quienes reciben y registran a los refugiados. Algunas han pedido apoyo. Por ejemplo, junto con UNICEF estamos habilitando al menos 50 «puntos azules», espacios seguros para mujeres y niños. Muchos de los servicios se centrarán específicamente en evaluar posibles vulnerabilidades o la exposición a riesgos. Además, colaboramos con los gobiernos para asegurarnos de que se difunda mucha información. La población refugiada está muy conectada a los medios digitales y las redes sociales. Por eso, difundimos información sobre la importancia de tener cuidado, reconocer los riesgos, asegurarse de utilizar recursos legítimos y no exponerse a mayores peligros.
Contaban que tenían mucho miedo dentro de los coches y que no querían encender las luces por temor a que los atacaran
Joung-ah Ghedini-Williams, de ACNUR, habla de las dificultades que afrontaron los refugiados al huir de Ucrania.
Hemos oído hablar de ataques contra corredores humanitarios, pero ¿pueden esperar llegar a salvo a la frontera los refugiados que se dirigen hacia ella?
Joung-ah Ghedini-Williams: Hasta ahora, quienes han llegado han dicho que el mayor desafío fue evitar los combates y las líneas del frente de la propia guerra. Lo que más nos preocupa es que entre los otros civiles ucranianos que siguen dentro del país haya personas con menos capacidad, acceso o recursos para marcharse. Podrían ser personas con discapacidad, una mayor proporción de personas refugiadas de edad avanzada o más personas con problemas de salud que les impidan hacer este viaje.
Algunos de los refugiados que conocí contaron que caminaron durante cinco días y que hacía un frío glacial. Nevó la mitad de los días que estuve allí, a lo largo de la frontera. No es, en absoluto, un viaje fácil. Incluso quienes llegaron en vehículo contaron que tenían tanto miedo dentro de los coches que no querían encender las luces por temor a que los atacaran. Al llegar a las fronteras, algunas estaban tan congestionadas que tuvieron que esperar en sus vehículos en una cola hasta cuatro o cinco días. Creo que hay muchas circunstancias que impidieron o disuadieron a la gente de emprender el viaje.
Tenemos informes de que la gente bebe agua de lluvia y está agotando sus últimas reservas de alimentos. Así que quienes quizá crucen en las próximas semanas podrían encontrarse en un estado mucho más frágil y debilitado que quienes lo hicieron durante las primeras tres semanas.
¿Qué recursos necesitan organizaciones como ACNUR, UNICEF y la Cruz Roja para hacer frente a una llegada tan masiva de personas?
Joung-ah Ghedini-Williams: Sé que ACNUR, al igual que los demás organismos de la ONU y las organizaciones internacionales, está ampliando sus operaciones. Sabemos que las necesidades serán enormes y persistentes. Eso es lo que intentamos transmitir a los gobiernos donantes y a la comunidad internacional en general: debemos mantener este nivel de atención y apoyo, porque esta crisis será de larga duración.
Aunque haya paz en los próximos días o semanas, habrá que reconstruir muchísimo. Hay una destrucción enorme, y habrá que afrontar mucha tragedia y mucho trauma. Las necesidades serán enormes. Por eso hemos aunado esfuerzos y lanzado llamamientos de financiación. Esto abarca desde refugio y artículos de socorro hasta servicios de salud, infraestructura y educación escolar.
¿Qué puede hacer la comunidad internacional en general para ayudar?
Joung-ah Ghedini-Williams: Creo que hemos observado que, al estar justo en el centro de Europa y participar directamente la UE, junto con Polonia y otros países, en la acogida de refugiados de Ucrania, sabemos que existen los recursos y la voluntad política para compartir la responsabilidad de esta crisis de refugiados. Esto nos demuestra que es posible ofrecer asilo en Europa y en todo el mundo de forma más compasiva, organizada y manejable.
Ya hemos recibido ofertas de Estados Unidos, Canadá, Brasil y otros países para brindar protección temporal y visados humanitarios a los refugiados ucranianos. Lo que intentamos decir es que esto también es viable para los refugiados de Afganistán, Siria, Myanmar y Etiopía. Esperamos que las lecciones que podemos aprender aquí y la apertura que estamos viendo se extiendan más allá de la crisis de Ucrania.
¿Qué países están acogiendo a más refugiados?
Joung-ah Ghedini-Williams: De los 3 millones de refugiados que han llegado desde Ucrania, casi 2 millones han ido a Polonia. No está claro cuántos se quedarán allí, pero me resultó muy interesante hablar con el jefe de patrulla fronteriza polaca en uno de los pasos fronterizos. Estaban brindando todo tipo de apoyo a quienes cruzaban. Le pregunté si también le resultaba difícil ver a todas esas mujeres, niños y familias llegar tan devastados. Me respondió: «Miro a los niños ucranianos que llegan como refugiados y trato de imaginar que algunos se instalarán en Polonia. Así que intento pensar en ellos como ciudadanos polacos y en lo que haría por mis propios hijos o por otros niños polacos».
Creo que lo fundamental es que no sabemos dónde terminarán la mayoría de los refugiados ucranianos. Sabemos que, por ahora, quieren quedarse en los países vecinos: Rumanía, Moldova, Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia… Pero también sabemos que decenas de miles ya han ido a países de la UE y que algunos incluso han llegado a América y a lugares más lejanos. Creo que solo sabremos dónde estarán a largo plazo a medida que evolucione la guerra y veamos cuántos refugiados salen realmente de Ucrania.
Creo que también hay que señalar que existe la tendencia a que la palabra «refugiado» tenga una connotación muy negativa. Casi se considera algo vergonzoso o tabú, pero esta crisis nos ha demostrado que absolutamente cualquiera, en cualquier lugar y en cualquier momento, puede convertirse en refugiado, sin que sea una elección o decisión propia.
Y otra cosa es que los refugiados también pueden aportar muchísimo. Cuando estuve en Hungría, visité un espacio de trabajo compartido temporal, abierto a cualquier refugiado ucraniano que necesitara un lugar para trabajar, reunirse y comer. Dos de las personas que conocí allí trabajaban a distancia. Acababan de huir de intensos combates —una de Járkov y otra de Kyiv— y seguían trabajando en ese espacio compartido porque ya teletrabajaban antes. Una trabajaba en el sector turístico y la otra en el de las tecnologías de la información.
También quiero recalcar que los refugiados ucranianos llegan con muchísimas competencias. Traen consigo habilidades, talentos y profesiones, y debemos reconocerlos y valorarlos. También debemos brindarles apoyo para que puedan sentir que contribuyen, ganarse la vida y mantenerse. El sector privado también desempeña un papel fundamental. Hemos visto más apoyo del sector privado para esta crisis que probablemente para la mayoría de las crisis juntas. Se trata no solo de fondos, sino también de programas sostenibles, formación para el empleo y capacitación profesional; de crear programas que ofrezcan a los refugiados ucranianos más opciones, no solo un paquete de ayuda puntual, sino también formas de mantenerse a sí mismos y a sus familias e integrarse en las comunidades de acogida donde viven.
El alto comisionado de ACNUR, Filippo Grandi, insta al mundo a no olvidar otras crisis humanitarias en Afganistán, Yemen y Siria. ¿Cómo están interconectadas?
Joung-ah Ghedini-Williams: Por supuesto, ahora mismo gran parte de nuestra atención se centra en Ucrania. La crisis tiene un impacto devastador, no solo dentro de Ucrania y la región, sino también un posible impacto en Europa y en el mundo entero. En ACNUR insistimos en que todo está interconectado. Por ejemplo, Ucrania es uno de los mayores productores de trigo del mundo. Creo que ocupa el quinto lugar a nivel mundial. En el contexto humanitario, aporta casi el 30 % del trigo que alimenta a refugiados y personas en riesgo en todo el mundo. Sabemos, por ejemplo, que Yemen tiene el mayor número de personas con inseguridad alimentaria. Hablamos de personas que viven al borde de la hambruna; Yemen atraviesa una de las mayores emergencias humanitarias del mundo actual.
Es importante señalar que todos estos problemas están interconectados y que los refugiados y desplazados internos de Yemen han estado en la misma situación en la que se encuentran hoy los refugiados ucranianos. Han sufrido los estragos del conflicto, han sido desarraigados y desconocen lo que les depara el futuro.
Además, había refugiados afganos acogidos en Ucrania y ahora no está nada claro si han podido salir o ponerse a salvo. Aunque tenemos más de 115 miembros del personal en Ucrania, como todos los demás allí, la mayoría está refugiada en búnkeres y solo puede salir a prestar ayuda cuando y donde es seguro hacerlo. Nos resulta muy difícil evaluar la situación de los refugiados que ya estaban en Ucrania.
Por último, hay 8,4 millones de personas desplazadas en todo el mundo. Es una cifra enorme y, a veces, las cifras dificultan conectar con la dimensión humana. Pero la crisis de Ucrania nos ha conmovido profundamente porque vemos el sufrimiento, principalmente de mujeres y niños, que representan el 90 %. Sin embargo, los refugiados de muchos otros lugares —Etiopía, Myanmar, Venezuela… tantos lugares del mundo— afrontan la misma situación.
El alto comisionado para los refugiados, Filippo Grandi, está hoy en Afganistán y seguiremos abogando por los refugiados, las personas desplazadas y las apátridas, y estando allí para protegerlos y asistirlos en todas partes. Lo mismo debe hacerse ahora con Ucrania. Pero también debemos asegurarnos de que otras poblaciones de refugiados y desplazados, que también merecen ayuda, reciban la atención y el apoyo que necesitan.
¿Qué se puede hacer para sustituir el trigo y los alimentos que normalmente habrían llegado desde Ucrania?
Joung-ah Ghedini-Williams: Creo que, como hemos dicho desde el principio, quienes trabajamos en el sector humanitario solo podemos apoyar e intentar aliviar algunas de las necesidades y dificultades que afrontan las personas desplazadas en todo el mundo. En última instancia, en el caso de Ucrania, las únicas soluciones son políticas. Solo la paz permitirá realmente que la vida vuelva a la normalidad, que se reanude la agricultura y que los mercados y las economías recuperen la capacidad de producir trigo, aceite de girasol y todas las demás exportaciones por las que se conoce a Ucrania y de las que dependen otros países.
En cuanto a la manera de adaptarnos, otros organismos como la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, así como el sector privado, están buscando alternativas: dónde más podemos aumentar la producción y cómo encontrar otras soluciones. Pero ahora mismo es casi imposible responder a esa pregunta porque, hasta que sepamos qué ocurrirá dentro de Ucrania con esta crisis, es muy difícil calcular qué necesidades tendremos que intentar atender.
Vea el Diálogo de la Agenda Especial sobre la situación humanitaria en Ucrania, en el que participan ACNUR, el PMA, UNICEF y la Cruz Roja, aquí.



