Richard Baldwin es catedrático de Economía Internacional en el Graduate Institute de Ginebra y en la Universidad de Oxford, y miembro del Global Agenda Council on Global Trade Systems
Los flujos transfronterizos de bienes, inversiones, servicios, conocimientos técnicos y personas asociados a las redes internacionales de producción –a los que, por brevedad, llamaré «comercio de cadenas de suministro»– han transformado el mundo. La Organización Mundial del Comercio (OMC) no ha seguido el ritmo. Es hora de cambiarlo. Enseguida expondré algunas ideas al respecto, pero antes consideremos los cambios:
Desde la década de 1990, la globalización se ha asociado a una fuerte caída de la participación de los países ricos en la renta mundial, la manufactura mundial y las exportaciones mundiales.
Los grandes beneficiados son los países en desarrollo que se industrializaron sumándose a las cadenas de suministro en lugar de construirlas.
Esta rápida industrialización también impulsó a una amplia gama de países en desarrollo exportadores de materias primas.
El mundo de la política comercial y de la gobernanza del comercio también cambió. Si una empresa de alta tecnología quiere ubicar fases de producción en un país en desarrollo, el gobierno de ese país debe garantizar la libre circulación necesaria de bienes, servicios e información, así como la protección de los derechos de propiedad tangible e intangible. La protección a la antigua, las políticas contrarias a la IED o los derechos de propiedad laxos casi garantizan que las fases deslocalizadas acaben en otro lugar.
Los países en desarrollo que lograron atraer las fábricas deslocalizadas se volvieron hipercompetitivos y eliminaron las exportaciones de los países en desarrollo que se aferraron a la industrialización por sustitución de importaciones. En el mundo de la industrialización basada en las cadenas de suministro, el proteccionismo se ha convertido en destruccionismo.
Tras aprender esta lección, los países en desarrollo redujeron unilateralmente los aranceles y se adhirieron con entusiasmo a disciplinas profundas en acuerdos comerciales regionales y tratados bilaterales de inversión. Esto ocurrió a nivel regional y no multilateral, ya que la mayoría de las cadenas de suministro son regionales, una tendencia que la preocupación de la OMC, durante más de una década, por cuestiones comerciales del siglo XX (aranceles y agricultura) agravó.
La erosión más reciente de la centralidad de la OMC llega con los megaacuerdos regionales –como la Asociación Transpacífica– que se están negociando. Según la trayectoria actual, las normas para el comercio de cadenas de suministro quedarán completamente fuera del ámbito de la OMC en unos pocos años.
En mi opinión, la estructura de la OMC la incapacita para acoger las nuevas normas del comercio de cadenas de suministro. El ADN de la OMC se basa en un mercantilismo ilustrado, según el cual las naciones aceptan abrir sus mercados si las demás naciones hacen lo propio. Sin embargo, el comercio de cadenas de suministro se basa en un intercambio mucho más asimétrico. Las empresas de tecnología avanzada trasladan sus activos tangibles e intangibles al extranjero y los combinan con mano de obra de bajo coste en países en desarrollo. Las empresas obtienen mayores rendimientos de sus activos específicos, y los países en desarrollo logran una industrialización acelerada.
Dado que la naturaleza de la cooperación es tan diferente, la organización internacional que coordine las normas necesarias para el comercio de cadenas de suministro también debe ser diferente. Necesitaremos una OMC 2.0. La pertenencia a la OMC 2.0 no tiene por qué ser universal, ya que la cooperación en cadenas de suministro no es en su mayor parte global –es principalmente bilateral y regional–, aunque tener las mismas normas en todas partes puede generar grandes beneficios. Y, a diferencia de la OMC, en la que a los países en desarrollo se les permiten normas más laxas, la OMC 2.0 debe tratar por igual al país que deslocaliza y a los países receptores en lo que respecta a las disciplinas. Estas garantías son la clave de la cooperación.
Imagen: Un empleado observa el puerto de Shanghái desde la ventana de una oficina REUTERS/Carlos Barria





