La guía del inversor responsable sobre el cambio climático

La guía del inversor responsable sobre el cambio climático
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En todo el mundo, los inversores institucionales —incluidos los fondos de pensiones, las compañías de seguros, las fundaciones filantrópicas y las universidades— se enfrentan a la cuestión de si deben desinvertir en empresas de petróleo, gas y carbón. La razón, por supuesto, es el cambio climático: a menos que se reduzca drásticamente el consumo de combustibles fósiles —y se elimine por completo hacia 2070, en favor de energías sin emisiones de carbono, como la solar—, el mundo sufrirá riesgos inaceptables debido al calentamiento global provocado por el ser humano. ¿Cómo deben actuar los inversores responsables ante estos riesgos sin precedentes?

La desinversión es, sin duda, una respuesta, por varias razones. Una es el simple interés propio: la industria de los combustibles fósiles será una mala inversión en un mundo que se está volcando decididamente hacia las energías renovables. (Aunque habrá excepciones; por ejemplo, el desarrollo de combustibles fósiles en los países más pobres continuará incluso después de que se exijan recortes en los países ricos, con el fin de impulsar la reducción de la pobreza.)

Además, la desinversión ayudaría a acelerar ese cambio al privar a la industria de capital de inversión —o al menos elevar el costo del capital para las empresas que llevan a cabo actividades irresponsables de exploración y desarrollo de petróleo, gas y carbón, pese a la urgente necesidad de reducirlas—. Aunque ningún inversor institucional por sí solo puede marcar una diferencia significativa, cientos de grandes inversores que poseen activos por valor de billones de dólares sí pueden hacerlo.

De hecho, la desinversión por parte de inversores destacados transmite al mundo un mensaje contundente: el cambio climático es demasiado peligroso como para aceptar más demoras en la transición hacia un futuro con bajas emisiones de carbono. La desinversión no es la única forma de transmitir ese mensaje, pero puede ser muy eficaz.

Por último, los inversores pueden desinvertir por motivos morales. Muchos no quieren estar asociados con una industria responsable de una posible catástrofe mundial, y en especial con empresas que utilizan su dinero e influencia para oponerse a medidas significativas contra el cambio climático. Por razones similares, muchos inversores no quieren incluir en sus carteras a fabricantes de armas cortas ni a empresas tabacaleras.

Sin embargo, también existe una alternativa práctica y éticamente responsable a la desinversión que puede ayudar a orientar a las empresas de combustibles fósiles hacia un futuro con bajas emisiones de carbono. Como accionistas activos y comprometidos, los inversores institucionales pueden utilizar su participación accionarial (y, en el caso de los grandes inversores, su voz pública) para ayudar a persuadir a las empresas de que adopten políticas compatibles con la protección del clima.

Las universidades estadounidenses están en primera línea de este debate, impulsadas por sus estudiantes, que son lo bastante jóvenes como para afrontar las peores consecuencias del cambio climático en las próximas décadas. Los estudiantes tienen razón en sentirse frustrados porque, hasta ahora, la mayoría de las fundaciones universitarias han mantenido una postura pasiva sobre el tema, sin desinvertir ni participar como inversores activos. Por ejemplo, en 2013 el presidente de la Universidad de Harvard, Drew Gilpin Faust, rechazó rotundamente la desinversión ; argumentó que el propósito de la fundación de Harvard es financiar las actividades académicas de la universidad. Aunque afirmó que Harvard sería un accionista activo y responsable, no ofreció detalles sobre cómo podría ser esa participación.

Harvard y muchas otras universidades (incluida la nuestra, la Universidad de Columbia) llevan mucho tiempo comprometidas con la inversión responsable. Varias cuentan con comités que asesoran a los fideicomisarios universitarios sobre cuestiones ambientales, sociales y de gobernanza (ESG, por sus siglas en inglés) relacionadas con sus carteras, sobre todo cuando se someten a votación por representación propuestas en apoyo de criterios ESG. Sin embargo, hasta ahora pocas han aplicado esos principios ESG a sus inversiones en combustibles fósiles.

Pese al rechazo de Faust a la desinversión, Harvard y otras universidades llevan mucho tiempo aceptando el principio de que desinvertir es la decisión correcta en determinadas circunstancias. En 1990, Harvard se deshizo por completo de sus inversiones en empresas tabacaleras. El entonces presidente de Harvard, Derek Bok, afirmó que la decisión de la universidad «estuvo motivada por el deseo de no estar asociada, como accionista, con empresas dedicadas a la venta a gran escala de productos que crean un riesgo considerable e injustificado de causar daño a otros seres humanos». Muchas otras universidades, incluida Columbia, han hecho lo mismo.

Los estudiantes de hoy presentan argumentos convincentes de que los motivos para desinvertir en combustibles fósiles son similares a los que justificaron la desinversión en tabaco. Ambos representan riesgos enormes para el bienestar humano.

Antes de desinvertir en empresas tabacaleras, Harvard les escribió para pedirles que abordaran las cuestiones éticas relacionadas con la venta de tabaco y su adhesión a las directrices de la Organización Mundial de la Salud. Las empresas no respondieron o cuestionaron las pruebas que vinculaban el tabaquismo con las enfermedades.

Del mismo modo, al decidir si desinvertir, los inversores responsables, como las universidades, deberían plantear cuatro preguntas clave a las empresas de petróleo, gas y carbón de sus carteras:

  • ¿Se ha adherido la empresa de forma pública y clara al objetivo acordado internacionalmente de limitar el calentamiento global a 2º Celsius por encima de los niveles preindustriales, así como a los límites de las emisiones mundiales de dióxido de carbono necesarios para alcanzar ese objetivo?

  • ¿Se comprometerá la empresa a abandonar los grupos empresariales que presionan contra políticas climáticas eficaces para alcanzar el límite de 2º?

  • ¿Aceptará la empresa poner fin a toda exploración y desarrollo de reservas no convencionales (por ejemplo, en el Ártico y en gran parte de las arenas bituminosas canadienses) que, según la ciencia, son incompatibles con el límite de 2º?

  • ¿Puede demostrar la empresa que sigue siendo una buena inversión, pese a la transición hacia fuentes de energía y tecnologías con bajas emisiones de carbono (por ejemplo, exponiendo sus propios planes para llevar a cabo esa transición o destacando sus contribuciones a la reducción de la pobreza)?

Si las empresas pueden dar respuestas convincentes a estas cuatro preguntas, quizá deban permanecer en la cartera, y los inversores responsables pueden colaborar con ellas como parte de la solución climática, en vez de concluir que forman parte del problema y romper relaciones. En el caso de las empresas que eludan las preguntas, por ejemplo, alegando que el mundo no impondrá realmente el límite de 2º, la desinversión tendría sentido tanto desde el punto de vista financiero como ético, pues está claro que no están preparadas para contribuir a crear una economía con bajas emisiones de carbono.

Por supuesto, la necesidad de actuar frente al cambio climático no se limita a los inversores; las prácticas sostenibles de consumo y producción de empresas y particulares también deben formar parte de la solución. La transición hacia un futuro seguro y con bajas emisiones de carbono exige que todos los sectores de la sociedad actúen con responsabilidad y previsión. Como líderes en educación, investigación y resolución de problemas, las universidades tienen una responsabilidad y una oportunidad únicas para ejercer el liderazgo, también como inversores responsables y éticos.

Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: Jeffrey D. Sachs es profesor de Desarrollo Sostenible y director del Earth Institute de la Universidad de Columbia. Lisa Sachs es directora del Columbia Center on Sustainable Investment.

Imagen: Se ven turbinas eólicas generadoras de electricidad cerca de Port-Saint-Louis-du-Rhône, cerca de Marsella. REUTERS/Jean-Paul Pelissier 

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