El 8 de junio es el Día Mundial de los Océanos, por lo que probablemente verá artículos en los que conservacionistas alertan sobre el deterioro de la salud de los océanos. Tienen razón al hacerlo. El océano necesita mucha ayuda ahora mismo. Pero me preocupa que quienes leen artículos que citan a conservacionistas sean los propios conservacionistas. Si esperamos cambiar la historia de nuestros océanos, debemos llegar a un público distinto e influir en él.
Lo digo sin faltar al respeto a los conservacionistas. Yo soy uno de ellos y siento un enorme respeto por mis pares y colegas. Pero las cifras no mienten: el 90 % de las poblaciones mundiales de peces están sobreexplotadas o plenamente explotadas; el Índice Planeta Vivo marino ha disminuido un 40 % desde 1970; la mitad de los corales del mundo ha desaparecido en los últimos 30 años y podrían desaparecer por completo a mediados de siglo.
Así que, en este Día Mundial de los Océanos, ha llegado el momento de afrontar la dura verdad: el enfoque que hemos adoptado para conservar los océanos ha sido insuficiente para hacer frente a la creciente presión sobre los recursos marinos. No solo necesitamos más inversión, aunque eso ayudaría, sino también una nueva forma radical de abordar los desafíos que hemos creado.
Esto significa dar la voz de alarma más allá del sector ambiental. Necesitamos involucrar a economistas, científicos sociales, bancos de desarrollo, capitalistas de riesgo, emprendedores, directores ejecutivos y ministros de finanzas, salud, energía y defensa. Estas personas deben reconocer las oportunidades que ofrece una inversión adecuada y los profundos riesgos que afrontamos si continúan el abandono y la mala gestión de los océanos. Y después necesitamos que actúen.
Los informes recientes de WWF, Reviving the Ocean Economy y Marine Protected Areas: Smart investments in ocean health se dirigen a estos públicos al combinar los datos más recientes sobre los océanos y el clima con argumentos económicos a favor de una acción urgente. Hemos demostrado, por ejemplo, que más de dos tercios del valor económico anual de los océanos — 2,5 billones de dólares— dependen de unos activos oceánicos saludables. En otras palabras, si permitimos que sigan deteriorándose los arrecifes, los manglares y otros hábitats clave, estaremos agotando el combustible de un motor económico natural.
También hemos desmentido el mito de que proteger los hábitats marinos solo beneficia a especies como las tortugas y los dugongos. Se espera que cada dólar invertido en áreas marinas protegidas genere al menos tres dólares en beneficios, incluidos medios de vida, pesquerías y protección costera.
Nos hemos expuesto a la ira de los tradicionalistas al centrarnos en el valor económico —en lugar del valor intrínseco— de los océanos por una sencilla razón. No lográbamos abrirnos paso hablando de la difícil situación de los manglares y los atunes. Teníamos de nuestro lado a los conservacionistas, pero los demás hacían oídos sordos a nuestros mensajes porque no coincidían con sus prioridades «superiores»: el desarrollo económico y la seguridad alimentaria de una población en crecimiento.
WWF se adentra en este ámbito económico porque debemos hacerlo. Tenemos que hablar el idioma de quienes tienen el poder de proteger los océanos y a quienes motivará hacerlo la necesidad de fortalecer sus economías y alcanzar un desarrollo sostenible. Esta es una parte de nuestra estrategia para conservar los océanos en el siglo XXI. Soy optimista respecto a las perspectivas de aportar nuevas ideas y recursos a esta causa, porque lo que menos necesita el océano es más de lo mismo.
Autor: John Tanzer, director de Global Marine, WWF
Imagen: Un tiburón martillo nada cerca de la isla Wolf, en la Reserva Marina de Galápagos, el 19 de agosto de 2013. REUTERS/Jorge Silva


