El bando del Sí en Escocia derramó lágrimas, se despidió de su líder y aparcó indefinidamente la cuestión de la soberanía. Pero su fallido intento de independencia, lejos de sofocar las aspiraciones a un mayor autogobierno en otros lugares, anuncia un aumento de las tensiones para la unidad nacional en todo el mundo, que intensificarán la presión sobre los gobiernos centrales para ceder más poder a las regiones.
Aunque en España, Canadá y otros países ya existen movimientos secesionistas consolidados, poderosas fuerzas económicas, políticas y culturales despertarán nuevas aspiraciones incipientes a una mayor autonomía en otros países.
Quizá para muchos no resultara evidente por qué algunos escoceses querrían tener una nación propia: hablan el mismo idioma que el resto de Gran Bretaña, sus ingresos son similares, cuentan con un parlamento propio y son responsables de la sanidad, la justicia y el orden público, la educación y otras materias. Sin embargo, los nacionalistas sostenían, sin éxito, que una Escocia independiente sería más receptiva con su ciudadanía y que sus habitantes prosperarían más por su cuenta.
En decenas y decenas de países, las regiones temen la erosión de sus culturas, hablan lenguas distintas, se sienten frustradas por tener que financiar lo que perciben como rezagos económicos de su nación, reciben un trato desdeñoso por parte de las autoridades centrales o no comparten la visión del gobierno nacional.
Esto se agudizará debido a diversas fuerzas, la más predominante de las cuales es la globalización. Tanto los beneficiarios de la globalización como quienes no se benefician de ella pueden justificar, y de hecho justifican, la búsqueda de un mayor control sobre su propio destino.
«El concepto de Estado unitario va a resultar mucho más difícil de sostener, salvo para un país muy pequeño», declaró desde Londres Stephen Tindale, miembro asociado del Center for European Reform, un grupo de reflexión independiente. «Sin duda augura una mayor presión sobre los gobiernos centrales para cambiar la relación (política) con las regiones».
Los pactos comerciales reducen la dependencia de los mercados nacionales
En primer lugar, para los beneficiarios de la globalización: la proliferación de acuerdos de libre comercio bilaterales y multilaterales ha abierto mercados y ha reducido la dependencia económica de muchas comunidades respecto de los consumidores de sus propios países.
Basta con mirar a la Unión Europea y a Cataluña, la rica región del noreste de España. Tras la votación escocesa, los legisladores catalanes concedieron de forma abrumadora al líder regional el poder de convocar un referéndum de secesión el 9 de noviembre, algo que el gobierno central de Madrid se niega a reconocer. Con lengua y cultura propias, Cataluña se ve impulsada por la crisis económica que azotó a la UE, por la percibida inflexibilidad del gobierno central ante sus demandas y por la oportunidad.
«La globalización en Europa representa una oportunidad», me explicó Jordi Solé, secretario general de la Alianza Libre Europea, con sede en Bruselas, una coalición de 40 partidos nacionalistas y autonomistas. «Reduce los riesgos económicos de crear nuevos Estados». Solé, miembro del parlamento catalán, explicó que hace dos o tres décadas el principal mercado de los productos catalanes era España. Pero la creación de la UE redujo las barreras para entrar en otros países, y la mayoría de los productos de Cataluña se consumen hoy fuera de España.
Sin embargo, esa idea parte del supuesto de que las regiones separatistas seguirían beneficiándose de los acuerdos de libre comercio negociados por sus gobiernos centrales, lo que está lejos de estar asegurado.
Aunque los anhelos secesionistas de Cataluña, Quebec, Flandes y el norte de Italia son más conocidos, habrá muchos más que se inspirarán en Escocia y se verán reforzados por el nuevo orden económico mundial: por ejemplo, la Alianza Libre Europea incluye un movimiento alsaciano de Francia, a los húngaros de la República Eslovaca y a las comunidades macedonias de Grecia y Bulgaria. Los miembros de la Alianza quieren distintos grados de mayor autonomía, y algunos no aspiran a la plena independencia. Se sienten alentados por la historia: el número de países casi se ha cuadruplicado, pasando de los 51 Estados miembros originales de las Naciones Unidas en 1945 a 193 en la actualidad.
En el lado negativo de la globalización, los acuerdos de libre comercio existentes y nuevos que se están forjando, junto con el progreso tecnológico continuo, expondrán a regiones y sectores más débiles. El temor no es solo a la pérdida económica, sino también a la erosión de la identidad. Y algunas de esas comunidades vulnerables podrían buscar asegurar un mayor control sobre su destino.
«Los europeos vuelven a movilizarse en torno a identidades tradicionales, esta vez en medio de las inseguridades de la globalización», escribió el antiguo primer ministro británico Gordon Brown en un artículo de opinión antes de la votación escocesa. Brown, escocés y un activo defensor de la campaña del «No» en el referéndum, afirmó que los escoceses se preguntaban si la Gran Bretaña dirigida por los conservadores «es capaz de unir a Gran Bretaña en torno a un proyecto común y a un propósito compartido para la era global». ¿Existen, se preguntó, ideas compartidas que los unan «al estilo de Estados Unidos (tierra de libertad y oportunidades) y Francia (libertad, igualdad, fraternidad)»? Y añadió: «La globalización plantea un complejo desafío para el siglo XXI. Existe el temor de que, si te integras, puedas perder tu identidad, pero también hay un temor secundario de que aferrarse a tu identidad te aísle de las oportunidades del mundo».
La movilidad impulsará la diversidad cultural y las exigencias de preservar la identidad
Otro subproducto de la globalización es el aumento de la movilidad. Cada vez más personas cruzan fronteras en busca de países donde esperan mejorar sus vidas, enriqueciendo así a los países de acogida con una diversidad de culturas y lenguas. Pero esto generará algunas tensiones sociales cuando la integración en las comunidades locales resulte difícil o no sea deseada por los recién llegados. Con un alto nivel de desempleo en algunas zonas, algunos países receptores no tienen tantas probabilidades de percibir los beneficios de la inmigración, lo que agudiza las tensiones sociales y amplía la desigualdad. Esto también aumenta la probabilidad de que las comunidades y regiones que se sienten desposeídas busquen el control de su propio destino.
La identidad de una nación se forja y se transforma con el tiempo, no de la noche a la mañana. La manera en que los gobiernos se adaptan a los cambios demográficos, con políticas inclusivas que reflejen esa realidad, tendrá una fuerte incidencia en el grado de satisfacción de las comunidades con su capacidad para preservar sus identidades y su futuro, mientras que sus países de nueva adopción se benefician de la creciente pluralidad.
Los estadounidenses, que conquistaron su independencia a punta de bayoneta y no mediante las urnas hace más de dos siglos, no deberían subestimar la esperanza estimulante y el temor estremecedor que embarga a una población que debe decidir si se separa del conjunto o si continúa adelante con la certeza de que una nación, aunque imperfecta, está mejor unida que dividida. La memoria colectiva es más reciente en Canadá, que obtuvo su independencia de Gran Bretaña un siglo después que Estados Unidos, pero que en las últimas décadas ha lidiado con el fervor nacionalista en Quebec.
Algunos quebequeses se sienten culturalmente amenazados, temiendo la erosión de su singularidad en un mar de lengua y cultura inglesas que los rodea por el este y el oeste en Canadá, y que llega desde Estados Unidos por el sur. En el último referéndum sobre la independencia, en 1995, el bando del «Sí» quedó a un punto porcentual de la victoria. Aunque la mayoría no desea separarse en la actualidad, solo una minoría siente fuertes vínculos con Canadá. Los escoceses, al igual que los quebequeses antes que ellos, decidieron que les conviene más tener identidades múltiples dentro de un mismo país que lucha por prosperar en un mundo moderno e interconectado.
Otro factor más es el progreso constante, aunque lento, hacia la democratización. Las comunidades pueden, al menos, expresar sus aspiraciones como nunca antes, salvo en algunos casos notables. Las comunidades inquietas que existen en China y Rusia, por ejemplo, quizá no dispongan pronto de una vía como la de Escocia para poner a prueba su deseo de autonomía.
Lo que parece seguro, sin embargo, es la inevitabilidad de más bloques económicos en el mundo y un aumento paralelo de la diversidad cultural de las naciones. Y eso exigirá considerar relaciones políticas diferentes. Una solución, según defiende Tindale, del Center for European Reform, es adoptar un modelo federal como el de Alemania o Estados Unidos, con competencias claramente delimitadas en las constituciones y amplios poderes para los estados o regiones.
En un intento por inclinar la balanza hacia el «No», todos los principales partidos políticos de Westminster acordaron tramitar con carácter urgente una propuesta de Gordon Brown para conceder nuevos poderes a Escocia. Algunos, naturalmente, preguntaron por qué Brown no hizo esto mientras era primer ministro. La táctica, en vísperas de una votación sobre la independencia, bien pudo parecer oportunista. Pero el cambio político a veces llega despacio y es una respuesta tardía a los cambios en el estado de ánimo de la opinión pública.
Los anhelos de mayor autonomía no se extinguen una vez emitidos y contados los votos. Mientras que los bandos del «No» pueden hacer las maletas y volver a casa victoriosos, los del «Sí» no olvidan y no pueden ser ignorados.
Publicado en colaboración con Medium
Autor: Gary Regenstreif, antiguo redactor jefe itinerante de Reuters, es un editor con sede en Nueva York cuya carrera incluyó la cobertura del movimiento separatista en su Quebec natal.
Imagen: Los partidarios separatistas catalanes ondean «esteladas» (banderas separatistas catalanas) en apoyo a la independencia de Escocia durante el partido de la Liga de Campeones de la UEFA entre el FC Barcelona y el Apoel Nicosia en el estadio Camp Nou de Barcelona, el 17 de septiembre de 2014. REUTERS/Albert Gea




