Adrian Monck, director gerente de Comunicación y Relaciones con los Medios del Foro Económico Mundial, sobre por qué castigar a las personas no es buena política
Las elecciones en Italia revelan una crisis de liderazgo. Wolfgang Münchau atribuye la derrota de Mario Monti a la falta de realismo político, un eufemismo de cinismo. Paul Krugman lo atribuye no solo a Monti, sino a una élite europea, o a los ‘Very Serious People’.
En Europa, aún más que en Estados Unidos, los Very Serious People viven en una burbuja de autocomplacencia por su propia seriedad, e imaginan que el público en general seguirá su ejemplo; al fin y al cabo, es lo único responsable que se puede hacer.
Como miembro de una organización que reúne a personas con funciones de liderazgo, actividad que atrae las críticas del señor Krugman, quizá pueda ofrecer una perspectiva diferente.
Hoy en día existe un desafío para el liderazgo en el mundo. Y ese desafío somos nosotros. La ampliación de la educación y el privilegio de haber escapado de las necesidades de nuestros abuelos nos han dejado más poderosos que nunca como individuos, pero, como individuos, aislados.
Como los reyes sagrados de James Frazer, queremos líderes a los que podamos sacrificar o convertir en chivos expiatorios. La particular benevolencia de la democracia es que elimina la guillotina del proceso de deshacerse de ellos. Pero las tareas de ‘ocupar un cargo’ van más allá de la urna. Las responsabilidades que queremos eludir son, en realidad, nuestras. Los vehículos para la acción colectiva son numerosos: nuestros empleadores, las empresas a las que compramos, el derecho al voto que ejercemos y los impuestos que pagamos.
¿Trabajamos en silenciosa aquiescencia? ¿Compramos lo que no necesitamos? ¿Votamos según nuestro interés? ¿Pagamos lo menos posible en impuestos? Sí. Pero nos decimos a nosotros mismos que se trata de fallos privados, y que su suma colectiva no es responsabilidad nuestra.
El mundo que experimentamos no es un agregado de nuestros actos individuales de comisión y omisión. Es un lugar donde se culpa a quienes tienen más estatus, dinero o poder. Y no pensemos ni por un minuto que aquellos a quienes culpamos no son, a su vez, plenamente conscientes de quiénes son los culpables por encima de ellos, o más allá de su propia burbuja.
A pesar de los avances del conocimiento médico, todavía hay rincones del mundo donde se atribuye la enfermedad a la brujería. A pesar del poder explicativo de la economía moderna, todavía hay personas que desean buscar a alguien o a algún grupo para quemarlo, aunque sea –por el momento– de forma figurada.
Este es Beppe Grillo, el sorprendente éxito antipolítico de las elecciones italianas:
No nos hemos dado cuenta de que se trata de una guerra generacional… Lo que de verdad me hace sentir mal son los millones de personas que han logrado mantenerse a flote durante la crisis, que apenas se han visto afectadas por ella, que se las han arreglado para salir adelante en detrimento de los otros millones de personas que ya no pueden seguir así. El problema de Italia es este grupo de personas. Y mientras los salarios y las pensiones de estas personas no estén en riesgo, está bien paralizar el país. Pero esto no durará mucho. Esta situación no va a durar mucho, en absoluto.
Por muy dispuestos que estemos a caer víctimas de nuestros propios sesgos cognitivos, castigar a la gente no es buena política, ni lo será nunca buena economía.
Imagen: El cómico y líder del Movimiento Cinco Estrellas Beppe Grillo habla en un mitin en Turín REUTERS/Giorgio Perottino





