Los gobiernos son cada vez más intervencionistas y utilizan la política industrial, los controles de exportación y el escrutinio de las inversiones para dar forma a los mercados.
Las prioridades públicas y el capital privado están ahora profundamente entrelazados, desde la infraestructura y la transición energética hasta la inteligencia artificial y las cadenas de suministro críticas.
Este artículo se publicó originalmente en Time France, puede leerlo aquí.
En una era en la que la geopolítica está reescribiendo las reglas de la economía global, las fronteras tradicionales entre los mercados y los Estados se están disolviendo a una velocidad sin precedentes. Lo que antes era un ámbito exclusivo de los diplomáticos y los negociadores comerciales forma ahora parte integral del trabajo de todos los consejeros delegados y consejos de administración.
Comprender la geopolítica ya no es un ejercicio de gestión de riesgos opcional, sino un elemento central de la estrategia empresarial.
En el último año, los gobiernos han asumido un papel mucho más activo en la configuración de los resultados económicos, mientras que las políticas industriales han regresado con fuerza tanto en las economías avanzadas como en las emergentes. Además, los controles de exportación y los mecanismos de escrutinio de las inversiones se han convertido en herramientas habituales del arte de gobernar la economía.
Al mismo tiempo, el mundo se enfrenta a enormes necesidades de infraestructura —para gestionar la transición energética, la digitalización y la resiliencia— que no pueden cubrirse solo con los presupuestos públicos. El resultado es una conexión cada vez más profunda entre las prioridades estatales y el capital privado.
Cómo afrontar la creciente complejidad global
Hoy en día, los gobiernos se enfrentan a lo que probablemente sean las condiciones geopolíticas y geoeconómicas más complejas en décadas. Por un lado, la fragmentación geopolítica está dando lugar a un orden mundial multipolar en el que las naciones se reagrupan y crean nuevas alianzas estratégicas y rivalidades.
Al mismo tiempo, las crisis transnacionales, desde los fenómenos meteorológicos extremos hasta las presiones demográficas, pasando por los conflictos civiles y la polarización social, compiten por la atención mundial. Ninguna nación está aislada de la economía global y pocas son inmunes a los desafíos de seguridad mundial. Esto hace que sea vital que los gobiernos colaboren con el sector privado para avanzar en objetivos compartidos.
En este nuevo panorama, las empresas también deben afrontar un ecosistema de partes interesadas mucho más complejo. Incluso dentro de la comunidad de accionistas, los intereses están lejos de ser uniformes. Los fondos de cobertura, los fondos de pensiones a largo plazo, los fundadores y las oficinas familiares tienen cada uno horizontes temporales y prioridades distintos.
Cuando los gobiernos adquieren participaciones en sectores estratégicos o imponen nuevos requisitos de localización y transparencia, la propia noción de "accionista" se vuelve aún más compleja. A ello se suma la democratización de la inversión: hoy en día, una proporción récord, aproximadamente el 30 % del patrimonio neto de los hogares estadounidenses, está invertida en el mercado bursátil. Esto difumina aún más la línea que separa al ciudadano, el consumidor y el accionista.
Además, la opinión pública y el sentimiento político se están convirtiendo en auténticas fuerzas de mercado capaces de influir en los resultados financieros. A menudo se espera que las empresas se posicionen sobre diversas cuestiones geopolíticas, desde el cambio climático hasta los conflictos. El activismo de los consumidores, especialmente entre las generaciones más jóvenes, puede alterar rápidamente la dinámica del mercado.
También ha surgido el concepto de "capitalismo patriótico", en el que las decisiones de compra, los flujos de inversión y los mensajes corporativos se alinean con las prioridades nacionales o regionales.
La tecnología ha añadido otra capa de complejidad. El auge de las llamadas inversiones circulares —en las que las principales empresas son simultáneamente inversoras, clientes y proveedoras unas de otras— está transformando la estructura de industrias enteras.
El ecosistema que rodea a empresas como Nvidia, OpenAI y CoreWeave ilustra bien este circuito de retroalimentación: el capital, la innovación y la influencia circulan dentro de redes estrechas que pueden amplificar tanto las oportunidades como las vulnerabilidades.
En estos sistemas, la geopolítica no solo da forma a los mercados desde fuera, sino que también los permea desde dentro. Todo ello ocurre en un contexto de niveles de deuda mundial récord y de necesidades sociales en competencia.
Los gobiernos, las empresas y los ciudadanos se enfrentan a difíciles compensaciones en la asignación de un capital escaso entre la seguridad, la sanidad, la infraestructura o las redes de protección social. Se trata de decisiones económicas, pero también reflejan valores y relaciones de poder.
Alinear prioridades
Para las empresas, estas nuevas dinámicas exigen un reajuste de la estrategia. La distinción binaria entre el "capitalismo de accionistas" y el "capitalismo de partes interesadas" ya no es válida. En un mundo geopolítico, el capitalismo de accionistas es, de hecho, capitalismo de partes interesadas, ya que inversores, empleados, clientes y gobiernos están todos enredados en la misma red de intereses, riesgos y responsabilidades.
La creación de valor a largo plazo depende ahora de gestionar la estabilidad política tanto como el rendimiento financiero.
Mientras que los flujos empresariales y de capital están aprendiendo a responder a las nuevas señales políticas y a las divisiones globales, se puede hacer más para cerrar la brecha entre los horizontes empresariales y los gubernamentales. El diálogo y la colaboración pueden ayudar a alcanzar objetivos comunes.
Trabajando juntos para reducir el riesgo de las cadenas de suministro de minerales críticos mediante una regulación estable, la asistencia al desarrollo y los instrumentos de financiación combinada, los gobiernos y las empresas pueden estimular la inversión y el crecimiento en estos mercados vitales. Podría adoptarse un enfoque similar para desarrollar la infraestructura energética necesaria.
Al mismo tiempo, los sectores público y privado podrían colaborar en programas para proporcionar competencias en inteligencia artificial (IA), de modo que todos puedan aprovechar las oportunidades y comprender los desafíos de las tecnologías emergentes.
Fomentar un espíritu de diálogo
En este contexto, el papel del Foro Económico Mundial es más esencial que nunca. En un momento de creciente fragmentación, las plataformas que permiten el diálogo entre los sectores público y privado son fundamentales. El Foro ofrece un espacio en el que líderes empresariales y responsables políticos de todas las regiones pueden afrontar juntos esta complejidad, no para eliminarla, sino para comprenderla y gestionarla mejor.
Nuestra misión es ayudar a alinear los imperativos de competitividad, resiliencia y prosperidad compartida en un mundo que atraviesa una profunda re-geopolitización. Este mes, en Davos, mientras los líderes se reúnen para debatir el estado del mundo, debe quedar claro un mensaje: ha llegado la era del capitalismo geopolítico.
El éxito dependerá de nuestra capacidad para abordarlo de manera constructiva, colaborativa y con una visión clara de la interdependencia que sigue sustentando nuestra economía global.


