Elecciones anticipadas en Japón: ¿qué viene ahora?

Elecciones anticipadas en Japón: ¿qué viene ahora?
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El primer ministro japonés, Shinzo Abe, ha desechado el manual de estrategia política. Con dos años restantes de mandato y con su Partido Liberal Democrático disfrutando de cómodas mayorías en ambas cámaras de la Dieta, Abe ha convocado elecciones generales anticipadas para diciembre.

Líderes políticos y comentaristas de todo el mundo se preguntan por la decisión de Abe de poner en riesgo su amplio programa de reformas con una apuesta electoral. Pero, aunque Abe sea conocido por su audacia, no es un jugador temerario. Al contrario, habría sido una imprudencia lanzar la tercera «flecha» de su llamada estrategia Abenomics para reactivar la economía japonesa —las reformas estructurales por el lado de la oferta— sin un mandato claro para reformar.

Afortunadamente, es casi seguro que Abe recibirá ese mandato, sobre todo porque carece de rivales creíbles. El principal partido de la oposición, el Partido Democrático de Japón (DPJ), prácticamente se derrumbó tras su anterior etapa en el gobierno, marcada por el estancamiento económico y los errores de política exterior. Y los demás partidos políticos de Japón no han hecho nada para convencer a los votantes de que merecen salir del páramo político.

En cierto sentido, Abe no compite contra sus adversarios parlamentarios, sino contra sí mismo. Después de que las dos primeras flechas de Abenomics —las políticas monetaria y fiscal expansivas— elevaran las expectativas de que la economía japonesa por fin saldría del estancamiento, el país empezó a caer de nuevo en recesión en el segundo trimestre de este año. Como puede atestiguar cualquier político democrático, las expectativas frustradas bien pueden ser el rival electoral más difícil de todos. Que se lo pregunten al expresidente francés Nicolas Sarkozy.

Por supuesto, Abe no se enfrentaba a expectativas tan desmesuradas como las que tuvieron Sarkozy y, en su momento, el presidente estadounidense Barack Obama. No es que a la campaña de Abe de 2012 le faltara ambición: presentó un audaz programa de reformas económicas y prometió aumentar la influencia mundial de Japón. Pero, después de dos décadas de líderes que —con la excepción de Junichiro Koizumi— prometieron poco y lograron aún menos, los votantes japoneses tenían pocos motivos para esperar que Abe cumpliera sus promesas.

Además, es probable que la poderosa burocracia japonesa —con una larga trayectoria de obstaculizar las reformas (y a la que se ha culpado demasiado poco por las «décadas perdidas» de estancamiento del país)— no estuviera convencida de que las elecciones habían autorizado a Abe a impulsar cambios de gran alcance. Al esperar que Abe mostrara la misma inercia que los primeros ministros del DPJ que lo precedieron, actuaron como siempre: promovieron sus propios intereses en vez de aplicar fielmente las políticas del gobierno elegido.

Pero Abe no se dejó disuadir. En sus primeras semanas en el cargo, anunció un paquete de estímulo de 10,3 billones de yenes (116.000 millones de dólares) y nombró a Haruhiko Kuroda, un pensador decidido, dinámico y audaz, al frente del Banco de Japón. Kuroda tardó poco en poner en marcha políticas monetarias expansivas —siguiendo los pasos de la Reserva Federal de Estados Unidos y el Banco de Inglaterra— para ayudar a reactivar la economía.

Las dos primeras flechas de Abenomics empezaron a surtir efecto casi de inmediato. Japón registró una inflación sostenida por primera vez desde principios de la década de 1990. El mercado bursátil se disparó. El yen cayó a un nivel más realista frente a otras monedas. La confianza de los consumidores aumentó ligeramente. Pero Abe sabe que todo esto será en vano mientras no se lance la tercera flecha.

Más allá de su estrategia económica, Abe también ha cumplido en materia de política exterior. Ha visitado casi todos los países vecinos de Japón en Asia y ha revitalizado relaciones que el DPJ descuidó. En particular, su relación personal con el primer ministro indio Narendra Modi ha dado impulso a la asociación emergente entre sus países y ha creado un nuevo centro de gravedad estratégico en Asia.

Además, Abe ha resuelto una polémica disputa con Estados Unidos sobre sus bases militares en la isla de Okinawa, fortaleciendo así la relación de Japón con su principal aliado. Y, al reinterpretar el artículo 9 de la Constitución para permitir que Japón ejerza la «autodefensa colectiva» y preste ayuda a un aliado bajo ataque, Abe ha convertido a Japón en un socio mucho más fiable para Estados Unidos y sus aliados asiáticos.

Y lo más importante: Abe ha iniciado una relación realista y coherente con el presidente chino Xi Jinping. En los últimos años, el aumento de las tensiones con China ha despojado a Japón de la ilusión de amistad y buena voluntad que lo llevó a inyectar cientos de miles de millones de dólares en el país. Sin embargo, con un enfoque más pragmático, las dos mayores economías de Asia pueden encontrar la manera de apoyar la estabilidad interna y regional, lo que les daría margen para impulsar reformas económicas en sus propios países. Permitir que asuntos secundarios pongan en peligro la paz y el progreso sería sencillamente irresponsable.

A diferencia de las últimas elecciones, los votantes japoneses saben ahora exactamente qué tipo de gobierno pretende encabezar Abe. Saben que tiene intención de cumplir su plan de incluir a Japón en la Asociación Transpacífica, el acuerdo de libre comercio megaregional respaldado por Estados Unidos que se está negociando actualmente, una medida que exigirá algunos sacrificios dentro del país.

Abe ha demostrado que reactivar la economía es su máxima prioridad. En este sentido, su decisión de aplazar hasta el próximo año la segunda etapa del aumento del impuesto al consumo no es fiscalmente irresponsable; al contrario, refleja que reconoce que la economía japonesa aún no es lo bastante sólida como para resistir un fuerte aumento de impuestos.

Por último, los votantes japoneses saben que Abe está comprometido con la construcción de una paz regional duradera y basada en el consenso, sin la cual el resto de sus planes no podría prosperar.

No cabe duda de las intenciones ni de los compromisos políticos de Abe. Si el público japonés lo devuelve al cargo, tendrá el mandato que necesita para completar su ambicioso, pragmático y vanguardista programa. Ahora les corresponde a los japoneses otorgarle ese mandato y, en la práctica, elegir poner fin a dos décadas de estancamiento económico e irrelevancia geopolítica.

Publicado en colaboración con Project Syndicate

Autoría: Yuriko Koike es miembro de la Dieta Nacional.

Imagen: El primer ministro de Japón, Shinzo Abe, asiste a una rueda de prensa en su residencia oficial en Tokio. REUTERS/Toru Hanai

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