En los últimos años, China ha empezado a desplegar su músculo económico y militar. En el mar de China Meridional, ha construido una serie de bases cuasimilitares en las diminutas islas Spratly y ha desplegado buques de guerra para defenderlas. Mientras tanto, patrocina el nuevo Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (AIIB), una institución internacional que amenaza con rivalizar con el Banco Mundial en Asia, y ha persuadido a países como el Reino Unido, Alemania y Francia para que se sumen, pese a las enérgicas objeciones de Estados Unidos.
Es fácil confundir las amenazas de China con sus iniciativas económicas y diplomáticas, como el AIIB, tal como parecen haber hecho algunos funcionarios estadounidenses. Pero, aunque el ascenso de China sí merece cierta cautela, no tiene sentido oponerse al país a cada paso; a veces, es más sensato no alterar lo que funciona.
Aunque las acciones militares y económicas de China están interrelacionadas, esos vínculos ofrecen una oportunidad para que las segundas mitiguen las primeras. De hecho, una política estadounidense más flexible trataría de hacer que estos dos aspectos de la política china se contrarresten entre sí.
Sin embargo, Estados Unidos ha intentado obstaculizar el ascenso económico y diplomático de China. En 2010, mucho antes de que se presentara el AIIB, el Fondo Monetario Internacional acordó otorgar a China y a otros países de rápido crecimiento más responsabilidad financiera y una mayor voz en las decisiones importantes. La «cuota» de China en el FMI —establecida cuando su economía era mucho más pequeña— le otorgaba solo el 4 % de los votos y de la responsabilidad financiera; pero ahora China tiene cuatro veces más importancia para la economía mundial.
Las reformas propuestas del FMI, destinadas a reflejar el nuevo peso de China y otros mercados emergentes en la economía mundial, se diseñaron de manera que habrían concedido más influencia a China, pero también le habrían exigido aportar más dinero para proyectos de desarrollo en todo el mundo. Estados Unidos habría seguido teniendo una proporción decisiva de los votos.
Pero, aunque las reformas se aprobaron con un apoyo abrumador, incluido el de los diplomáticos estadounidenses, siguen sin aplicarse porque el Congreso de Estados Unidos aún no las ha aprobado. Desde entonces, la economía china casi ha duplicado su tamaño, lo que ha vuelto obsoletas las reformas acordadas.
Si la intransigencia del Congreso pretendía impedir que China ganara influencia económica, parece haber tenido el efecto contrario. Presumiblemente, China impulsó la creación del AIIB en respuesta a este estancamiento.
El tamaño de la economía china —y el peso diplomático que de él se deriva— es un hecho que no puede ignorarse. Una estrategia de contención funcionó bien para Estados Unidos y sus aliados durante la Guerra Fría, pero hoy no puede aplicarse sin flexibilidad ni sentido común estratégico.
Los críticos de la política estadounidense señalan que, aunque Estados Unidos hubiera frustrado el intento de crear el AIIB, China seguiría proyectando su poder en Asia y en el resto del mundo, de un modo u otro. Canalizar esa influencia a través de una organización internacional de nueva creación, sostienen, tiene más probabilidades de moderar las ambiciones de poder sin restricciones. (Además, se esperaba que los aliados europeos de Estados Unidos se sumaran al AIIB pese a la oposición estadounidense, aunque solo fuera para participar como miembros internos en las licitaciones de contratos para los proyectos del banco. Una gran potencia no se opone a sus aliados cuando está claro que estos van a desafiarla.)
Así pues, la pregunta no es si se puede mantener débil y bajo control a China, sino a través de qué canales ejercerá su influencia como país recién enriquecido. Los medios económicos —como el AIIB— son una posibilidad. Pero la confrontación militar es otra. Los líderes chinos, desde Deng Xiaoping hasta Hu Jintao, impulsaron un «ascenso pacífico»; en cambio, la generación actual de líderes ya no parece ver la necesidad de mantener tanta calma.
La disposición del Ejército Popular de Liberación a desafiar a los barcos de otros países en el mar de China Meridional, incluido un crucero de la Armada estadounidense en 2013, sugiere que no puede descartarse una confrontación militar. Aunque China carece actualmente de recursos navales para enfrentarse a Estados Unidos en el Pacífico, quizá no carezca de ellos para siempre. Y, mientras tanto, los aliados estadounidenses de la región no tienen los medios militares para plantarle cara al ejército chino sin ayuda estadounidense.
Sin duda, la creación del AIIB y el patrocinio de proyectos de desarrollo en toda la región aumentarán la influencia económica y política de China, lo que a su vez podría extender su influencia militar. El dinero sigue comprando poder, y es probable que los nuevos proyectos de infraestructura vengan acompañados de condiciones. Pero Estados Unidos aprovecharía mucho mejor su energía y sus recursos si contuviera las ambiciones militares de China, en lugar de tratar de impedir que se implique aún más con el mundo en el ámbito económico.
Por supuesto, la implicación económica no garantiza unas relaciones pacíficas. Si los vínculos comerciales y financieros siempre impidieran la guerra, el siglo XX habría sido mucho menos sangriento y Rusia se comportaría hoy mucho mejor. Pero sí aumentan las probabilidades de paz. Y, mientras China canalice su poder hacia un desarrollo económico orientado a la infraestructura, oponerse a ello sería insensato.
Cuanto más estrechos sean los vínculos económicos de China con el resto del mundo, más tendrá que perder si se deterioran las relaciones internacionales. Es preferible que los líderes chinos estén convencidos de que la implicación económica es la forma óptima de proyectar poder en el extranjero, al tiempo que mejoran el nivel de vida en el país, a que concluyan —como parecen haber hecho los líderes rusos— que la confrontación militar es el mejor camino hacia el respeto internacional.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Mark Roe es profesor de la Facultad de Derecho de Harvard.
Imagen: Peatones caminan bajo faroles rojos. REUTERS/Aly Song.




