El primer secretario de Estado y líder de la Cámara de los Comunes, William Hague, ha esbozado planes para dar a los parlamentarios ingleses «voz decisiva» en «las medidas que solo afectan a Inglaterra, al tiempo que se mantiene la unidad del Parlamento en su conjunto». Algunos lo presentan como una respuesta largamente esperada a la «cuestión de West Lothian»; sin embargo, el dilema que Hague intenta resolver tiene raíces históricas mucho más profundas. Para comprender los entresijos de la «revolución de la descentralización», no basta con remontarse a 1979 y al lamento del diputado laborista Tom Dalyell sobre la influencia de los parlamentarios escoceses, galeses e irlandeses en la «política inglesa». Además, la «cuestión de West Lothian», como la «cuestión irlandesa» antes que ella, tiene repercusiones mucho más allá de las fronteras de Inglaterra. Es vital considerar la historia de la descentralización en el Reino Unido desde la perspectiva de cuatro naciones.
En diciembre de 1885, el establishment político estaba en plena efervescencia por los rumores de que el ex primer ministro liberal William Gladstone tenía la intención de restituir a Irlanda el parlamento nacional abolido en virtud del Acta de Unión de 1800 con Gran Bretaña. El efecto en el Reino Unido, y en «Inglaterra» en particular, era una cuestión clave para los políticos de Westminster. En su diario, Lewis «Lou Lou» Harcourt, hijo y secretario privado principal del exministro del Interior William Harcourt, concluyó que la idea de dedicar una parte del período de sesiones parlamentario a los «asuntos ingleses» era «del todo impracticable». Señaló que:
un Gobierno podría tener mayoría en el Parlamento Imperial y minoría en el Parlamento inglés, o viceversa; y qué decisión sería definitiva, y ante cuál, si alguna, de las votaciones debería dimitir un Gobierno.
La reducción al absurdo sería un Parlamento y un Gobierno imperiales, con «otros cuatro parlamentos, cada uno elegido por separado y cada uno con un ministerio». 130 años después, cuatro quintas partes de este arreglo ridiculizado se han llevado a la práctica, aunque en distintos grados. Inglaterra sigue siendo la pieza que falta del rompecabezas, pues durante mucho tiempo se la ha confundido con el Reino Unido. Lou Lou quizá habría considerado que su argumento había quedado demostrado a la vista de un líder conservador del siglo XXI que, aunque ansioso por proclamarse «primer ministro de cuatro naciones en un solo Reino Unido», está dispuesto a transferir aún más poderes a las legislaturas descentralizadas para asegurar «un futuro unido».
Las aparentes contradicciones en la retórica de David Cameron reflejan las complejidades de un sistema surgido de numerosos acuerdos de unión y nuevas configuraciones. En la década de 1990, una serie de congresos examinó la utilidad de los enfoques de «cuatro naciones» para la historia de la Gran Bretaña de comienzos de la Edad Moderna. Quienes estaban interesados en construir una historia «británica» tomaron como marco la propia construcción de Gran Bretaña. Pero ¿qué hay de la historia de la «desconstrucción» del Estado, percibida o no?
El renovado interés por Inglaterra tras el referéndum, promovido por los conservadores, contrasta de manera interesante con las acusaciones de nacionalistas anteriores de que Inglaterra, gracias a su mayoría inherente en la Cámara de los Comunes, podía imponerse a las voces de las demás naciones. Sin embargo, situar a Inglaterra en el centro y presentarla como objeto de las acciones de otros oculta que la descentralización de poderes a cualquier parte del Reino Unido tiene consecuencias para todas las demás. Además, las distintas reacciones a la autonomía irlandesa muestran por qué el proceso de descentralización ha sido tan desigual. Por ejemplo, en las décadas de 1880 y 1890, algunos diputados nacionalistas escoceses temían que la exclusión de los parlamentarios irlandeses de Westminster dejara a Escocia a merced de los votos ingleses. Sin embargo, muchos se oponían al mismo tiempo a la idea de que Irlanda tuviera tanto una legislatura nacional como un escaño en la Cámara de los Comunes del Reino Unido, pues eso le daría a Irlanda «voz y voto en los asuntos escoceses» sin permitir una injerencia recíproca. La iniciativa irlandesa de Gladstone impulsó la creación de la Asociación Escocesa por la Autonomía (SHRA), que reclamaba un Parlamento escocés «con pleno control sobre todas las cuestiones exclusivamente escocesas y un gobierno ejecutivo». El actual Partido Nacional Escocés, al igual que el Partido Parlamentario Irlandés de la década de 1880, ha indicado que usaría su posición en Westminster como moneda de cambio, argumentando que cuantos más escaños tenga en la Cámara de los Comunes, más poderes tendrá en Holyrood.
El Gobierno del Reino Unido ha presentado planes para convertir al Parlamento escocés en «una de las administraciones descentralizadas más poderosas de la OCDE». Holyrood sigue siendo el único parlamento descentralizado del Reino Unido. Sin embargo, eso no significa que Gales e Irlanda del Norte, con sus asambleas, reciban el mismo trato. Gales obtendrá poderes limitados sobre el impuesto sobre la renta de las personas; a Irlanda del Norte se le ofrecen poderes para recaudar el impuesto de sociedades, a fin de ayudarla a competir con la vecina República. Mientras la SHRA defendía un parlamento separado para Escocia, sus homólogos liberales galeses se esforzaban por lograr el reconocimiento de lo que consideraban agravios específicamente «galeses». Estos se referían principalmente a la religión, la educación y la cultura, y no llegaban a proponer la creación de un órgano legislativo galés. Los críticos de Gladstone lo acusaron de ignorar la provincia del «Úlster» —de la que se formó la actual Irlanda del Norte— en sus planes, y de pasar por encima de las súplicas de los unionistas, que no querían ser «entregados» a un parlamento que, según alegaban, los oprimiría. El líder conservador, lord Salisbury, afirmó que en Irlanda había «dos naciones», mientras que Joseph Chamberlain se burló de Gladstone por la impracticabilidad de su plan y sugirió que tendría que «separar el Úlster».
Hacia finales de 2014, el parlamento de Irlanda del Norte se paralizó por desacuerdos sobre el reparto del poder. Los partidos políticos tuvieron que llegar a un compromiso sobre los desfiles, mientras que todos los grupos acordaron solicitar más financiación de Westminster en forma de subvenciones, no préstamos. ¿Qué lugar ocupa Irlanda del Norte en un marco de cuatro naciones? Sigue siendo una nación en constante cambio. El taoiseach irlandés Enda Kenny comentó recientemente que el referéndum escocés, el debate posterior sobre los poderes descentralizados y un posible referéndum sobre la pertenencia del Reino Unido a la Unión Europea tienen repercusiones tanto en Irlanda del Norte como en la República.
Una historia ideal de las cuatro naciones trata menos de integración y más de interacciones. Por ejemplo, la reciente afirmación del líder laborista escocés Jim Murphy de que un impuesto del Reino Unido sobre las mansiones financiaría a enfermeros del NHS al norte del Tweed dio lugar a llamamientos desde Londres para asumir mayores responsabilidades fiscales. En la década de 1890, el Consejo del Condado de Londres hizo campaña por lo que denominó «plenos poderes municipales»; sostenía que los conservadores se los habían negado a la capital imperial, pero los habían concedido a los condados ingleses, escoceses y galeses. Se frustró un intento paralelo de los liberales galeses de crear un «Consejo Nacional» de consejos de condado para representar a Gales, y los conservadores hablaron de la necesidad de imponer «salvaguardias» adecuadas si se concedía «autogobierno local» a Irlanda.
Es vital que quienes formulan políticas comprendan los precedentes históricos de los acontecimientos actuales y los sitúen en el contexto de las «cuatro naciones». Del mismo modo, los historiadores deben considerar hasta qué punto las reformas constitucionales contemporáneas nos llevan a pensar de otra manera: la aparición simultánea de una retórica contemporánea de las cuatro naciones y un renovado interés por los asuntos de las naciones del Reino Unido indican que hacen falta enfoques metodológicos alternativos para comprender el pasado y el presente. La Red de Historia de las Cuatro Naciones promueve el pensamiento crítico sobre cómo investigamos y escribimos la historia de estas islas, y plantea importantes preguntas sobre metodología y terminología. Por ejemplo, ¿hasta qué punto «británico» ha significado «inglés» y hasta dónde pueden estos enfoques abarcar Irlanda? ¿Puede existir una historia integral de las cuatro naciones o son las naciones demasiado singulares para facilitar ese estudio?
Este artículo se publica en colaboración con Open Democracy. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autoría: Maggie Scull y Naomi Lloyd-Jones son estudiantes de investigación en el Departamento de Historia del King’s College London y cofundadoras de la Red de Historia de las Cuatro Naciones.
Imagen: Se ven pegatinas de Inglaterra y Escocia mientras los compradores hacen cola en una tienda de dulces en Berwick Upon Tweed, en Northumberland. REUTERS/Toby Melville.




