Cuando se estableció la eurozona, sus creadores imaginaron un avance gradual hacia una «zona monetaria óptima», caracterizada por la integración fiscal, la libre circulación de trabajadores y la unión política. Pero este proceso no se ha producido y, como ha demostrado la interminable crisis griega, la eurozona sigue plagada de debilidades estructurales y es extremadamente vulnerable a las perturbaciones internas. Esto claramente no es sostenible.
A pesar de los esfuerzos por promover la coordinación de las políticas fiscales, los presupuestos de los miembros de la eurozona siguen estando bajo la jurisdicción de autoridades nacionales independientes, y los europeos del norte continúan oponiéndose a las transferencias de los países más prósperos a los menos prósperos, más allá de la asignación muy limitada de los fondos regionales de la Unión Europea. Además, la movilidad laboral está severamente limitada por barreras lingüísticas y culturales, así como por obstáculos administrativos. Y la unión política «cada vez más estrecha» ha dejado de contar con apoyo público —si es que alguna vez lo tuvo— y, por tanto, hoy no es viable.
Un número creciente de comentaristas —y ya no solo en el mundo anglosajón— cuestiona la viabilidad de la unión monetaria. Algunos animan a Grecia a abandonar la eurozona, pues creen que una unión monetaria más reducida y homogénea sería más sólida y fácil de unificar. Otros consideran que una salida griega sería solo el comienzo del inevitable desmoronamiento de un proyecto que no cumple el propósito para el que fue creado.
Hasta ahora, la eurozona ha logrado demostrar que los agoreros se equivocaban. A fuerza de voluntad política, se ha alcanzado un compromiso tras otro, sosteniendo así un proyecto histórico que, en su estado actual, no es sostenible.
La necesidad de mantener este compromiso con la unidad europea y superar las dificultades económicas que surgen se ve reforzada por nuevos desafíos geopolíticos. En particular, la percibida ambición de Rusia de recuperar la influencia que tuvo en la época soviética está poniendo en entredicho el orden basado en normas establecido después de la Segunda Guerra Mundial, y un auge del extremismo religioso y político amenaza los valores democráticos y liberales.
Pero es inevitable que las dificultades económicas continúen, alimentando las dudas sobre el futuro de la unión monetaria; estas dudas podrían convertirse en una profecía autocumplida al socavar la capacidad del euro para funcionar correctamente. Las presiones económicas ya han alimentado el sentimiento antieuropeo en España, Italia e incluso Francia; si se permite que continúe, ese sentimiento podría culminar en una secesión, con consecuencias devastadoras para la eurozona y Europa en su conjunto.
El primer paso de ese proceso probablemente sería la división de la eurozona en subáreas, integradas por países con una resiliencia relativamente similar. A medida que resulte cada vez más difícil aplicar políticas fiscales y monetarias coherentes, aumentaría el riesgo de la disolución completa de la eurozona. La salida de Grecia podría acortar considerablemente este plazo.
Aunque hace cinco años, cuando estalló la crisis griega, un escenario así era inconcebible, el término «Grexit» se incorporó poco después al léxico europeo, cuando la crisis alcanzó un nuevo punto álgido. Pero los líderes europeos parecían reconocer las consecuencias de permitir que un país —incluso una Grecia pequeña y azotada por la crisis— abandonara la eurozona. Por eso, este año se celebró una serie de reuniones del Eurogrupo con el propósito declarado de evitar ese desenlace.
El problema es que los europeos se han acostumbrado tanto a salir del paso que las soluciones a largo plazo parecen casi imposibles. De hecho, en los últimos años, las autoridades de la eurozona han introducido varias políticas para combatir las crisis financieras, entre ellas fondos de rescate respaldados por los gobiernos, una unión bancaria parcial, controles fiscales más estrictos y el papel del Banco Central Europeo como prestamista de última instancia. Pero la mayoría de estas políticas —con la posible excepción de la unión bancaria— están destinadas a gestionar el riesgo de impago, no a eliminar sus causas fundamentales.
Es hora de recuperar la capacidad de mirar hacia el futuro y perseguir el sueño de un futuro mejor que mostraron los fundadores de la UE. En concreto, los líderes de la eurozona deben introducir un mecanismo de transferencias fiscales de las economías más fuertes a las más débiles.
En una unión monetaria, las economías individuales no pueden modificar sus tipos de cambio para tener en cuenta los cambios en la competitividad relativa. La rigidez de precios resultante tiende a retrasar la estabilización macroeconómica y el ajuste estructural, lo que conduce al aumento de la deuda y el desempleo en las economías más débiles. Sin libre movilidad laboral, las transferencias fiscales son la única opción de la eurozona para aliviar el pago de la deuda y, al estimular la actividad económica, impulsar el empleo.
Establecer un mecanismo de este tipo no será fácil, pues requiere un recurso escaso en la Europa actual: la confianza. En efecto, el norte y el sur han tenido dificultades para superar sus diferencias culturales y las desigualdades de sus condiciones económicas, lo que les ha impedido ver la situación desde la perspectiva del otro.
Estrechar los lazos de la unión podría ser fundamental para generar esa confianza. Una estrategia que combine la racionalidad con el gradualismo necesario para superar la resistencia política consistiría en aumentar de forma constante el presupuesto de la UE, para que finalmente pueda desempeñar un papel macroeconómico, promover la estabilidad y reforzar la cohesión dentro de la eurozona.
Es difícil de vender, pero también es vital.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Yannos Papantoniou fue ministro de Economía y Finanzas de Grecia de 1994 a 2001. Actualmente es presidente del Center for Progressive Policy Research, un centro de estudios independiente.
Imagen: Una costurera búlgara fabrica banderas de la UE en una fábrica de la localidad de Parvomai, a unos 160 km (99 millas) al sureste de la capital, Sofía. REUTERS/Stoyan Nenov




