Demos a las personas la capacidad de participar y cambiarán el mundo. ¿O no?
La enorme expansión de la voz política y el activismo social en las últimas décadas —desde la proliferación de iniciativas ciudadanas en favor de la transparencia y la rendición de cuentas hasta los levantamientos en Oriente Medio y el Norte de África, y el estallido de movimientos de protesta en países tan diversos como Brasil, India, Turquía y México— ha generado gran entusiasmo por el potencial transformador de la participación popular.
La realidad, sin embargo, es más compleja que eso.
Pensemos en la Primavera Árabe y en la extraordinaria movilización de tantas personas que lograron derrocar un régimen autoritario tras otro. Las calles eran suyas, pero en la mayoría de estos países ha resultado mucho más fácil derrocar a los dictadores que construir sistemas políticos más democráticos y abiertos a la participación ciudadana. Aunque muy demandados, los espacios genuinos de participación política que pueden acercar a la ciudadanía y al Estado siguen siendo extremadamente limitados.
Hace poco preparé un módulo sobre participación ciudadana y resultados de desarrollo para un curso en línea masivo y abierto (MOOC) titulado «¿La participación ciudadana puede cambiar las reglas del juego para el desarrollo?», recién lanzado por el Grupo Banco Mundial y organizaciones asociadas, tanto en Washington, DC, como en Londres.
El módulo arroja luz sobre los desafíos que esconden eslóganes simplistas, como «el poder para el pueblo», y destaca que las realidades contextuales y las dinámicas políticas son fundamentales para la eficacia de las distintas formas de participación ciudadana.
En los últimos años, el concepto de participación ciudadana ha surgido como un área de interés central en el desarrollo internacional. La premisa es que, cuando las personas participan en el proceso de desarrollo y están mejor informadas, exigen una mayor rendición de cuentas en torno a asuntos que les importan. Esto puede mejorar la calidad de la gobernanza y, en última instancia, los resultados de desarrollo.
La participación ciudadana es un ámbito diverso y complejo, en el que personas de todas partes expresan sus opiniones y se movilizan en torno a ellas de distintas maneras. Las elecciones son los mecanismos más consolidados para exigir responsabilidades a quienes ocupan cargos públicos ; pero solo piden a la ciudadanía que marque una casilla a intervalos periódicos.
Otros canales de participación, más activos, reúnen a ciudadanos y comunidades con funcionarios del gobierno local, políticos y proveedores de servicios. Mecanismos como las tarjetas de evaluación comunitaria, las audiencias públicas y las auditorías sociales permiten a la ciudadanía vigilar y expresar inquietudes sobre el desempeño de los servicios, y acordar acciones conjuntas para corregir deficiencias o problemas. La presupuestación participativa y los procesos de elaboración de constituciones son otros tipos de «espacios convocados» de participación que se han generalizado desde la década de 1980.
La movilización social también puede ser más conflictiva. Basta observar la proliferación de protestas y levantamientos en los últimos años, incluso en democracias consolidadas (los movimientos «Occupy» en EE. UU., el Reino Unido y otros lugares), en países de ingreso mediano alto democratizados más recientemente (Brasil, India, Turquía y México) y en países que atraviesan grandes transformaciones (Oriente Medio, Norte de África y Venezuela). Estas protestas atraen a multitudes cada vez mayores, sobre todo de las clases medias y de jóvenes descontentos. Demuestran que la gente exige más que elecciones intermitentes: quiere tener voz en lo que hacen sus gobiernos y, algo crucial, en cómo lo hacen.
La difusión de Internet, las comunicaciones móviles y las redes sociales también ha permitido a las personas conectarse a través del tiempo y el espacio de maneras antes inimaginables. Y, sin embargo, nada garantiza que este impulso siempre se canalice hacia objetivos progresistas.
Comprender a fondo cuándo y cómo puede ser eficaz la participación ciudadana —y para quién— exige lidiar con las dinámicas políticas subyacentes. La lucha por una mayor inclusión, rendición de cuentas y representación es un proceso continuo de negociación y disputa, y consiste, ante todo, en modificar las relaciones de poder existentes. Como muestran las protestas en Egipto y otros lugares, la participación ciudadana por sí sola no basta para lograr un cambio; la organización colectiva es esencial.
En resumen, la participación ciudadana debe ir acompañada de la participación de los partidos políticos, los parlamentos y los grupos de todo el Estado y la sociedad. Los gobiernos también deben tener la capacidad de responder a las necesidades de sus ciudadanos. Esto es lo que se necesita para dar verdadero contenido al concepto de empoderamiento de las personas y dejar atrás los eslóganes.
Este artículo se publica en colaboración con el blog Gobernanza para el Desarrollo del Banco Mundial. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autora: Alina Rocha Menocal es investigadora del Programa de Política y Gobernanza del Overseas Development Institute (ODI),
Imagen: Una silueta en las calles de Cape Town, 13 de junio de 2003. REUTERS/Mike Hutchings.




