Cómo aprovecha el populismo el deseo humano de castigo: lo explica una psicóloga

Santos' soccer fans fight with police after their Paulista Championship soccer match against Corinthians in Sao Paulo March 22, 2009. REUTERS/Paulo Whitaker (BRAZIL SPORT SOCCER CONFLICT) - RTXD3GK
Football fans clash: 'When two groups are in conflict, and one side retaliates, the other side becomes more likely to retaliate'Image: REUTERS/Paulo Whitaker
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La Dra. Molly Crockett, neurocientífica y psicóloga experimental de la Universidad de Oxford, explica por qué a menudo castigamos a otros aunque eso nos perjudique, cómo los movimientos populistas canalizan nuestra sed de represalias y qué pueden hacer los líderes responsables para detener el ciclo de retribución.

En su investigación, estudia la neurociencia y la psicología de las represalias. ¿Qué ha descubierto?

La principal conclusión de esta investigación es que las emociones sociales, como la ira, la envidia y el rencor, son motivaciones muy poderosas. A menudo pesan más que el interés económico propio y activan los centros de recompensa del cerebro, las mismas áreas cerebrales que intervienen en la adicción. Estas emociones pueden alimentar una conducta denominada «castigo costoso»: cuando las personas asumen un costo personal para castigar a otra por haber sido injusta.

Una hipótesis es que este impulso destructivo de castigar puede ser aún más fuerte cuando las personas están sometidas a estrés crónico, por ejemplo, durante una recesión económica.

¿Cómo descubrió este impulso?

El castigo costoso se ha demostrado en un experimento llamado juego del ultimátum. En este juego, a un jugador (el «proponente») se le da una cantidad de dinero y puede decidir cómo repartirla con un segundo jugador (el «respondedor»). Luego, el respondedor puede aceptar la oferta y quedarse con su parte del dinero o rechazarla; en ese caso, el dinero desaparece y ninguno de los dos jugadores recibe nada.

La investigación muestra que la mayoría de los respondedores rechaza las ofertas que considera injustas (por lo general, menos del 30 % del total). Cuando este experimento se llevó a cabo por primera vez, a principios de la década de 1980, los resultados sorprendieron a la mayoría de los economistas, porque contradecían los modelos clásicos del «interés propio racional». Tras décadas de investigación, este ha demostrado ser uno de los hallazgos más sólidos de las ciencias del comportamiento: a las personas les importa mucho más que su propio interés material. Les importa la equidad, la autonomía y la identidad, y no les gusta que las traten con falta de respeto. A las personas les resulta mucho más satisfactorio destruir la riqueza de un jugador más poderoso que aceptar una oferta pequeña que consideran insultante.

Ha estudiado la neurociencia que hay detrás de esto. ¿Cómo decide nuestro cerebro infligir un castigo costoso?

Cuando las personas rechazan ofertas injustas, se activa una región cerebral llamada estriado dorsal. El estriado dorsal está en el centro del sistema de recompensa del cerebro. Se activa cuando recibimos todo tipo de recompensas, por ejemplo, dinero, comida o al ver imágenes agradables. También está muy relacionado con la adicción. Por ejemplo, una primera dosis de cocaína provoca una respuesta en el estriado. Cuando las personas desarrollan una adicción, cualquier señal asociada con el consumo de cocaína también activa el estriado. El hecho de que esta misma área cerebral se active durante el castigo costoso sugiere que el castigo y la retribución podrían tener un carácter adictivo.

Según nuestros experimentos, las personas también tienen más probabilidades de rechazar ofertas injustas si sus niveles cerebrales de serotonina, un neurotransmisor que interviene en la autorregulación, se han reducido. Cuando los niveles de serotonina son bajos, las personas se centran más en las recompensas inmediatas y se vuelven más impulsivas y agresivas.

¿Qué podemos hacer para controlar esta conducta destructiva?

En primer lugar, dado que los circuitos cerebrales que intervienen en el castigo también están relacionados con la adicción, es muy importante no ceder al impulso de vengarse. Las represalias pueden provocar más represalias. Cuando dos grupos están en conflicto y una de las partes toma represalias, aumenta la probabilidad de que la otra también lo haga. A medida que esta conducta se intensifica, podría adquirir un carácter adictivo. Cada vez que cedes al impulso, aumenta la probabilidad de que vuelvas a hacerlo la próxima vez.

Además —y esto es más especulativo—, los estudios con animales han demostrado que el estrés prolongado puede reducir los niveles de serotonina. Por eso, la hipótesis es que el estrés crónico, que podría ser una de las consecuencias de una recesión económica, puede predisponer a las personas a un estado en el que sea más probable que adopten conductas retributivas.

¿Y si las personas sienten que actúan por sentido de la justicia y no por venganza?

A menudo se describe el castigo en términos moralistas y elevados: castigar la injusticia, luchar contra la injusticia económica. Sin embargo, en nuestra investigación, las personas castigaban incluso cuando el experimento estaba diseñado de modo que el castigo fuera oculto: quien lo cometía nunca se enteraba de que había sido castigado. El castigo no transmitía ningún mensaje social ni enseñaba nada a quien lo cometía. Las personas simplemente querían hacer daño a quien se lo había hecho, y ese es un motivo antisocial.

También hemos observado que las personas parecen ser, en gran medida, inconscientes de sus propios motivos para castigar. Cuando se les pregunta por qué castigan, es más probable que mencionen razones moralistas, como hacer cumplir las normas de equidad, que motivos antisociales, como el deseo de vengarse. Además, el deseo de venganza declarado por las propias personas no guarda ninguna correlación con su conducta vengativa. Esto sugiere que podrían castigar por motivos antisociales, pero decirse a sí mismas y a los demás que lo hacen por razones moralistas.

¿Existe una relación entre el impulso individual de castigar y el auge mundial de los movimientos populistas?

Los mensajes populistas han sido muy eficaces para canalizar los impulsos retributivos hacia el voto. En todo el mundo, los movimientos populistas están causando destrucción económica y agitación social en nombre de principios morales. Esa puede ser la historia que las personas se cuentan a sí mismas y a los demás, pero probablemente no sea el único motivo. Una de las responsabilidades de los líderes es procurar que no se justifiquen conductas dañinas y destructivas por razones morales.

¿Qué más pueden hacer los líderes responsables para detener el ciclo de retribución?

Los experimentos del juego del ultimátum han demostrado que, si se ofrece a los respondedores un canal alternativo para expresar su descontento ante ofertas injustas —por ejemplo, enviar un mensaje escrito al proponente—, enviarán ese mensaje y aceptarán la oferta. Enviaron mensajes airados como «Gracias por nada», «¿Por qué tienes que ser tan avaricioso?» —pero aceptaron la oferta.

Cuando las personas sienten que la conducta destructiva es la única opción que tienen para hacerse oír, la elegirán, aunque les perjudique económicamente. Pero, si cuentan con canales alternativos para expresar su descontento, quizá puedan actuar de una manera acorde con sus intereses económicos a largo plazo y, aun así, sentirse satisfechas.

Es fascinante. Pero ¿no tenemos ahora más canales que nunca para expresar públicamente nuestro descontento?

Es una incógnita que aún no hemos resuelto. Por un lado, la investigación ha demostrado que ofrecer a las personas canales alternativos para expresar su descontento reduce la probabilidad de que castiguen. Pero, por otro, las investigaciones sobre la agresividad muestran que «desahogarse» aumenta la probabilidad de que las personas se comporten de forma agresiva en el futuro. Si expresar indignación resulta gratificante, pequeños actos de expresión personal, por ejemplo en Facebook o Twitter, podrían aumentar la probabilidad de futuras muestras de indignación, quizá a través del voto.

¿Qué sigue en su investigación?

Me gustaría poner a prueba la hipótesis de que el castigo tiene un carácter adictivo. Si es así, quizá podamos aprender de las investigaciones sobre la adicción cómo contrarrestar el impulso punitivo.

Reportaje de Sophie Hardach

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