En este momento no parecen faltar los titulares que denuncian corrupción y conducta indebida en las principales economías de América Latina. ¿Indicaría esto que la corrupción ha alcanzado un máximo histórico? ¿O indica que los elementos clave de la democracia —la prensa libre, una fiscalía independiente y el Estado de derecho— funcionan eficazmente? Me inclino por lo segundo.
También está claro que las actitudes se están endureciendo. Lo que algunos podrían considerar una parte aceptada de hacer negocios en la región se ha reconocido gradualmente como un gran obstáculo para el progreso y la prosperidad, desde que América Latina se consolidó como un destino destacado para la inversión mundial. La región y sus habitantes aspiran a modernizar los sistemas y las estructuras, como demuestra, entre otras cosas, la introducción de nuevas leyes y normativas concebidas para ayudar a abordar estos desafíos de conducta con mayor eficacia.
Medidas recientes, como la legislación contra el blanqueo de capitales aprobada en México en 2012 y la Ley Antisoborno introducida en Brasil en 2014, son pasos necesarios para frenar las prácticas corruptas. Pero, para que América Latina prospere de verdad, hay que poner el foco en combatir la tolerancia, más arraigada, hacia la corrupción y su verdadero costo para la región.
En el Foro Económico Mundial sobre América Latina 2015 abordamos tanto los medios para eliminar la corrupción como los costos económicos y sociales para el desarrollo que afectan a empresas y comunidades de toda América Latina.
El punto de partida debería ser un diálogo entre los sectores público y privado y la sociedad sobre el costo de hacer negocios, el desperdicio de recursos públicos y la exclusión social y económica que generan la conducta indebida y el desvío de recursos públicos. Además, debe reconocerse que, cuando se socavan el Estado de derecho y su aplicación, también se debilita la confianza pública en las instituciones y sus líderes.
Para seguir siendo competitiva en la economía mundial, América Latina debe entrar en una nueva era de liderazgo basada en la integridad, la transparencia y el cumplimiento, capaz de transformar la actual cultura de tolerancia entre muchos directivos de los sectores público y privado y entre la población en general.
La lucha contra la corrupción exige una responsabilidad compartida entre todos los líderes de la sociedad. A medida que se introducen nuevas normativas y modelos de transparencia, debe existir un sentido general de rendición de cuentas y la obligación de garantizar que todos avanzamos en la dirección correcta.
América Latina se ha beneficiado de algunos años de auge. Pero el crecimiento económico sostenido a largo plazo dependerá de su capacidad para seguir normas y estándares elevados en la actividad empresarial. La expansión y la modernización traen consigo un mayor escrutinio. En última instancia, la amenaza de una corrupción desenfrenada, real o percibida, podría deslegitimar el marco regulatorio de nuestros mercados e incitar a líderes empresariales, emprendedores e inversores de todo el mundo a buscar oportunidades en otros lugares.
Para garantizar el éxito de la región a largo plazo, hay que eliminar la tolerancia histórica hacia la corrupción e introducir y mantener nuevas estrategias de supervisión y responsabilidad. Ese enfoque debe comenzar con el ejemplo adecuado desde la cúpula: los líderes de nuestros mercados, tanto del sector público como del privado.
El Foro Económico Mundial sobre América Latina 2015 se celebra en Riviera Maya, México, del 6 al 8 de mayo.
Autor: Eduardo Leite, presidente del Comité Ejecutivo de Baker & McKenzie y copresidente del Foro Económico Mundial sobre América Latina 2015.
Imagen: Un trabajador inspecciona hojas de billetes durante una visita de medios de comunicación a la Casa da Moeda do Brazil (Casa de la Moneda de Brasil), en Río de Janeiro, el 23 de agosto de 2012. REUTERS/Sergio Moraes




