El plan de trabajo para 2015 del primer ministro chino, Li Keqiang, presentado en la Asamblea Popular Nacional de este mes, destacó el paso del país a una «nueva normalidad» de crecimiento económico del 7 %. La transición a un crecimiento más lento plantea serios desafíos, pero también crea una importante oportunidad para que China garantice su desarrollo económico a largo plazo.
Los dirigentes de China reconocen esta oportunidad y están tomando medidas para apoyar la transición a modelos de crecimiento más sostenibles. El Ministerio de Finanzas ha elevado el déficit presupuestario del gobierno central del 1,8 % del PIB en 2014 hasta un máximo del 2,7 % en 2015, y permitirá que los gobiernos locales muy endeudados canjeen CN¥1 billón (161.100 millones de dólares) de deuda que vence este año por bonos con tasas de interés más bajas.
Asimismo, el Banco Popular de China (PBOC) ha brindado apoyo monetario, reduciendo gradualmente las tasas de interés y los requisitos de reservas. Como los salarios siguen aumentando, el objetivo de inflación para 2015 se ha fijado en el 3 %, por encima de la inflación efectiva del 2 % en 2014, aunque la inflación de los precios al productor ha sido negativa durante 36 meses. El PBOC también ha previsto un entorno cambiario estable para este año —pese a la fuerte depreciación del yen japonés, el euro y las monedas de las economías emergentes frente al dólar—, promoviendo así la estabilidad mundial.
Estas políticas reflejan una determinación notable de continuar por la senda de la reforma estructural, pese a los fuertes vientos en contra derivados del deterioro del entorno externo y de los ajustes estructurales internos. En suma, el gobierno chino parece tener una visión clara a largo plazo.
Pero no todos son optimistas respecto de la trayectoria de China. David Shambaugh, veterano observador de China, llegó recientemente a advertir que los desafíos que enfrenta el sistema político, encabezado por el Partido Comunista Chino (CCP), podrían estar comprometiendo gravemente la capacidad del gobierno para implementar el conjunto de ambiciosas reformas económicas que presentó en 2013.
Y, sin embargo, afirmar que el desarrollo económico y político de China está en peligro parece ignorar el proceso de aprendizaje adaptativo del país, que da forma a todas sus políticas económicas, diplomáticas, militares y sociales. Este proceso —caracterizado por la experimentación, la evaluación y el ajuste— surgió de la experiencia militar del CCP en la década de 1930, Deng Xiaoping lo aplicó a su programa de reformas en la década de 1980 y los dirigentes chinos posteriores lo han perfeccionado. Como ninguna economía había experimentado jamás un crecimiento tan rápido a una escala tan grande, la única manera de gestionar el desarrollo de China era, en palabras de Deng, «cruzar el río tanteando las piedras».
El enfoque adaptativo de China para la formulación de políticas ha producido tanto fracasos espectaculares, con mercados enteros clausurados, como éxitos notables, que han generado modelos aplicables en todo el país. Algunos experimentos han arrojado resultados menos claros: por ejemplo, han contribuido positivamente al crecimiento del PIB, pero también han agravado problemas como el exceso de capacidad industrial, la contaminación, la corrupción y la creación de ciudades fantasma.
En un contexto de experimentación, esas consecuencias imprevistas son comprensibles. El mero hecho de que hayan surgido no indica en absoluto que China se encamine al desastre; eso solo ocurriría si se permitiera que estos problemas persistieran.
Evitar ese desenlace exige que los esfuerzos por adaptarse a la «nueva normalidad» de China vayan más allá de las políticas destinadas a sostener el crecimiento económico. Las reformas deben aspirar a reforzar la inclusión, impulsar la sostenibilidad ambiental, promover la innovación y aumentar la competitividad. Y este es precisamente el enfoque de cuatro frentes que parecen estar adoptando los dirigentes chinos.
En efecto, desde reducir drásticamente el consumo de carbón para combatir la contaminación atmosférica hasta planificar la integración de las tecnologías de la información con la manufactura moderna, el gobierno ha demostrado una y otra vez que reconoce sus imperativos de reforma. Y, al perseverar en sus esfuerzos por erradicar la corrupción oficial, ha demostrado su voluntad de hacer lo necesario para garantizar el éxito de China.
Esto no significa que el camino por delante esté libre de obstáculos. La burocracia china debe adaptarse radicalmente para afrontar los riesgos —y aprovechar los beneficios— de la tecnología y la globalización. El mayor desafío es la transición hacia una base industrial basada en el conocimiento, consciente del medioambiente, inclusiva y estable. Además, el gobierno chino debe tomar medidas para permitir que las fuerzas del mercado desempeñen un papel más importante en la orientación de la actividad económica, entre otras cosas reduciendo los requisitos de licencias y regulación en el sector privado.
Las fuerzas del mercado también se beneficiarán del aumento del poder adquisitivo de los hogares. De hecho, el crecimiento sostenido de los salarios reales está expulsando del mercado a las industrias ineficientes que dependían exclusivamente de la mano de obra barata, al tiempo que refuerza la competitividad de los productores que responden a los gustos cambiantes de los consumidores chinos, cada vez más poderosos. Para apoyar este proceso, China está implementando ahora, por ejemplo, un seguro de depósitos.
Al mismo tiempo, China está reformando su ineficiente sistema de ofertas públicas iniciales, basado en la aprobación previa, para sustituirlo por uno basado en registros. Un mercado de IPO más activo y eficiente permitirá a las empresas cubrir sus necesidades de financiación sin intermediación bancaria, un paso vital para ayudar a las compañías a eliminar el exceso de deuda que arrastran.
De hecho, reducir el papel de los bancos es esencial para equilibrar la economía de China. Pese al repunte reciente, la capitalización bursátil de China equivale apenas al 40 % del PIB, mientras que los activos bancarios suman el 266 % del PIB. Entretanto, solo el 10 % del financiamiento social total procede del mercado de renta variable.
Pero falta un componente importante en la agenda de reformas del gobierno para 2015: mejorar los procedimientos de quiebra para los prestatarios insolventes. Si los prestatarios y proyectos fallidos no salen del sistema de manera rápida y ordenada, el mercado quedará lastrado por deuda incobrable y proyectos inconclusos, lo que socavará su desempeño.
China ha demostrado repetidamente su resistencia y capacidad de adaptación. Ahora debe volver a demostrarlo, asegurándose de que su «nueva normalidad» sea lo más estable, sostenible e inclusiva posible. Esto implica fortalecer los cimientos institucionales de China y establecer reglas claras y transparentes, a fin de fomentar la experimentación y la innovación, garantizar la salida ordenada de los proyectos fallidos y gestionar las consecuencias de los errores.
El fracaso puede ser la madre del éxito, pero solo si se hace el esfuerzo de aprender de él. Por fortuna, los dirigentes de China parecen decididos a hacerlo.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Andrew Sheng es investigador distinguido del Fung Global Institute y miembro del Consejo Asesor de Finanzas Sostenibles del PNUMA. Xiao Geng es director de investigación del Fung Global Institute.
Imagen: Un hombre consulta su iPad en el Bund, frente al distrito financiero de Shanghái. REUTERS/Aly Song



