En Estados Unidos, solo se necesita a tres de cada diez trabajadores para producir y entregar los bienes que consumimos. Todo lo que extraemos, cultivamos, diseñamos, construimos, fabricamos, desarrollamos y transportamos —hasta preparar una taza de café en la cocina de un restaurante y llevarla a la mesa de un cliente— lo realiza aproximadamente el 30 % de la fuerza laboral del país.
El resto dedicamos nuestro tiempo a planificar qué producir, decidir dónde instalar lo que hemos fabricado, prestar servicios personales, hablar entre nosotros y llevar un registro de lo que se está haciendo, para poder determinar qué hay que hacer después. Y, sin embargo, pese a nuestra evidente capacidad para producir mucho más de lo que necesitamos, no parece que disfrutemos de una abundancia desbordante. Una de las grandes paradojas de nuestro tiempo es que los trabajadores y los hogares de clase media siguen teniendo dificultades en una época de abundancia sin precedentes.
En los países desarrollados tenemos más que suficiente para cubrir nuestras necesidades básicas. Tenemos suficientes enlaces de carbono e hidrógeno orgánicos que descomponer para obtener calorías; suficientes vitaminas y otros nutrientes para mantenernos sanos; suficiente refugio para mantenernos secos; suficiente ropa para mantenernos abrigados; suficiente capital para mantenernos, al menos potencialmente, productivos; y suficiente entretenimiento para no aburrirnos. Y producimos todo esto trabajando, en promedio, menos de dos horas al día fuera del hogar.
John Maynard Keynes no se equivocó por mucho cuando predijo célebremente en 1930 que el “problema económico” de la humanidad, “la lucha por la subsistencia”, probablemente quedaría “resuelto, o al menos a la vista de su solución, en un plazo de cien años”. Quizá haga falta otra generación para que los robots se hayan hecho cargo por completo de la manufactura, el trabajo en las cocinas y la construcción; y parece que el mundo en desarrollo va 50 años por detrás. Pero Keynes habría acertado de lleno si hubiera dirigido su ensayo a los tataratataratataranietos de sus lectores.
Y, sin embargo, hay pocas señales de que los estadounidenses de clase trabajadora y media vivan mejor que hace 35 años. Más extraño aún: el crecimiento de la productividad no parece dispararse, como cabría esperar; de hecho, parece estar desacelerándose, según una investigación de John Fernald y Bing Wang, economistas del Departamento de Investigación Económica del Banco de la Reserva Federal de San Francisco. Las perspectivas de crecimiento son aún peores, pues la innovación se enfrenta a vientos en contra de fuerza huracanada.
Una forma de conciliar los cambios en el mercado laboral con nuestra experiencia cotidiana y con estadísticas como estas es observar que gran parte de lo que producimos es muy distinto de lo que fabricábamos en el pasado. Durante la mayor parte de la experiencia humana, la mayor parte de lo que producíamos no podía compartirse ni utilizarse fácilmente sin permiso. Los bienes que fabricábamos eran lo que los economistas llaman productos “rivales” y “excluibles”.
Que un producto sea “rival” significa que dos personas no pueden utilizarlo al mismo tiempo. Que sea “excluible” significa que su propietario puede impedir fácilmente que otros lo utilicen. Estas dos características otorgan un gran poder de negociación a quienes controlan la producción y la distribución, lo que las hace ideales para una economía de mercado basada en la propiedad privada. El dinero fluye naturalmente hacia donde se generan utilidad y valor, y esos flujos son fáciles de rastrear en las cuentas nacionales.
Pero gran parte de lo que producimos en la era de la información no es ni rival ni excluible, y esto cambia el panorama por completo. Es difícil crear incentivos para producir bienes propios de la era de la información; cuesta monetizar su distribución; y carecemos de herramientas para contabilizarlos fácilmente en las cuentas nacionales. El resultado es una discrepancia cada vez mayor entre lo que la gente estaría dispuesta a pagar por un servicio determinado y el crecimiento medido por las estadísticas nacionales. En otras palabras, producimos y consumimos mucho más de lo que indican nuestros indicadores económicos, y los creadores de muchos de esos productos no reciben una compensación adecuada.
Esto genera una serie de problemas particulares. Para garantizar que los trabajadores de hoy y del mañana puedan beneficiarse de la era de la información, tendremos que rediseñar nuestro sistema económico para incentivar la creación de estos nuevos tipos de productos. Además de desarrollar formas de contabilizar esta nueva clase de riqueza, tendremos que crear canales por los que la demanda de un producto contribuya a los ingresos de su creador.
Solo si encontramos formas de asignar un valor real a los bienes que producimos podremos sostener una sociedad de clase media, en lugar de una sociedad de tecnoplutócratas y sus siervos del sector servicios.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
Para mantenerse al día con la Agenda suscríbase a nuestro boletín semanal.
Autor: J. Bradford DeLong es profesor de Economía en la Universidad de California en Berkele.
Imagen: Andrea Brooks, trabajadora de producción de Ford, ensambla baterías. REUTERS/Rebecca Cook.



