La decisión de abandonar una relativa paz y prosperidad para adentrarse en una guerra brutal y la inestabilidad puede parecer irracional. Pero cada vez más jóvenes, nacidos y criados en sociedades democráticas, han sucumbido al atractivo de grupos mortíferos como el Estado Islámico, dejando atrás sus hogares y familias para librar la yihad en lugares lejanos. ¿Por qué ha perdido la democracia la lealtad de estos espíritus inquietos y cómo puede volver a conquistar los corazones y las mentes de otras personas que podrían seguir sus pasos?
El filósofo Friedrich Nietzsche escribió una vez que los seres humanos preferirían querer la nada antes que no querer nada en absoluto. La plúmbea desesperación de la falta de vida, la impotencia y la desesperanza resulta mucho menos atractiva que la intensidad, aunque esta se encuentre en la violencia, la muerte y la destrucción.
En resumen, se trata de encontrar sentido, cuya presencia nos motiva, nos conecta unos con otros y ordena nuestras vidas. Si falta —si, por ejemplo, los ideales e instituciones democráticos no logran ofrecer una sensación lo bastante palpable de comunidad y propósito—, las personas buscan sentido en otra parte, lo que en algunos casos las lleva a causas malévolas.
Este es el desafío cultural que afronta hoy la democracia, y quienes desean preservar la libertad y las promesas de las sociedades democráticas lo ignoran por su cuenta y riesgo. Es un desafío que debe reconocerse no solo por lo que revela sobre las condiciones de vida en las democracias avanzadas de todo el mundo, sino también porque toda crisis es asimismo una oportunidad; en este caso, de recuperar el sentido que yace en el corazón de la democracia.
El atractivo que grupos como el Estado Islámico ejercen sobre jóvenes criados en países democráticos pone de relieve las crecientes desigualdades de estas sociedades en el acceso a oportunidades educativas y económicas, que alimentan el cinismo, la resignación y la ira entre quienes se ven excluidos de las élites sociales. Los sentimientos de desesperanza y desolación en el centro incitan al extremismo en los márgenes.
Las élites de las democracias avanzadas —por ejemplo, el 1 % con mayores ingresos— difícilmente pueden sentirse tranquilas ante estas condiciones. Incluso el trotamundos más aislado, que va de un mercado o espacio cultural a otro, debe pensar en sus hijos. ¿Qué cultura absorberán? ¿De dónde obtendrán esperanza en el futuro?
Quienes defienden la democracia deben determinar ahora no solo cómo crear empleos y garantizar la prosperidad material de los jóvenes de hoy, sino también cómo alimentar su espíritu en el camino. Si fracasan, como hemos visto, otros llenarán ese vacío, potencialmente con un llamado al caos en nombre de un futuro mesiánico.
Para ganar esta contienda de alto riesgo, las sociedades democráticas deben mirar más allá de la victoria en el campo de batalla y centrarse en conquistar corazones y mentes mediante el poder de las ideas y la promesa de encontrar sentido, tal como ha hecho el Estado Islámico. La idea de que las democracias pueden hacer frente a esas fuerzas, con sus aparatos ideológicos bien financiados y expertos en medios, solo con armas está destinada al fracaso. Esta es una batalla de significados, y solo puede ganarse con ideas que inspiren esperanza, acción y coherencia personal y comunitaria.
El esfuerzo debería comenzar con una reunión convocada públicamente, integrada por una amplia representación de politólogos, antropólogos, teólogos, filósofos y artistas, entre otros, de todo el espectro político, procedentes de universidades e instituciones similares de todo el mundo. Durante un periodo predeterminado, elaborarían un informe claro y redactado en lenguaje sencillo para el público.
El informe debería abordar, con tenacidad y honestidad, preguntas clave sobre la vitalidad actual de la democracia. ¿Cuáles son las fuentes primordiales de la vida democrática? ¿Cuál es la mejor manera de expresarla, llevarla a la práctica, institucionalizarla y protegerla? ¿Cuál es el mejor mensaje de esperanza de la democracia y su promesa más creíble de prosperidad futura? ¿Cuáles son las profundas fuentes culturales, intelectuales y espirituales de la libertad, la tolerancia y la productividad?
Vivimos tiempos peligrosos. Con los ideales democráticos amenazados en todo el mundo, incluso dentro de países democráticos, no se pueden dar por sentados sus fundamentos culturales e ideológicos compartidos. No podemos permitir que se desvanezcan el sentido y la vitalidad de la vida en democracia.
El desafío que tenemos por delante exige una respuesta concertada de nuestros pensadores más profundos y nuestros artistas más creativos. Este es nuestro propósito hoy; debemos comprometernos con él con tanta pasión como la que los enemigos de la democracia ponen en perseguir el suyo.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
Para estar al día con la Agenda suscríbase a nuestro boletín semanal.
Autor: Richard K. Sherwin es profesor de Derecho y director del Visual Persuasion Project de la Facultad de Derecho de Nueva York.
Imagen: Una mujer reparte calcomanías contra la guerra durante una marcha de protesta contra las armas nucleares en Nueva York, el 2 de mayo de 2010. REUTERS/Chip East.



