A medida que el comercio y la inversión mundiales se han organizado cada vez más en torno a las «cadenas de valor» —líneas de producción que cruzan fronteras—, África ha tenido dificultades para aprovechar los beneficios de esta tendencia, incluso mientras los países asiáticos y latinoamericanos producían automóviles, microchips y textiles para consumidores de todo el mundo.
Algunos avances recientes sugieren que esto podría estar cambiando: a medida que las redes de producción globales se han vuelto más sofisticadas y abarcan una mayor variedad de productos y procesos, podrían ofrecer nuevas oportunidades a las economías africanas. Pero para tener éxito en este nuevo entorno son fundamentales un buen clima empresarial, voluntad política y facilidad para comerciar en el continente.
Hacemos un llamado a la acción: el jueves, como parte de las Reuniones de Primavera del Banco Mundial y el FMI, el Grupo Banco Mundial y Africa investor organizarán un debate con empresarios africanos, funcionarios gubernamentales y otros expertos, que podrá ver en línea aquí: «Building African Participation in Global Value Chains». El debate se centrará en cómo los distintos actores —incluidas las empresas, los bancos y los gobiernos— pueden trabajar juntos para crear marcas africanas capaces de generar empleo y aumentar el papel y la influencia del continente en el escenario económico mundial.
Las cadenas de valor, sean regionales o globales, ofrecen a los países en desarrollo nuevas oportunidades para acceder a mercados más grandes, adquirir nuevas habilidades e innovar. A medida que los países en desarrollo participan en procesos de producción cada vez más complejos, adquieren conocimientos y técnicas modernas de empresas extranjeras. Cuando Toyota fabrica piezas de automóviles en Tailandia, por ejemplo, Tailandia importa la tecnología de la empresa, sus prácticas de gestión y comerciales, entre otras cosas.
Históricamente, las oportunidades de desarrollo económico relacionadas con las cadenas globales de valor se han presentado en forma de manufactura: los países de Asia oriental experimentaron un crecimiento extraordinario y una reducción de la pobreza gracias a su participación en la producción de productos electrónicos y automóviles. Desde hace mucho, observadores han lamentado —y estudiado— la difícil relación de África con la manufactura. Actualmente, la proporción de la manufactura en el PIB del continente es menor que la de la mayoría de los países en desarrollo y está disminuyendo. En «Can Africa Industrialise», John Page plantea que el pronunciado declive de la manufactura en las décadas de 1980 y 1990 se debió a que el continente abandonó las políticas proteccionistas y de sustitución de importaciones que habían sostenido la manufactura. Con estos cambios de política, las economías africanas se orientaron a producir más en sectores en los que eran competitivas internacionalmente, incluidos los recursos naturales y los productos agrícolas.
En los últimos años, las cadenas globales de valor se han diversificado mucho más allá de la manufactura: los trabajadores en países en desarrollo ya no se limitan a soldar microchips o coser camisetas en centros de producción en el extranjero. Utilizan tecnología avanzada para envasar frutas y verduras cultivadas localmente y brindan apoyo administrativo de gestión interna a empresas estadounidenses. Pensemos en las flores: pueden cultivarse en Colombia o Kenia, pero se venden en Estados Unidos o Europa. Deben mantenerse frescas y refrigeradas mediante una logística sofisticada de cadena de frío y transportarse rápidamente al mercado. O pensemos en los centros de servicios compartidos de India. Necesitan tecnología de internet de alta velocidad y una fuerza laboral cualificada. Esta modernización impulsada por las empresas fomenta el desarrollo.
Es posible que estos procesos y servicios no evoquen las imágenes tradicionales de una fábrica, pero también son segmentos de las cadenas globales de valor. Como dice Page: «La industria ya no requiere chimeneas». Esta mayor variedad de productos y procesos abre más espacio para que la tecnología y el intercambio de conocimientos impulsen la producción de bienes y servicios que el continente ya produce bien. Es posible que el mundo esté cambiando de una manera que genere una importante oportunidad para las economías africanas.
Tomemos el ejemplo de un agricultor de maíz en Uganda. Podría utilizar semillas de Zambia, servicios de extensión agrícola de Kenia, servicios de análisis de Sudáfrica y sacos de China. Podría vender sacos de maíz a supermercados de Arabia Saudita y Tanzania, pero también a una empresa nacional que abastece a mercados nacionales e internacionales. Aunque vender maíz pueda parecer sencillo, en esas interacciones se produce mucho aprendizaje y transferencia de habilidades y tecnología. El agricultor aprovecha bienes y servicios esenciales que le permiten ser más eficiente al vender en mercados regionales y globales. Y esa experiencia puede multiplicarse. La idea es esta: gracias a la creciente diversidad y sofisticación de las cadenas de valor —agrícolas y de otros tipos—, África puede desarrollarse no solo mediante la industrialización y el abandono de las actividades existentes, sino también mejorando su desempeño en ámbitos donde ya tiene ventajas comparativas, como el sector agrícola.
Pero para que ese agricultor y otros participantes africanos en las cadenas globales de valor tengan éxito, al continente le convendría mejorar su entorno comercial. Esto significa aumentar la integración entre países vecinos, crear fronteras más eficientes y facilitar el acceso a financiación para los emprendedores en ciernes. En la Práctica Global de Comercio y Competitividad del Grupo Banco Mundial, trabajamos con países de todo el continente para llevar a cabo estas mejoras. Esperamos que se una a nosotros para analizar el potencial de la participación africana en las cadenas globales de valor y trabajar para crear las condiciones que permitan hacerlo realidad.
Este artículo se publica en colaboración con The World Bank’s The Trade Post Blog. Su publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Anabel Gonzalez es directora sénior de la Práctica Global de Comercio y Competitividad del Grupo Banco Mundial desde el 1 de julio de 2014.
Imagen: Un buque portacontenedores zarpa. REUTERS/Andy Clark.


