Vea aquí una intervención especial de Theresa May, primera ministra del Reino Unido, en la Reunión Anual 2017 del Foro Económico Mundialaquí.
Últimamente se ha puesto de moda temer que el tejido de la democracia se esté debilitando porque la gente se siente rezagada por la globalización y la automatización. Creo que esos temores están, hasta cierto punto, bien fundados. Pero no es un problema nuevo: se remonta al menos a la década de 1980. No haberlo reconocido entonces ni haber actuado desde entonces explica por qué ahora ha alcanzado proporciones de crisis.
¿Podemos aprender algo de esos fracasos políticos que se prolongaron durante décadas? Sí. ¿Aprenderemos? Quizá no, aunque hay algunas señales prometedoras.
La lección más fundamental es que, para abordar un problema, primero hay que advertirlo. Una de las características más llamativas del voto del Brexit y de las reacciones en otros lugares ante distintas manifestaciones del auge del populismo ha sido la sorpresa de muchos votantes de ciudades ricas y cosmopolitas al descubrir que algunos de sus conciudadanos piensan de manera muy distinta.
Suelen ser personas que viven en pueblos y ciudades pequeñas, donde los empleos tradicionales empezaron a desaparecer hace una generación y nunca se han reemplazado adecuadamente. Comunidades enteras han visto estancarse o caer sus ingresos reales desde mucho antes de la crisis financiera.

Hace una década, Benjamin Friedman expuso su argumento en Las consecuencias morales del crecimiento económico: la democracia necesita una economía en crecimiento que facilite el necesario toma y daca. Cuando las personas ven mejorar sus propias vidas, suelen aceptar de buen grado que las vidas de los demás mejoren más rápido. Sin embargo, cuando su propio nivel de vida ha disminuido y esperan que el de sus hijos sea aún peor, el resentimiento hacia quienes prosperan es inevitable.
Durante al menos tres décadas, desde que la automatización y la globalización empezaron a transformar radicalmente la industria, extensas zonas geográficas han atravesado dificultades, incluso mientras las economías crecían en conjunto. En su mayor parte, esto apenas ha figurado en el radar de los responsables de las políticas.
Había estadísticas que podrían habernos alertado de la crisis que se avecinaba, pero nadie las observaba. Thomas Piketty tuvo que dedicar, en su obra de 2014, El capital, el enorme esfuerzo necesario para hacer que los datos contaran con claridad cuántos trabajadores se estaban quedando atrás.
Pero lo único que ha hecho Piketty es iniciar la conversación: todavía necesitamos elaborar una respuesta política seria. Aún estamos a tiempo de empezar a hacer lo que deberíamos haber hecho desde la década de 1980: básicamente, tomarnos mucho más en serio las políticas regionales. Veo tres elementos principales:
Infraestructura
Las grandes ciudades siempre serán las mejores incubadoras del crecimiento económico, porque cuanto más gente se concentra en un lugar, más fácil resulta que intercambie conocimientos. Pero podemos reducir la desventaja natural de las ciudades pequeñas y los pueblos mejorando la infraestructura que los conecta entre sí.
Esta recomendación implica universalizar el acceso a la banda ancha de alta velocidad, pero también señala la necesidad de mejorar el transporte, por ejemplo, con trenes de alta velocidad, porque las comunicaciones virtuales y físicas se complementan, no se sustituyen.

Educación
No pretendo tener conocimientos especializados sobre cómo deberíamos educar a nuestros hijos para el mundo tecnológico que afrontarán al graduarse, pero estoy bastante seguro de que ahora lo estamos haciendo mal. La mayoría de las escuelas todavía se parecen a fábricas que convierten a los niños en computadoras caras y bastante deficientes.
Una mejora evidente y muy debatida sería enseñar más programación, algo que nos cuesta hacer, en parte porque no tenemos suficientes docentes con las competencias necesarias. Otra mejora sería ayudar a los niños a desarrollar las habilidades humanas que las máquinas parecen estar más lejos de dominar, como la creatividad para resolver problemas.
Descentralización del poder
Cada región es distinta en cuanto a los empleos que podría crear y el tipo de educación que necesita. Esto me lleva a la prioridad final: otorgar más poder a los gobiernos locales. Si un funcionario de una ciudad distante fija la política educativa, no cabe esperar razonablemente que esta dote a los estudiantes de las competencias adecuadas para la economía local.
Lo mismo ocurre en otros ámbitos de las políticas públicas. Una lección clara de las sorpresas electorales del año pasado es cuántas personas sintieron que carecían de capacidad para influir. Ven que quienes toman decisiones que moldean sus vidas no son como ellas y están en lugares que parecen lejanos, ya sean bancos centrales, consejos de administración de multinacionales o prósperas capitales, y que parecen desconectados de sus zonas periféricas. Durante la campaña del referéndum del Reino Unido, el lema que más caló fue la promesa de «recuperar el control».
Si parte de lo que está socavando la democracia es que la gente se siente desconectada del poder, parte de la respuesta debe consistir en buscar maneras de acercar el poder a la ciudadanía.
Inversión del sector público y voluntad política
Todo esto es más fácil decirlo que hacerlo. Haría falta una reasignación muy importante de recursos para crear oportunidades en las regiones o los pueblos que se han quedado atrás; la educación de calidad y la infraestructura cuestan mucho. Además, la iniciativa debe partir del sector público, porque el capital público es el único tipo de capital al que pueden acceder las personas de las regiones rezagadas.
Algunos podrían considerar que esto es poco realista dadas las actuales dificultades fiscales, pero el problema tiene menos que ver con los recursos que con la voluntad política. Si nos tomamos en serio la eliminación de las exenciones fiscales para las empresas y las personas adineradas, se podrían encontrar los fondos para invertir.
El cambio tecnológico también ofrece oportunidades para mitigar las perturbaciones sociales que está provocando. La Cuarta Revolución Industrial puede mejorar la vida de todos si la gobernamos con sensatez.
Hay algunas señales incipientes —al menos en el Reino Unido— de que los políticos quizá estén empezando a entenderlo. Es alentador volver a oír la expresión «política industrial». Se está popularizando un nuevo acrónimo, «JAMs», que describe a las personas que «apenas se las arreglan». Puede sonar poco elegante, pero al menos ayuda a ponerle nombre al problema.
La historia demuestra que, cuando una proporción significativa de la población se muestra pesimista respecto al futuro, las crisis que de otro modo serían manejables pueden descontrolarse rápidamente. No podemos permitirnos tardar varias décadas más en acertar con las políticas.


