¿Desafió la política a la economía en el caso del euro?

¿Desafió la política a la economía en el caso del euro?
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Tipos de cambio flexibles tras la Gran Depresión

Hasta la Gran Depresión de los años treinta, la opinión predominante era que las monedas nacionales debían intercambiarse a tipos fijos. Se esperaba que el tipo no se modificara salvo que hubiera una razón convincente para hacerlo. El éxito del patrón oro entre 1870 y 1913 había reforzado la fe en los tipos fijos. Durante esos años, las principales economías del mundo mantuvieron el compromiso de canjear sus monedas por una cantidad fija de oro y, durante buena parte del tiempo, la economía mundial prosperó. Pero el patrón oro resultó totalmente inviable tras 1913 y, según el influyente relato de Barry Eichengreen, fue un factor importante en la gravedad de la Gran Depresión (Eichengreen 1992a). Los tipos de cambio fijos, comentó después el economista de Harvard Gottfried von Haberler, se convirtieron en “una víctima de la Gran Depresión” (Habeler 1976, p.17).

Eso desencadenó una revolución en el pensamiento macroeconómico internacional. En los años cuarenta, una nueva expresión, ‘flexible exchange rates’, apareció en el discurso intelectual (Figura 1).1 Llama la atención que los alemanes fueron los pioneros en el debate sobre los tipos de cambio flexibles (‘flexible Wechselkurs’ o ‘schwankender Wechselkurs’), mientras que los franceses mostraron el menor interés (‘taux de change flexible’ o ‘taux de change flottant’).

Figura 1. Uso de la expresión ‘flexible exchange rate’ en libros en alemán, inglés y francés

Nota: El gráfico se elaboró con el Visor de Ngram de Libros de Google (https://books.google.com/ngrams/info). Muestra la frecuencia con la que se menciona la expresión flexible exchange rate en los libros digitalizados por Google; se usó ‘flexible Wechselkurs’ para los libros en alemán y ‘taux de change flexible’ para los libros en francés. Las variantes en inglés ‘floating exchange rate’, en alemán ‘schwankender Wechselkurs’ y en francés ‘taux de change flottant’ arrojaron tendencias similares.

El sistema monetario inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial se configuró en ese punto de inflexión intelectual. En julio de 1944, cuando los responsables de políticas se reunieron en Bretton Woods, New Hampshire, todavía costaba romper con la mentalidad de los tipos de cambio fijos. Pero, en atención a la realidad, el nuevo sistema permitía a los países ‘ajustar’ sus tipos fijos bajo supervisión internacional. Para autorizar estos cambios –y para supervisar las políticas cambiarias del mundo– se creó el FMI.

El sistema fue de corta duración. Con capitales que cruzaban el mundo en volúmenes cada vez mayores, los tipos fijos se sometían a prueba de forma continua. En 1953, el economista de la Universidad de Chicago y futuro premio Nobel Milton Friedman propuso el uso más extendido de los tipos de cambio flexibles (Friedman 1953). Como muestra la Figura 1, el uso de la expresión ‘flexible exchange rates’ se aceleró, una vez más en Alemania.

Cada vez más, sin embargo, los países no podían mantener su compromiso con un tipo de cambio fijo y, al mismo tiempo, alcanzar sus objetivos de política interna. En particular, los países con altas tasas de inflación necesitaban devaluar para competir en los mercados internacionales. Pero la comunidad internacional desaconsejaba la devaluación porque temía que otros la siguieran devaluando también para restablecer su competitividad; y, en el ámbito interno, los gobiernos se enfrentaban al coste político de haber gestionado mal la economía. Por esta razón, las devaluaciones tendían a demorarse. Mientras tanto, los mercados financieros, previendo una devaluación eventual, movieron enormes sumas de dinero a través de las fronteras para lanzar ataques especulativos contra las monedas vulnerables. Estas monedas acabaron devaluándose pese a una mezcla de respuestas que incluyó restricciones a las importaciones, controles a los movimientos de capital, restricciones a los precios y salarios y una austeridad severa (Bordo 1993, p.83).

Era cuestión de tiempo. Estados Unidos –pieza clave del sistema de Bretton Woods– registraba altas tasas de inflación y no podía sostener su compromiso de pagar 35 dólares por onza de oro. El 15 de marzo de 1968 se introdujo el denominado sistema de “dos niveles”, en virtud del cual los bancos centrales solo operarían entre sí al precio de 35 dólares y ya no comprarían ni venderían al precio de mercado. En ese momento, según afirma el historiador monetario Michael Bordo, el sistema de Bretton Woods llegó efectivamente a su fin. Como solo había entrado plenamente en funcionamiento en diciembre de 1958, había durado algo menos de una década (véase Bordo 1993 para una descripción más detallada).

En un artículo de marzo de 1969, Harry Johnson –de la London School of Economics y de la Universidad de Chicago– reformuló el argumento de Friedman. Una mayor flexibilidad del tipo de cambio permitiría a las autoridades nacionales más libertad en la gestión macroeconómica interna. En cambio, dijo, “se ha ofrecido poca defensa razonada [del sistema de tipos de cambio fijos] más allá del hecho de que existe y funciona de alguna manera, y de la afirmación de que cualquier cambio sería para peor” (Johnson 1969, págs. 12-13).

El 29 de septiembre de 1969, Alemania dejó flotar su tipo de cambio. Una vez más, los alemanes se adelantaron a los anglosajones.

Puesta en marcha de una unión monetaria europea

Y entonces Europa decidió ir en contra de la corriente de la historia. Los franceses orientaron a Europa hacia su preferencia por los tipos fijos y los alemanes, al principio a regañadientes, los siguieron. En agosto de 1969, el recién elegido presidente francés Georges Pompidou devaluó rápidamente el franco francés y convirtió la unión monetaria europea en una de sus prioridades. Willy Brandt, que se convirtió en canciller de la Alemania Occidental en octubre, estaba dispuesto a poner a prueba la idea para ganar margen para la reconciliación con el Este, la Ostpolitik. Así, Brandt accedió a la petición de Pompidou de convocar una cumbre de líderes europeos en La Haya en diciembre de 1969 para debatir, entre otras cuestiones, una unión monetaria europea. Los líderes crearon un comité presidido por Pierre Werner, primer ministro de Luxemburgo, y en octubre de 1970 el Comité Werner presentó su hoja de ruta.

Los alemanes aún no estaban listos para ceder. En las consultas franco-alemanas de julio de 1971, informaron sobre “las ventajas [que la flotación del marco alemán] ya había aportado” (Rutherford 1973). En octubre de 1971, en las Reuniones Anuales del Banco Mundial y del FMI, el ministro de Economía alemán Karl Schiller afirmó: “el mecanismo de ajuste de los tipos de cambio ha sido mucho demasiado rígido… es importante que las paridades [tipos de cambio] poco realistas se ajusten con prontitud y suficiencia. Deberíamos considerar los cambios de paridad no como cuestiones de prestigio político ni de victoria o derrota, sino desde un punto de vista económico sereno” (Schiller 1971, p.195).

Las diferencias franco-alemanas sobre los tipos de cambio reflejaban una discrepancia más profunda sobre el papel de los mercados a la hora de determinar los resultados económicos. Sus posiciones eran marcadamente distintas incluso al negociar el Tratado de Roma en los años cincuenta para abrir las fronteras al comercio europeo. El entonces ministro de Economía alemán, Ludwig Erhard, se opuso al Tratado porque quería que las fronteras estuvieran abiertas para todos los países, no solo para los demás países europeos. Los franceses no querían abrir las fronteras, ni siquiera a otros países europeos (Marjolin 1989, p.281).

Pero, como muestra la Figura 1, a comienzos de los años setenta la curva alemana empezó a inclinarse hacia la francesa. Sin querer aparecer como un obstáculo para el proceso de integración europea, los alemanes se plegaron a los franceses. En 1972, siguiendo una recomendación del Informe Werner, se creó el denominado sistema de la “serpiente en el túnel”, como esfuerzo por limitar los tipos de cambio bilaterales de las principales economías europeas. Ese acuerdo fue rápidamente barrido por la turbulencia global de aquellos años. En 1979, el mecanismo de tipos de cambio fue un intento de reanimar la serpiente. Una vez más, se exigió a los países mantener sus tipos de cambio bilaterales dentro de bandas estrechamente definidas. Finalmente se vino abajo en 1992-93.

Pese a las repetidas pruebas de la realidad, los sucesivos presidentes franceses siguieron defendiendo los tipos de cambio fijos dentro de una unión monetaria. Para ellos, la dependencia de la política monetaria alemana era intolerable. La preocupación fue expresada con mayor pasión por el presidente Francois Mitterrand en una conversación de septiembre de 1989 con la primera ministra británica Margaret Thatcher: “Sin una moneda común, todos nosotros, vosotros y nosotros, ya estamos a merced de los alemanes. Cuando suben sus tipos de interés, estamos obligados a seguirlos, y vosotros, que ni siquiera estáis en el sistema monetario, ¡hacéis lo mismo! Así pues, la única manera de tener derecho a opinar es crear un Banco Central Europeo donde podamos decidir juntos las cosas”, Guigou (2000, págs. 76).

Obsérvese que, aunque el debate intelectual alemán sobre los tipos de cambio flexibles disminuyó después de 1970 aproximadamente, solo descendió hasta el nivel anglosajón. El uso francés se mantuvo firmemente bajo. Además de profundas diferencias ideológicas, los alemanes siempre fueron plenamente conscientes de que una unión monetaria podía obligarlos a pagar las facturas de otras naciones incapaces de resistir los rigores de dicha unión. Por esta razón, la opinión pública alemana y los tecnócratas se opusieron a la moneda única. Pero un hombre impulsó el proyecto: el canciller alemán Helmut Kohl. Desde la cumbre de líderes europeos de Estrasburgo en diciembre de 1989 (cuando dio luz verde para empezar a redactar el Tratado de Maastricht) hasta la cumbre de Bruselas de mayo de 1998 (cuando insistió en que Italia estaría entre los primeros miembros del club del euro), llevó al euro hasta su nacimiento. En el proceso, legitimó una nueva forma de pensamiento de grupo.

Críticos de la moneda común

Roland Benabou sostiene que el pensamiento de grupo tiene cuatro características: un líder que defiende una postura; el desprecio de los críticos externos; el silenciamiento de los críticos internos; y, como consecuencia, el deslizamiento hacia misiones de riesgo grande –e irrazonable–.2

La desatención consciente de los críticos externos es bien conocida. Todo un sector de economistas y responsables de políticas contemporáneos anglosajones advirtió de los peligros, empezando por el economista de la Universidad de Cambridge Nicholas Kaldor, que escribió una crítica feroz unos meses después de que se publicara el Informe Werner.3

Entre los críticos internos, algunos se marcharon y otros se alinearon con Kohl. Entre los críticos más destacados que optaron por marcharse estuvo el presidente del Bundesbank, Karl Otto Pohl. Como todos los funcionarios alemanes, se plegó al objetivo de la integración europea. Pero respecto a la moneda única fue claro en que Europa no estaba preparada. Y aunque era posible construir una visión técnica de cómo podría funcionar eventualmente dicha moneda, creía que aún hacía falta mucho trabajo previo antes de alcanzar las condiciones para el éxito. En 1989, en los meses previos a la reunificación alemana, Pohl hizo repetidos esfuerzos públicos para frenar el proceso. De hecho, en una ocasión dijo que la primera ministra británica Margaret Thatcher –la crítica política más feroz de la moneda única– comprendía los riesgos mejor que su propio canciller.4 Constantemente minado, Pohl dejó el cargo en mayo de 1991, antes de que concluyera su mandato.

El ministro de Finanzas Theo Waigel, personalmente enfrentado a Pohl, coincidía con él en lo económico. Ambos se habían opuesto a la conversión de un Ostmark de Alemania Oriental por un marco alemán occidental. Waigel también insistió en un ritmo más lento de integración monetaria europea, al menos hasta el Tratado de Maastricht en diciembre de 1991. Pero luego se plegó a la agenda de Kohl. El compromiso que Waigel impulsó fue una austeridad fiscal europea para proteger a los alemanes de pagar la cuenta de los demás. Una vez más, los críticos contemporáneos advirtieron de que esto, junto con una única política monetaria para países dispares, dificultaría la gestión macroeconómica, sobre todo en las recesiones económicas. Pero, desatendiendo esas advertencias, se forjó una unión monetaria incompleta, sin las salvaguardas de la movilidad laboral y de una unión fiscal.

Observaciones finales

Así, en ese punto de inflexión de la historia –cuando la política desafió a la economía–, nació la macroeconomía de la austeridad europea, protegida por el pensamiento de grupo y necesariamente encerrada en camisas de fuerza institucionales. Mientras los europeos estrechaban sus opciones macroeconómicas, el resto del mundo avanzaba de forma constante hacia la flexibilidad macroeconómica –en los acuerdos cambiarios, monetarios y fiscales.

En la antesala del euro, en 1997, Milton Friedman advirtió de que cuando la política choca con la economía, el resultado no es nada bonito. Hoy, ese choque se manifiesta en Grecia. Irónicamente, aunque la intención francesa era reducir la influencia alemana, una Alemania más dominante es ahora la que determina cómo ve Europa su crisis financiera. La lógica económica y la evidencia para afrontar el caso griego son claras.[5] Sin embargo, la política sigue desafiando a la economía, y el pensamiento de grupo impide el curso doloroso pero sensato.

Referencias

Bénabou, R (2013), “Groupthink: Collective Delusions in Organizations and Markets”, Review of Economic Studies 80: 429-462.

Bordo, M (1993), “The Bretton Woods International Monetary System: A Historical Overview”, en M D Bordo y B Eichengreen, editores, A Retrospective on the Bretton Woods System: Lessons for International Monetary Reform, Chicago: University of Chicago Press.

Eichengreen, B (1992a), Golden Fetters: The Gold Standard and the Great Depression, 1919-1939, Oxford: Oxford University Press.

Friedman, M (1953), “The Case for Flexible Exchange Rates”, en M Friedman, Essays in Positive Economics, págs. 157-203, Chicago: University of Chicago Press.

Friedman, M (1997), “Why Europe Can’t Afford the Euro”, The Times, 19 de noviembre, pág. 22.

Guigou, E (2000), “Elisabeth Guigou: Une femme au Coeur de l’Etat [Una mujer en el corazón del Estado]”, París: Fayard.

Haberler, G (1976), “The World Economy, Money, and the Great Depression 1919-1939”, Foreign Affairs Study n.º 30. Washington, D.C.: American Enterprise Institute.

Johnson, H (1969), “The Case for Flexible Exchange Rates, 1969”, Federal Reserve Bank of St. Louis Review, junio: 12-24.

Kaldor, N (1978), “The Dynamic Effects of the Common Market (1971)”, en Further Essays of Applied Economics, Nueva York: Holmes and Meier Publishers, Inc.

Marsh, D and A Fisher (1989), “Sceptical Champion of EC Monetary Integration”, Financial Times, 1 de julio, pág. 7.

Marjolin, R (1989), Architect of European Unity: Memoirs 1911-1986, Londres: Weidenfield and Nicolson.

Mody, A (2015), “A Programme for Greece: Follow the IMF’s Research”, VoxEU.org, 18 de junio.

Rutherford, M (1971), “French and Germans Argue on about Floating Rates”, Financial Times, 6 de julio, pág. 7.

Schiller, K (1971), “Statement by the Governor of the Bank for Germany”, Summary Proceedings of the 26th Annual Meetings, 27 de septiembre -1 de octubre, 1971, Washington DC: International Monetary Fund.

Shiller, R (2015), Irrational Exuberance, Princeton: Princeton University Press.

Notas al pie

1 En cambio, el término ‘real interest rate’ había aparecido en la década de 1890 (Shiller 2015).

2 Benabou (2013).

3 Véase Kaldor (1978).

4 Marsh y Fisher (1989).

5 Mody (2015).

Este artículo se publica en colaboración con VoxEU. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas en él.

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Autor: Dae Woong Kang es estudiante de pregrado e investigador de la Woodrow Wilson School of Public and International Affairs de la Universidad de Princeton. Ashoka Mody es Charles and Marie Robertson Visiting Professor in International Economic Policy en la Woodrow Wilson School de la Universidad de Princeton.

Imagen: Banderas de los Estados miembros de la Unión Europea ondean frente al edificio del Parlamento Europeo en Estrasburgo, 15 de abril de 2014. REUTERS/Vincent Kessler

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