Davos 2024: discurso especial de Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España

Spain's Prime Minister Pedro Sánchez at the World Economic Forum Annual Meeting 2024.
'Crucial political decisions will have to be made regarding some of the main societal dilemmas we face' says Spain's Prime Minister Pedro Sánchez.
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Queridos amigos:

Imaginen por un momento que estamos en el año 2030, en la 60.ª edición de este foro.

Imaginen que el mundo no ha logrado alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible ni los objetivos del Acuerdo de París.

Imaginen que la temperatura del planeta ha aumentado más de 1,5 grados, lo que ha provocado la degradación de nuestros ecosistemas, y que nuestro PIB ha caído 15 puntos.

Imaginen que las noticias falsas y la polarización política han reducido el número de democracias. Que el avance de la digitalización y de la inteligencia artificial no se ha gobernado adecuadamente, ha aumentado la desigualdad y ha expulsado del mercado laboral a millones de personas.

Imaginen este escenario y díganme: ¿sería bueno para sus negocios?

Y, lo que es más importante: ¿sería bueno para sus hijos, para sus amigos, para sus conciudadanos?

El futuro que les describo no es una distopía. Es un futuro posible. Una proyección probable del mundo en el que acabaremos viviendo si nos dejamos llevar por la inercia o por la resignación.

Lo que está en juego es importante: 76 países –más de la mitad de la población mundial– celebrarán elecciones este año. Y se deberán tomar decisiones políticas cruciales sobre algunos de los principales dilemas sociales a los que nos enfrentamos.

Quisiera referirme aquí a tres de ellos, que considero especialmente urgentes.

El primero se refiere a la supervivencia misma del orden internacional basado en normas, que nos ha traído tanta prosperidad desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

España es una democracia plena. Es un país abierto, moderno y tolerante que defiende el proyecto europeo, pero también el sueño globalista que inspiró la creación de las Naciones Unidas y de las instituciones de Bretton Woods.

Por eso nos comprometemos con la apertura económica, con la solidaridad internacional y con el sistema multilateral.

Un sistema que hoy está amenazado por quienes promueven la fragmentación, la intimidación o el uso de la fuerza para imponer sus intereses y su voluntad.

Está ocurriendo en Ucrania, un país que lucha por su libertad frente al autoritarismo de Putin, y donde millones de personas han sido desplazadas de sus hogares.

Y permítanme ser claro: apoyamos a Ucrania y celebramos el reciente anuncio de una futura Cumbre de Paz que defienda los principios y valores consagrados en la Carta de las Naciones Unidas.

También está ocurriendo en Siria, donde una guerra hoy olvidada se ha cobrado la vida de más de 300.000 personas. Solo el año pasado, 4.000.

Y está ocurriendo en Gaza, donde 24.000 personas han muerto en apenas 100 días y cientos de miles se encuentran al borde de una catástrofe humanitaria. Personas mayores, mujeres y niños inocentes que han perdido sus hogares, sus empleos, sus familias. Y que ahora están a punto de perder también la esperanza.

Reconocemos el legítimo derecho de Israel a defenderse frente a un vil y monstruoso ataque terrorista. Pero también exigimos el respeto del derecho internacional humanitario. Por eso, hoy aquí, quisiera reiterar, una vez más, la necesidad de un alto el fuego inmediato y de convocar una conferencia internacional para aplicar una solución definitiva a este conflicto de larga duración. Una solución que reconozca la existencia de dos Estados, Israel y Palestina, que vivan en paz y seguridad.

Quiero hacerlo porque este drama humano debe detenerse. Porque el curso actual de los acontecimientos no beneficiará ni al pueblo palestino ni al israelí.

Pero también porque lo que está en juego es la seguridad de las cadenas globales de suministro. Es el comercio. La prosperidad. La estabilidad de todo Oriente Medio. Y la continuidad del orden multilateral.

Señoras y señores, el futuro de la estabilidad del mundo se está decidiendo en Ucrania y en Gaza mientras hablamos.

No podemos equivocarnos. Como nos equivocamos en otros lugares. Debemos ser coherentes y defender los mismos principios y valores dondequiera y cuandoquiera que se produzca una vulneración. Tenemos que impulsar el diálogo, el Estado de derecho y la paz.

El segundo desafío global que considero necesario abordar es la gobernanza de la inteligencia artificial.

Miren, soy un firme creyente en el progreso científico. Estoy convencido de que la IA y otras tecnologías de vanguardia son la mejor opción de que disponemos para superar desafíos como el envejecimiento, la crisis ambiental, la propagación de enfermedades o la baja productividad. Y de que, si las utilizamos bien, nos permitirán alcanzar niveles de bienestar inimaginables.

Pero también creo que estas oportunidades no deben hacernos ignorar las amenazas. Las encuestas revelan que una mayoría de ciudadanos piensa que la IA destruirá sus empleos, ampliará la brecha entre ricos y pobres y empeorará sus niveles de vida.

Y debemos escuchar estos temores. Debemos prestar más atención a las preocupaciones de nuestros trabajadores, de nuestra juventud y de nuestros mayores, y menos a las promesas vacías de algunos gurús de Silicon Valley, que están más interesados en ganar seguidores o en subir en la lista de Forbes que en el verdadero progreso de la humanidad.

Nuestro deber es comprender que las preocupaciones de la gente no son ignoradas. Que el peligro es real, y que debemos darles una respuesta eficaz y coordinada.

Hoy, más que nunca, el mundo necesita una gobernanza global de la digitalización. Una gobernanza que defienda los derechos fundamentales de los ciudadanos por encima de los intereses de los Estados y de las grandes corporaciones.

Una gobernanza que haga frente a las ciberamenazas, a las ultrafalsificaciones y a las mentiras tóxicas que circulan en internet y que amenazan a nuestras democracias y a la propia seguridad de nuestros hijos.

Una gobernanza que garantice que los sistemas de IA no incorporen sesgos discriminatorios ni reproduzcan viejas injusticias, al tiempo que facilite la innovación y las inversiones para el desarrollo de esta tecnología..

Ese es el propósito del reglamento europeo de IA aprobado recientemente bajo la presidencia española del Consejo.

Y, por favor, no me consideren un luddita. Soy un firme defensor del progreso tecnológico. Soy el presidente de un país que está decidido a desempeñar un papel de liderazgo en la actual revolución industrial.

Un país que ha puesto en marcha un plan estratégico con más de 12.500 millones de euros para impulsar la fabricación de semiconductores.

Un país que lidera los rankings europeos en digitalización del sector público. Y que acaba de poner en funcionamiento uno de los diez superordenadores más potentes del mundo.

Creo firmemente que la digitalización será buena y necesaria. Que hará la vida mejor para todos nosotros.

Pero también creo que la historia enseña que este resultado no llegará por sí solo. Tendremos que luchar por él.

Y lo vamos a hacer. Por el bien de nuestros hijos y de nuestro planeta.

Quienes aprendimos a no creer en la mano invisible del mercado no podemos ahora profesar una fe ciega en la mano invisible de la inteligencia artificial.

La invisibilidad suele buscarse para hacer el mal, no el bien.

Solo confío en las manos de carne y hueso. Las que levantan la persiana de un negocio cada mañana. Las que sostienen un libro en la escuela, preparan la cena por la noche para su familia o depositan un voto en la urna. Me preocupo por esas manos, reales y visibles.

Por eso creo que el tercer gran desafío que tenemos por delante es garantizar la prosperidad de nuestros ciudadanos.

La extrema derecha está creciendo. Los regímenes autocráticos proliferan en Occidente y en otras regiones del mundo. Pero la verdad es que esta terrible tendencia es solo un síntoma de problemas más profundos.

Uno de ellos es la erosión de las clases medias y trabajadoras. Las mismas clases medias y trabajadoras que no siempre se han beneficiado de las transformaciones económicas de las últimas décadas. Que sufrieron durante las crisis financieras de 2008 y 2012. Y que ahora viven angustiadas por un futuro marcado por la incertidumbre mientras siguen perdiendo poder adquisitivo.

La vida es cara. Ya lo era antes de que la guerra de Putin y la pandemia se combinaran para desatar una crisis inflacionista. Ahorrar algo de dinero, comprar una vivienda o simplemente irse de vacaciones resulta cada vez más difícil para una parte creciente de la población mundial.

Y eso es un problema. Una traición a quienes construyeron este sistema con su trabajo duro y su sacrificio, y a quienes debemos todo: la democracia, la justicia social, la libertad.

Debemos detener esta erosión. Y debemos hacerlo sin dar la espalda a nuestros valores, a la crisis ambiental ni a las necesidades de los países más pobres.

En definitiva, debemos ser audaces y definir un nuevo paradigma de prosperidad. Una nueva ortodoxia económica y social que aproveche el conocimiento y las nuevas herramientas de que disponemos para conjugar el crecimiento económico con la sostenibilidad ambiental y la prosperidad para todos.

Soy plenamente consciente de que este es el objetivo que persiguen muchos gobiernos de todo el mundo, de distintas ideologías. Y debo decirles que este es –en último término– el principal proyecto que mi país, España, está llevando a cabo.

En los últimos años hemos demostrado que es posible crear riqueza y mejorar al mismo tiempo las condiciones de los trabajadores. Hemos incrementado el salario mínimo un 54 %. Hemos ampliado los derechos laborales. Hemos reducido la temporalidad, la desigualdad y la pobreza.

Y hemos creado más de 2 millones de empleos nuevos, muchos de ellos en sectores de alto valor añadido, como el de la tecnología.

Al mismo tiempo, hemos crecido por encima de las medias de la eurozona y de la OCDE. Hemos sido uno de los países de Europa que más rápido ha reducido la inflación. Hemos atraído más inversión extranjera directa que nunca y nuestras empresas han obtenido beneficios récord.

En definitiva, hemos demostrado que la competitividad económica y la prosperidad de la gente no son incompatibles.

Además, hemos demostrado también que es posible fortalecer el Estado del bienestar y, al mismo tiempo, afianzar su sostenibilidad.

Que avanzar en la igualdad de género no es solo una cuestión de justicia, sino que tiene un impacto positivo en el crecimiento económico. Que invertir en ciencia, innovación y capital humano se traducirá en ganancias de productividad a largo plazo.

Hemos reducido los impuestos a las clases medias y trabajadoras y los hemos aumentado para los más ricos.

Hemos reducido a la mitad el déficit público.

Hemos ampliado el apoyo que el Estado presta tanto a los ciudadanos como a las empresas.

Hemos puesto en marcha políticas sin precedentes: miles de millones de euros para apoyar a los trabajadores y a los hogares, transporte público gratuito y un ingreso mínimo vital pionero que ya beneficia a más de dos millones de personas vulnerables.

Hemos impulsado políticas que nos decían que eran imposibles o temerarias. Y, sin embargo, han demostrado ser posibles y beneficiosas.

Hoy, los españoles saben que las políticas neoliberales no funcionan. Que la opción de reducir el tamaño del sector público y dejar a los ciudadanos y a las pequeñas empresas a su suerte cuando surgen problemas no tiene sentido. Y que, cuando colaboramos y permanecemos unidos, somos más fuertes.

Mi país ha demostrado que es posible crecer mientras se combate el cambio climático. En cinco años hemos reducido nuestro consumo de recursos naturales un 7 %, hemos disminuido nuestras emisiones en 10 puntos y hemos incrementado nuestra producción de energía renovable un 34 %.

En 2023, España generó la mitad de su electricidad a partir del sol, el viento y el agua. Hemos sido la primera gran economía de la UE en lograrlo.

Y estos avances medioambientales no nos han empobrecido. Tampoco nos han hecho menos competitivos. Todo lo contrario. Nos han permitido desarrollar nuevas industrias, crear miles de empleos nuevos y generar energía a precios muy competitivos. Hoy, los hogares y las empresas españolas pagan un 58 % menos en su factura eléctrica que en 2022.

Pero para tener aún más éxito, este nuevo modelo de prosperidad necesitará aumentar la implicación del sector privado.

Las empresas son esenciales para el crecimiento y el bienestar de un país. Crean empleo, innovación y oportunidades que nos hacen mejores.

Pero esa creación no se produce en el vacío. Ustedes –sus empresas– son un producto de la democracia. Un producto de un orden internacional basado en normas y de los Estados del bienestar que sostienen a las clases medias y trabajadoras, que garantizan la paz y aseguran niveles adecuados de capital humano y prosperidad.

Sin estos pilares, sus modelos de negocio se derrumbarían como un castillo de naipes.

Por ese motivo, les pido que se impliquen. Ayúdennos a elevar el poder adquisitivo de los trabajadores, a frenar la emergencia climática, a reivindicar las normas internacionales y a defender la democracia y combatir la involución que representa la ola reaccionaria que recorre el mundo. En definitiva: ayúdennos a dar a la gente una vida mejor.

No acepten los viejos postulados neoliberales que presentan al Estado como una entidad puramente extractiva que no genera valor. Ni los que afirman que la única responsabilidad de las empresas es aumentar los beneficios de sus accionistas.

Estas ideas han quedado demostradas como erróneas. Por la ciencia y por la experiencia.

Ustedes lo saben. Saben que las empresas necesitan a los gobiernos para innovar y crecer. Y que, si las empresas no trabajan juntas –si no alinean sus intereses con los de la sociedad en su conjunto–, no podremos superar los grandes desafíos de nuestro tiempo. Y esto tendrá un impacto en sus negocios.

Actúen en consecuencia. Actúen con responsabilidad. Piensen a largo plazo. No se dejen arrastrar por esos medios de comunicación radicales y por esos partidos políticos que están obsesionados con presentarnos como rivales sistémicos. Que se benefician de vender polarización. No caigan en su trampa.

Colaboremos.

Aprovechemos los grandes desafíos que mencioné anteriormente para tender puentes, potenciar sinergias y establecer nuevas formas de colaboración público-privada.

El Gobierno de España es su aliado.

Hemos aprendido por experiencia propia que existe un círculo virtuoso entre el crecimiento y la redistribución de ese crecimiento. Que la forma más sólida y resiliente de crecer es asegurarse de que los beneficios del crecimiento lleguen a toda la población, especialmente a los más vulnerables.

España es un paraíso para aquellas empresas que quieren prosperar gracias a la innovación, el talento, una energía limpia y barata, la estabilidad institucional y unas infraestructuras de primer nivel.

Para aquellas empresas que quieren enriquecerse generando valor real y pagando su justa parte de impuestos.

Damos la bienvenida a estas empresas con los brazos abiertos.

Queridos amigos:

Estamos en el umbral de un año crucial. Un año en el que se decidirá el futuro del orden internacional y de las sociedades liberales.

Nuestros ciudadanos no nos fallarán. Estoy seguro.

Estarán a la altura de la tarea, como lo han estado siempre en los momentos decisivos.

Pero es importante que también lo estén los gobiernos y las empresas.

Debemos trabajar juntos para construir una nueva prosperidad. Un nuevo triángulo virtuoso formado por el sector privado, el Estado y la sociedad civil que nos permita garantizar la prosperidad económica, potenciar el bienestar y la igualdad y asegurar la sostenibilidad ambiental para todos y en todo el mundo.

No será fácil. Pero valdrá la pena el esfuerzo.

Muchas gracias.

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