¿Podemos mejorar el mundo permaneciendo imparciales?

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¿Qué se hace cuando estalla un conflicto violento, mueren personas inocentes y se violan los derechos humanos? Creo que cualquier persona con corazón y brújula moral se sentiría obligada a condenar a los agresores. No hacerlo parece incorrecto desde el punto de vista moral y podría aumentar el riesgo de una mayor escalada. ¿Estamos entonces equivocados, como institución internacional, al no pronunciarnos de manera inequívoca cuando surgen conflictos y sufren personas inocentes? ¿Nos estamos “escondiendo” tras nuestra imparcialidad?

Mi convicción personal se inclina firmemente hacia alzar la voz. Crecí en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial y justo después, y entre las lecciones morales de mayor impacto que nos enseñaron estuvieron las del pastor Martin Niemöller. Se arrepintió de no haber hecho nada y advirtió de las consecuencias. “Por último vinieron a por mí”, dijo al referirse a su detención en 1938, “y no quedó nadie que alzara la voz por mí.”

Para mí, su lección no trataba tanto sobre el precio personal que podríamos pagar algún día por no alzar la voz en una situación similar, sino sobre el precio social que pagamos colectivamente cuando la injusticia recibe silencio como respuesta. La implicación era clara: la moral personal es la piedra angular de una sociedad justa, y es responsabilidad de cada uno de nosotros alzar la voz cuando se cruzan los límites éticos, sea cual sea nuestro origen o función. Nuestro destino colectivo depende de ello.

Puede parecer contradictorio que la organización que fundé hace más de 50 años, por norma general, no se pronuncie públicamente como institución cuando se produce una injusticia. Muchos de los miembros de la dirección de la organización han querido a menudo tomar postura, pero casi nunca lo hemos hecho. El Foro Económico Mundial no ha emitido condenas públicas cuando estallaron guerras, cuando los regímenes cometieron crímenes o cuando llegaron al poder líderes autoritarios, racistas o xenófobos. ¿Por qué?

La razón es que desempeñamos otro papel en nuestro empeño por ayudar a mejorar el estado del mundo. Es el papel de tender puentes, el de intermediario imparcial e independiente, no solo entre el sector público y el privado, sino también, cuando es posible, entre fuerzas políticas opuestas. Es un papel que tiene más éxito cuando se desarrolla entre bastidores y sin ruido público. No obstante, es fundamental para construir un mundo de paz, cooperación y prosperidad compartida, y depende de forma crucial de no adoptar una postura pública.

A lo largo de nuestra historia, hemos crecido de forma orgánica hacia este papel. Como somos, en origen, un foro económico, atrajimos a partes de orígenes muy diversos: empresas competidoras, pero también partidos políticos opuestos y rivales geopolíticos. Encontraron en nosotros una plataforma en la que podían hablar de algo que los unía, en lugar de algo que los enfrentara entre sí. Y con el tiempo nos permitió reunir a partes que de otro modo no se encontrarían.

En la década de 1980, por ejemplo, los líderes políticos de Turquía y Grecia se reunieron en Davos y lo utilizaron como foro informal para trabajar por la paz y la colaboración. Lo mismo ocurrió con los líderes sudafricanos saliente y entrante, F.W. De Klerk y Nelson Mandela, con los líderes de Alemania Occidental y Oriental, con los líderes de Chipre y, en distintas épocas, con líderes políticos y, más tarde, empresariales de Israel y los Territorios Palestinos.

La imparcialidad y la neutralidad están consagradas en nuestra carta como organización internacional. También las hemos incorporado a todas nuestras normas de gobernanza, lo que permite que las personas se asocien con el Foro independientemente de su raza, nacionalidad, género o convicción política, sabiendo que el propósito del Foro es mejorar el estado del mundo mediante el diálogo y la colaboración orientada a la acción.

En última instancia, estoy convencido de que nuestro papel como organización imparcial e independiente es el adecuado. Nos ha permitido en numerosas ocasiones reunir a partes que ni siquiera podían imaginar que se encontrarían, y convencerlas de trabajar por una cooperación pacífica. Pudimos hacerlo, no como resultado de una única acción o declaración, sino gracias a la aplicación coherente de nuestro principio de imparcialidad, incluso en las circunstancias más difíciles.

Tanto a nivel personal como institucional, apoyamos y respaldamos plenamente los principios, derechos y marcos universales que se establecieron en los últimos 75 años para garantizar que todas las personas del mundo puedan llevar una vida pacífica y próspera. Pero en lo que respecta a pronunciarnos sobre conflictos concretos y con partes específicas implicadas, nos abstendremos de respaldar o condenar a cualquiera de los bandos. Es una decisión que tomamos con convicción y valentía, ya que sabemos que en el mundo que se está configurando habrá cada vez más necesidad de un tendedor de puentes de confianza y honesto.

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