Kemal Derviş, exministro de Economía de Turquía, administrador del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y vicepresidente del Banco Mundial, es actualmente vicepresidente de la Brookings Institution.
WASHINGTON – En la mayoría de las democracias avanzadas, un gran partido de centroderecha compite con un gran partido de centroizquierda. Por supuesto, el grado en que un sistema electoral favorece a los grandes partidos —al exigir umbrales altos de voto popular para entrar en el parlamento, o mediante circunscripciones de ganador único— afecta al grado de fragmentación política. Pero, en términos generales, las democracias desarrolladas se caracterizan por la competencia entre grandes partidos de centroizquierda y centroderecha. Entonces, ¿qué deben hacer los auténticos centristas, como Mario Monti, el respetado primer ministro tecnócrata de Italia?
Ciertamente, las lealtades regionales y étnicas desempeñan un papel mayor en algunos lugares de Europa —por ejemplo, Escocia, Bélgica y Cataluña—, pero mucho más en los países emergentes, donde las divisiones políticas también reflejan circunstancias poscoloniales específicas y, a menudo, el legado del gobierno de partido único. No obstante, incluso en las democracias de «mercados emergentes», como Chile, México, Corea del Sur e India, una división izquierda-derecha desempeña un papel importante, mientras que quienes reclaman el centro político suelen seguir siendo débiles.
Los Liberal Democrats británicos, por ejemplo, llevan décadas intentando convertirse en una tercera fuerza centrista sólida, sin éxito. Aunque el vocabulario político en Estados Unidos es distinto, el Partido Demócrata, desde la presidencia de Franklin Roosevelt, es efectivamente una fuerza de centroizquierda, el Partido Republicano ocupa la derecha y no existe ningún otro partido relevante.
En Francia y Alemania hay más fragmentación. La política sigue dominada por un gran partido de centroizquierda y un gran partido de centroderecha, pero grupos más pequeños —algunos que reclaman el centro y otros los extremos de derecha e izquierda— los desafían en distinto grado. En algunos países, los «Verdes» tienen identidad propia, cercana a la izquierda; pero, pese al notable avance en Alemania, siguen sin alcanzar el tamaño electoral de los grandes partidos de centroderecha y centroizquierda.
Existen variaciones de esta estructura básica en España, Portugal, Grecia, Turquía y los países nórdicos. La situación es especialmente interesante en Italia, donde Monti, tras decidir presentarse a las próximas elecciones generales, ha tenido que posicionarse en la derecha (lo que señaló al asistir a una reunión de los líderes de los partidos de centroderecha europeos). Él y el exprimer ministro Silvio Berlusconi luchan ahora por el espacio en la derecha, mientras que los Demócratas, de centroizquierda, lideran las encuestas.
Hay al menos cuatro diferencias entre los enfoques de centroderecha y centroizquierda ante los desafíos sociales y económicos. La derecha confía más en los mercados para asignar recursos y proporcionar incentivos adecuados; favorece el consumo privado frente a los bienes públicos; se preocupa mínimamente por la desigualdad económica; y tiende a ser más nacionalista y menos optimista respecto a la cooperación internacional.
La izquierda, en cambio, cree que los mercados, particularmente los financieros, necesitan una regulación y supervisión gubernamentales considerables para funcionar bien; otorga mayor peso a los bienes públicos (por ejemplo, parques, un medio ambiente limpio y sistemas de transporte público masivo); busca reducir la desigualdad económica, al considerar que esta socava la democracia y el sentido de justicia que es importante para el bienestar; y está más dispuesta a promover la cooperación internacional como medio para garantizar la paz y proporcionar bienes públicos globales, como la protección del clima.
Al observar las políticas económicas reales tal como han evolucionado durante décadas, vemos que siempre combinan elementos de centroderecha y centroizquierda. Las crisis financieras reiteradas han moderado incluso la fe de la derecha en los mercados sin regulación, mientras que la izquierda se ha vuelto más realista y cautelosa respecto a la planificación estatal y los procesos burocráticos. Asimismo, la elección entre bienes de consumo privado y bienes de consumo público a menudo se difumina, ya que los políticos tienden a reforzar la comprensible tendencia de los ciudadanos a exigir bienes públicos mientras rechazan los impuestos necesarios para financiarlos.
Dado que la desigualdad de ingresos ha aumentado —de forma drástica en algunos países, como Estados Unidos— ha pasado a primer plano del debate, reforzando la tradicional división política. No obstante, la centroderecha y la centroizquierda discuten sobre el grado de redistribución, no sobre la necesidad de cierta progresividad en impuestos y transferencias. Ambas también coinciden en la necesidad de cooperación internacional en un mundo cada vez más interdependiente, con diferencias que se refieren principalmente al esfuerzo que conviene dedicarle.
Entonces, dado que las diferencias en las políticas, tal como se aplican, se han convertido en gran medida en una cuestión de grado, ¿por qué siguen siendo débiles los partidos centristas? ¿Por qué no han logrado unir a los moderados de ambos lados de la división ideológica?
Una razón es que solo una minoría de cualquier población participa activamente en política. Los miembros activos de los partidos tienen puntos de vista más coherentes desde el punto de vista ideológico —y los sostienen con más firmeza— que la mayoría de quienes están menos comprometidos políticamente, lo que da a los activistas una influencia desproporcionada en el proceso político. Después de todo, las ideas y propuestas políticas más matizadas son relativamente difíciles de difundir con la eficacia suficiente para generar un apoyo popular amplio y entusiasta.
Pero también existen diferencias fundamentales en valores y filosofías económicas, así como en intereses económicos, lo que conduce a un posicionamiento bastante coherente de los votantes a la derecha o a la izquierda. El desacuerdo puede llevar a compromisos, pero eso no cambia las diferencias de fondo en las posiciones de partida.
Probablemente es positivo que persista una competencia estructurada entre grandes partidos de centroderecha y centroizquierda. Estos partidos pueden ayudar a integrar a los extremos en la corriente política principal, al tiempo que facilitan la alternancia en el poder, esencial para el dinamismo de cualquier democracia; un sistema en el que un gran partido centrista se mantuviera permanentemente en el poder sería mucho menos deseable. Quienes, como Monti, quieren plantear un desafío desde el centro, por personalmente impresionantes que sean, tienen obstáculos considerables que superar, y por buenas razones.
Imagen: La nieve cae sobre el Edificio del Parlamento en Londres REUTERS/Russell Boyce






