El apretón de manos entre Barack Obama y el líder cubano Raúl Castro en la Cumbre de las Américas el pasado fin de semana en Panamá hizo historia, pues ambos se arriesgaron a superar cinco décadas de relaciones diplomáticas rotas.
La reapertura de embajadas no pondrá fin al embargo económico de Estados Unidos contra Cuba ni supondrá una apertura política automática en Cuba, pero es un primer paso crucial.
En un escenario más amplio, al abordar este vestigio de la Guerra Fría en la política exterior de Estados Unidos, Obama abrió la puerta a poner en práctica su doctrina de política exterior de compromiso en una región que hoy es más fuerte y menos dependiente de Estados Unidos que en cualquier otro momento del pasado.
América Latina lleva mucho tiempo buscando relacionarse con Estados Unidos en condiciones más igualitarias, irritada por el predominio estadounidense en las organizaciones financieras y regionales y por desaires más recientes en política exterior. Tras dos décadas de relativa estabilidad democrática y económica, diversidad comercial y autonomía en política exterior, la región está preparada no solo para relacionarse con Estados Unidos en sus propios términos, sino también para asumir más responsabilidad por sus propios asuntos.
Para Estados Unidos, la oportunidad de estrechar vínculos con países pacíficos y afines es vital para su propia recuperación económica, así como para sus esfuerzos por abordar el crimen organizado transnacional y las drogas, la migración y el cambio climático.
Sin embargo, el llamamiento de Obama a mirar hacia el futuro y dejar de culpar a Estados Unidos por los problemas políticos internos, y su esperanza de que los líderes regionales se exigieran mutuamente cumplir los compromisos hemisféricos en materia de democracia y derechos humanos, no se hicieron realidad en la Cumbre.
Los líderes elogiaron y reprendieron a Obama
Aunque lo elogiaron por el acercamiento con Cuba, los líderes regionales también reprendieron al presidente Obama por imponer sanciones a funcionarios venezolanos por abusos contra los derechos humanos, y varios insistieron en recitar una historia de agravios contra el intervencionismo estadounidense en la región. Como Obama bromeó con sarcasmo: «Siempre disfruto de las lecciones de historia que recibo [en estos encuentros]».
¿Por qué es tan difícil avanzar y superar un pasado complejo y conflictivo?
Al igual que el proceso de paz interno que intentó poner fin a una guerra civil de 50 años en Colombia, una historia de desconfianza y trauma es difícil de superar sin reconocer y asumir la responsabilidad por los errores del pasado, y sin ofrecer garantías de que no se repetirán. Aunque la historia de intervención armada estadounidense en Centroamérica y el Caribe y de desestabilización encubierta en Sudamérica quedó muy atrás, recientes episodios torpes reavivan las susceptibilidades de la región.
Estos van desde el humillante registro del avión del presidente boliviano Evo Morales en Europa el año pasado, en busca del presunto polizón Edward Snowden, hasta la orden ejecutiva del mes pasado que declaró a Venezuela una amenaza extraordinaria para la seguridad nacional de Estados Unidos. Para sorpresa y decepción expresas de los diplomáticos estadounidenses, incluso los aliados de Estados Unidos en la región no hicieron eco de sus inquietudes por los derechos humanos en Venezuela y, en cambio, condenaron unánimemente la intervención estadounidense.
Superar pasados traumáticos en el ámbito internacional plantea una segunda complicación.
En un juego de dos niveles, los líderes nacionales no solo se preocupan por las relaciones exteriores, sino también por mantener el apoyo político en el país. La política democrática ha permitido que los ciudadanos expresen sus demandas en las urnas y en las calles, y exige que los líderes respondan o se arriesguen a perder el cargo.
Cuando se agotó el auge de las materias primas de la década de 2000, los gobiernos sudamericanos perdieron los extraordinarios ingresos que habían ayudado a millones de personas a salir de la pobreza. Ahora, las demandas enérgicas de tareas más difíciles —ofrecer servicios gubernamentales eficientes, calles seguras y control de la corrupción— están sacudiendo a los países más grandes.
Los discursos antiestadounidenses estaban dirigidos al público nacional
Respaldar a Estados Unidos frente a Venezuela pone en peligro el apoyo de Venezuela al proceso de paz colombiano. Aporta poca ganancia política a los líderes de centroizquierda de Chile, Brasil o Argentina, que tienen su propia historia personal de sufrimiento por abusos contra los derechos humanos. Otros líderes han perfeccionado un mensaje político revolucionario y antiimperialista, dirigiendo al público nacional sus discursos antiestadounidenses en la cumbre.
Sin embargo, las conversaciones tras bambalinas en la cumbre apuntan a una mayor integración y al potencial de cooperación hemisférica. Las interacciones personales importan y justifican la celebración de cumbres.
La presidenta brasileña Dilma Rousseff anunció que visitaría Estados Unidos en junio, tras cancelar abruptamente una visita a raíz de las revelaciones de 2013 sobre el espionaje de la NSA a su teléfono celular.
El presidente venezolano Nicolás Maduro se reunió con el presidente Obama en un pasillo, en vísperas de la partida, y luego anunció la posibilidad de un acercamiento.
Los reiterados llamamientos de los líderes a abordar el cambio climático y las iniciativas estadounidenses anunciadas para promover la energía renovable en el Caribe y Centroamérica, junto con las propuestas de mayor cooperación regional en intercambios educativos, son pasos importantes hacia adelante.
La cumbre paralela de la sociedad civil, aunque agitada, fue importante no solo por dar voz a la ciudadanía, sino también por fortalecer los movimientos transnacionales y los procesos de aprendizaje.
La primera cumbre paralela de líderes universitarios abrió la puerta a revitalizar la educación superior en la región, algo crucial para seguir avanzando económicamente.
En futuras cumbres, los debates intersectoriales entre líderes empresariales y académicos, ONG y gobiernos podrían contribuir mucho más a crear las alianzas público-privadas necesarias para alcanzar los ambiciosos objetivos de las cumbres.
Así, pese a los gastados mensajes que miran al pasado y al avance más lento de lo esperado en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, la foto de la cumbre Castro-Obama que dio la vuelta al mundo refleja acertadamente tanto la promesa como la perseverancia necesarias para superar un pasado asimétrico y conflictivo y hacer realidad el gran potencial de cooperación hemisférica y beneficio mutuo.
Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autora: Jennifer McCoy, PhD, es profesora distinguida de Ciencias Políticas en Georgia State University y directora del Programa de las Américas del Carter Center (en excedencia).
Imagen: El presidente de EE. UU., Barack Obama (dcha.), estrecha la mano del presidente de Cuba, Raúl Castro, durante una reunión bilateral en la Cumbre de las Américas en Ciudad de Panamá. REUTERS/Jonathan Ernst.




