Desde el comienzo de la Gran Recesión, se ha afianzado una idea convencional sobre las crisis financieras: cuando las economías atraviesan fallos sistémicos importantes de sus sistemas financieros, las recuperaciones económicas posteriores serán invariablemente débiles y prolongadas. Esta visión se basa principalmente en las investigaciones de los economistas Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, en particular en su libro, «This Time Is Different», que examinó cientos de años de datos sobre crisis financieras.
Un nuevo documento de trabajo cuestiona indirectamente esa idea convencional al profundizar en la cuestión de cómo afectan las crisis financieras a la producción económica. El nuevo documento, de Christina D. Romer y David H. Romer, de la Universidad de California en Berkeley, no refuta directamente el trabajo de Reinhart y Rogoff, de la Universidad de Harvard, y de otros que han realizado trabajos similares. Más bien, el nuevo documento refina esos análisis y podría ser más útil para los responsables de formular políticas de los países de ingresos altos en la actualidad.
La mayor diferencia entre el trabajo de Romer y Romer y otras investigaciones es que los dos economistas de Berkeley se centraron específicamente en las crisis financieras de las economías ricas durante la segunda mitad del siglo XX, concretamente entre 1967 y 2007. En cambio, Reinhart y Rogoff estudiaron la relación histórica a largo plazo entre las crisis financieras y el ritmo de las recuperaciones económicas; es decir, su conjunto de datos incluye crisis ocurridas hace siglos o en países en desarrollo, o ambas cosas. Este tipo de análisis es importante y necesario, pero su utilidad como guía para los responsables de formular políticas en Estados Unidos y otros países avanzados en la actualidad es bastante limitada.
¿Qué encuentran Romer y Romer? Según su análisis, el impacto de las crisis financieras —o de las «dificultades financieras», en sus términos— no conduce, en promedio, a grandes recesiones. Cuando una crisis financiera moderada afecta a un país, Romer y Romer encuentran que la caída de la producción económica ronda entre el 3 y el 4 por ciento. En cuanto al crecimiento posterior del producto interno bruto, el golpe provoca una disminución duradera del crecimiento de la producción, ya que la recuperación tarda un tiempo. Pero ese resultado es simplemente el promedio. Japón, con su conocida «década perdida», explica la totalidad del resultado.
A continuación, los dos economistas examinan qué ocurre con la producción económica durante crisis financieras muy graves, como las que sufrieron los países escandinavos y Japón durante la década de 1990. En lugar de encontrar una relación rígida, Romer y Romer observan una gran variación en la respuesta de la producción económica. A veces, como en el caso de Japón, la crisis provoca recesiones importantes y recuperaciones lentas. Y otras veces, como ocurrió en Noruega a principios de la década de 1990, el efecto fue prácticamente inexistente.
La razón de esta variación sigue siendo una cuestión abierta. Romer y Romer se preguntan si las respuestas de política no serán el factor principal.
Así pues, parece que, en general, el resultado de Reinhart y Rogoff no se sostiene en el caso de los países avanzados en la historia reciente. Una gran crisis financiera no implica necesariamente que vaya a producirse una gran recesión económica. Los acontecimientos económicos no son fuerzas que se abaten sobre nosotros, sino situaciones ante las que podemos reaccionar y que, muy posiblemente, podemos controlar.
Este artículo se publica en colaboración con Equitable Growth. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Nick Bunker es analista de políticas del Washington Center for Equitable Growth.
Imagen: Imagen: Un hombre observa un panel de cotizaciones bursátiles frente a una agencia de valores en Tokio, el 11 de mayo de 2012. REUTERS/Toru Hanai




