El mundo ha logrado enormes avances en las últimas décadas en la lucha contra la pobreza. Pero, al comenzar 2015, mil millones de personas —una de cada siete— todavía viven con menos de 1,25 dólares al día.
Acabar con la pobreza y encontrar los recursos para hacerlo exigirá un esfuerzo mundial. A primera vista, el costo es descomunal. Sabemos que la ayuda al desarrollo no bastará para acabar con la pobreza. Para lograrlo harán falta inversiones del sector privado, impuestos recaudados en los países en desarrollo y otras fuentes de financiación.
La verdad es que hay suficiente dinero en el mundo para lograrlo. Una fuente de riqueza inesperada que podría desempeñar un papel importante es la enorme cantidad de dinero sucio que hay en el mundo: las ganancias no declaradas de las empresas multinacionales, el producto de la corrupción y los ingresos de los traficantes de drogas, armas y personas, todo ello oculto en cuentas bancarias, empresas y fideicomisos extraterritoriales.
Es difícil obtener cifras fiables sobre la cantidad de dinero sucio que circula por el mundo. Pero, según una estimación del grupo sin fines de lucro Global Financial Integrity, cada año desaparece un billón de dólares de las economías del mundo en desarrollo. Ese dinero es muy necesario para el desarrollo.
Esta cifra también equivale, aproximadamente, a la cantidad necesaria para cubrir el enorme déficit de infraestructura que impide al mundo abordar desafíos cruciales para el desarrollo, desde la rápida urbanización hasta el cambio climático y la creación de empleo. Hoy, los países en desarrollo y emergentes invierten alrededor de un billón de dólares al año en infraestructura. Necesitan un billón de dólares adicional al año para cerrar la brecha, un paso necesario para acabar con la pobreza extrema de aquí a 2030.
La falta de aplicación y cumplimiento de las normas contra el blanqueo de capitales, de transparencia fiscal y contra la corrupción protege a los responsables de ser procesados. En última instancia, esto impide que los países en desarrollo frenen la salida de dinero que los priva de recursos esenciales.
Para el escolar de Puerto Príncipe, la madre primeriza de Mogadiscio o el agricultor de Ocotepeque, estas pérdidas tienen consecuencias reales: aulas abarrotadas, centros de salud inexistentes y recursos hídricos insuficientes. Se están robando las oportunidades de las personas.
Por fortuna, la comunidad internacional ha despertado. Una iniciativa de ministros de Finanzas africanos, presidida por el expresidente sudafricano Thabo Mbeki, investiga el problema en el continente, de donde se perdieron hasta 1,4 billones de dólares por flujos ilícitos durante las últimas tres décadas.
Más recientemente, el G-20 ha comenzado a pedir medidas mundiales para garantizar que las malas acciones no salgan rentables. Y, en una reunión reciente en Berlín, los gobiernos firmaron un acuerdo para tomar medidas enérgicas contra la evasión fiscal transfronteriza.
Es una buena noticia, sobre todo para las personas pobres. Pero quedan muchos obstáculos, y ahora el mundo debe centrarse en tres cuestiones cruciales.
En primer lugar, los países en desarrollo deben crear instituciones eficaces y, al mismo tiempo, hacer cumplir la buena gobernanza, la transparencia y la rendición de cuentas. Deben combatir la corrupción y la delincuencia organizada, e implantar sistemas tributarios eficaces, algo aún más crucial en los países ricos en recursos. Los acontecimientos recientes en Oriente Medio y Ucrania demuestran cómo la apropiación de las arcas del Estado por intereses particulares desencadena conflictos y socava la confianza de la ciudadanía en el gobierno.
Pero la corrupción, el blanqueo de capitales y la evasión fiscal son problemas mundiales, no solo desafíos para los países en desarrollo. Aunque las instituciones nacionales débiles y la limitada capacidad de aplicación de la ley pueden facilitar el inicio de transferencias financieras ilícitas, debemos reconocer que el dinero sucio suele acabar en centros financieros, que se han convertido en facilitadores de facto. Por eso, abordar el problema exige cooperación internacional.
En segundo lugar, deben hacerse cumplir las normas que permiten identificar a los verdaderos propietarios de fondos ilícitos. Una vez que esos activos se depositan en empresas opacas, a menudo quedan fuera del alcance de las autoridades tributarias y los investigadores. Una y otra vez, las leyes y normas que protegen inadvertidamente a los delincuentes impiden revelar quiénes son los verdaderos beneficiarios o propietarios efectivos de empresas y fideicomisos. Esto debe terminar.
Por último, un sistema de intercambio automático de información fiscal entre países limitaría los lugares donde quienes evaden impuestos y blanquean capitales pueden ocultar fácilmente el producto de sus actividades. Casi 90 países se han comprometido ya a iniciar, a partir de 2017 como muy pronto, intercambios transfronterizos de datos que incluirían información sobre los titulares de cuentas y ciertos detalles de sus depósitos y saldos; información que podría ayudar a las autoridades a identificar el producto de la corrupción y de transacciones ilegales mediante actividades sospechosas y aumentos repentinos.
Se necesitan más medidas este año y en adelante. En el Banco Mundial ya trabajamos con nuestros clientes de los países en desarrollo para mejorar sus sistemas de gobernanza, recaudar impuestos, combatir la corrupción y recuperar activos robados. Nuestro trabajo se beneficiará enormemente del impulso actual a una mayor cooperación internacional para frenar los flujos financieros ilícitos.
Vale la pena cambiar las leyes de secreto bancario, tan apreciadas por algunos. La corrupción, la evasión fiscal y la apropiación de los ingresos procedentes de los recursos naturales socavan el Estado de derecho, debilitan el tejido social, erosionan la confianza de la ciudadanía en las instituciones, alimentan los conflictos y la inseguridad, y obstaculizan la creación de empleo. No solo son ilegales, sino también inmorales, porque mantienen en la pobreza a las personas pobres.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Sri Mulyani Indrawati es directora gerente del Grupo Banco Mundial y fue ministra de Finanzas de Indonesia entre 2005 y 2010.
Imagen: Una niña iraquí extiende el dinero mientras hace cola para comprar el pan de primera hora de la mañana en la panadería de Bagdad, el 20 de mayo de 2003. REUTERS/Kieran Doherty.




