Cuesta creerlo después de pasar unos días en la costa mexicana, pero los días soleados han terminado para América Latina. Puede que vuelva a salir el sol, pero los próximos trimestres serán difíciles. Durante una década, América Latina se ha beneficiado de una ola de bajas tasas de interés y altos precios de las materias primas. Ahora la marea está bajando y, como dice el refrán, todos verán quién ha estado nadando sin bañador.
La reunión del Foro Económico Mundial en México ha centrado el interés de la comunidad empresarial global en América Latina. Como siempre, el encuentro ha aportado nuevas perspectivas. Está claro que existen oportunidades a largo plazo y que América Latina tiene un enorme potencial, pero en el futuro cercano el riesgo de una «rabieta por la reducción gradual» de la Reserva Federal podría desatar una tormenta cambiaria.
Entre los ministros de Finanzas del norte de Europa tenemos un dicho, acuñado cuando Islandia, Letonia e Irlanda sufrieron el desplome de Lehman en 2008: «No desperdicies una buena crisis».
Ese fue el mensaje que Suecia, Finlandia y Dinamarca habían aprendido una década antes, y ese fue el mensaje que Jurki Katainen, Lars Lökke Rasmussen y yo transmitimos con firmeza a nuestros colegas bálticos y en el Consejo Ecofin.
Todos los países son puestos a prueba de vez en cuando. Eso es lo que separa el grano de la paja. Quienes hayan sido prudentes antes de la crisis y estén dispuestos a centrarse en reformas estructurales podrían salir fortalecidos. El hecho de que Irlanda e Islandia crecerán algo menos del 4 por ciento en 2015, y de que los países bálticos, pese a los problemas geopolíticos, crecerán solo un poco más despacio, ilustra el punto. Y la experiencia no se limita al norte de Europa. Tras la crisis asiática de mediados de la década de 1990, el crecimiento promedio se acercó al 5 por ciento durante la década siguiente.
Si los países latinoamericanos mantienen las sólidas políticas macroeconómicas que hemos visto en los últimos años y aprovechan la crisis para impulsar reformas de política, no solo podrían evitar el contagio de una rabieta por la reducción gradual, sino también mejorar sus perspectivas a largo plazo.
La desaceleración ya ha sido sustancial. En 2014, el crecimiento de América Latina fue inferior al esperado: 1,4 por ciento interanual, la mitad de lo que el FMI había pronosticado en abril de 2014. Este año, el FMI prevé un crecimiento del PIB inferior al 1 %. Después de una década de crecimiento promedio de casi el 5 %, esto supone un cambio de clima. Las estimaciones de modelos presentadas en el informe regional del FMI para América Latina sugieren que una apreciación adicional del dólar del 10 % podría reducir el crecimiento entre un 0,5 y un 1 %.
Existe un riesgo claro de que, si nos encaminamos hacia una rabieta por la reducción gradual de proporciones extraordinarias, América Latina entre en recesión en 2015. Hay muchas razones para el menor crecimiento. Los precios de las materias primas ya venían bajando antes de que empezaran a caer los del petróleo. Después de casi cuatro años en torno a los 100 dólares por barril, el petróleo se desplomó hasta los 50 dólares durante la primavera (el petróleo representa el 61 % de las exportaciones de materias primas de Colombia). La soja (el 51 % de las exportaciones de materias primas de Argentina), el cobre (el 94 % de las de Chile y el 51,6 % de las de Perú) y el mineral de hierro (el 30,4 % de las de Brasil) han caído entre un 20 y un 50 %.
El superciclo de las materias primas, impulsado por el fuerte crecimiento de China, parece haber terminado, al menos por ahora. Las investigaciones del FMI indican que América Latina es particularmente sensible a una desaceleración china. Una caída del 1 % en el crecimiento de China reduce entre un 3 y un 8 % el precio promedio de exportación de las materias primas de América Latina. Esto podría significar que el crecimiento pase de casi el 5 % entre 2003 y 2013 a bastante menos del 2 % entre 2014 y 2018.
La gran pregunta es si el crecimiento repuntará enseguida o si las grandes salidas de capital de los mercados emergentes encaminarán a América Latina hacia una senda de crecimiento sombría durante años.
Está claro que América Latina ha cambiado mucho para mejor en las últimas décadas. La democratización ha fortalecido la gobernanza y aumentado la estabilidad política. La democracia en América Latina está lejos de ser perfecta, como en otras partes, pero las elecciones son ahora la forma habitual de cambiar de gobierno. A los líderes les preocupan las encuestas de opinión, no las maniobras políticas en las salas de oficiales de los regimientos.
El número de víctimas de conflictos armados ha disminuido drásticamente, aunque las cuestiones de seguridad siguen siendo motivo de gran preocupación. En Colombia, azotada por la violencia durante décadas, el número de personas afectadas por el conflicto armado fue un 75 por ciento menor en 2014 que el promedio de 2000-2005.
La corrupción sigue siendo un tema central, pero la disposición del electorado a aceptar líderes que utilizan cargos públicos con fines privados parece haberse evaporado, al menos según las últimas encuestas de Chile y Brasil. La clase media está creciendo y el nivel educativo ha aumentado. Un mejor acceso a la información y una mayor conectividad dificultan el engaño.
La mayor oferta institucional de democracia va acompañada de una creciente demanda demográfica de gobiernos limpios. En este nuevo entorno, la demanda de «caudillismo populista» de derecha o de izquierda ha disminuido sustancialmente.
La estabilidad macroeconómica ha mejorado drásticamente. La inflación promedio se ha mantenido en cifras de un dígito durante la última década. Los déficits de cuenta corriente han sido manejables. La apertura ha aumentado: mientras que los aranceles promedio a mediados de los ochenta se situaban entre el 40 y el 50 %, y en algunos casos, como Brasil y Colombia, eran el doble, ahora rondan el 4 o el 5 %. Las barreras informales al comercio siguen siendo sustanciales, pero está claro que la apertura ha dado un salto cuántico en el hemisferio occidental.
También ha habido una mejora muy marcada de las instituciones de política económica. Los principales bancos centrales actúan con mayor independencia y aplican un régimen flexible de inflación con tipos de cambio flotantes que funcionan como amortiguador. La política fiscal se ha orientado hacia unas finanzas públicas sostenibles a largo plazo. En muchos países se han fortalecido las reglas fiscales y los procesos presupuestarios. La deuda bruta del sector público se sitúa ahora, en promedio, por debajo del 50 % del PIB en América Latina, casi la mitad del nivel promedio de la OCDE.
Los bancos de América Latina han sido, en palabras del FMI, «relativamente conservadores» durante los años de auge. En general, sus ratios de capital son sólidos y los ratios de depósitos respecto de préstamos se han mantenido bajo control. Una supervisión más sólida y una regulación más estricta han sido útiles en este sentido.
Tras subrayar que los fundamentos políticos y económicos han mejorado, es igualmente importante señalar los considerables riesgos a la baja de los próximos trimestres, que no se limitan a las inquietudes pasajeras de los mercados.
Un desafío clave para América Latina es la productividad total de los factores. Cuánto se puede producir con una cantidad determinada de trabajo y capital depende de la productividad total de los factores del país. Esta mide todo el crecimiento que no se debe directamente a la movilización de más capital o trabajo. La tecnología, las instituciones jurídicas y la exigibilidad de los derechos de propiedad, los niveles educativos, el clima emprendedor, el nivel de confianza entre los ciudadanos y muchos otros factores determinan la capacidad de crecimiento de la economía.
La productividad total de los factores ha sido débil en América Latina. En las últimas tres décadas, el crecimiento ha sido cercano a cero. Incluso en la última década, cuando el crecimiento del PIB se ha aproximado al 5 %, la productividad total de los factores ha decepcionado: el 85 % del crecimiento de la última década se debió a la movilización de más trabajo y capital —más personas incorporándose al mercado laboral y mayores inversiones y altos precios de las materias primas—, en lugar de a mejoras generalizadas en la eficiencia de las economías latinoamericanas.
En esencia, este no es momento para la complacencia en América Latina. Los días soleados han terminado, ha comenzado la temporada de ajustes y ahora es el momento de prepararse para el mal tiempo. Los responsables de formular políticas en la reunión del Foro Económico Mundial en México fueron clarísimos al respecto. Luis Videgaray Caso, ministro de Finanzas de México, expresó una estrategia clara basada en tres pilares:
Mantener unos sólidos fundamentos macroeconómicos: no es momento de abandonar las reglas fiscales.
Los bancos centrales deben estar preparados para proporcionar liquidez a los mercados si se producen grandes salidas de capital, y permitir al mismo tiempo que la moneda cumpla su función de amortiguador de impactos.
Deben reforzarse las reformas estructurales.
Podría suscribir estos tres puntos. Esta es exactamente la manera correcta de poner la casa en orden para capear una tormenta.
Podría argumentarse que algunos países —Chile, Colombia, Perú y México— tienen margen fiscal para aplicar medidas contracíclicas. Pero Mauricio Cardenas, ministro de Finanzas de Colombia, ofreció un contraargumento convincente. Como señaló Cardenas, esto quizá fuera posible si la política económica se evaluara únicamente por macroeconomistas académicos bien informados. Sin embargo, en el mundo real, donde los países son calificados por los mercados financieros, este no es el momento de poner a prueba los límites de la credibilidad de economías abiertas con antecedentes en América Latina.
Creo que la política económica siempre debe ser pragmática. Es prudente utilizar la política fiscal para estabilizar la demanda. La política debe ser flexible para evitar altos costos sociales en forma de desempleo y exclusión social. Al mismo tiempo, sabemos que los mercados distan mucho de ser racionales. Cuando la manada de inversores corre hacia la salida en mercados ilíquidos, puede haber daños colaterales. Es mejor ser cautelosos, mantener la pólvora seca y evitar verse obligados a aplicar medidas de austeridad cuando la demanda ya es débil. Solo cabe apoyar a Videgaray, Cardenas y sus colegas en su empeño.
Quisiera señalar una lección que aprendí como ministro de Finanzas en el otoño de 2008. Si sospecha que puede avecinarse una crisis, es mejor comunicarlo de entrada. Si disimula la situación y lo descubren intentando exagerar la solidez de su economía, corre el riesgo de socavar su credibilidad, algo que necesitará mucho cuando las cosas se pongan difíciles.
A mi juicio, la mejor estrategia política consiste en asumir la responsabilidad de la crisis definiendo claramente el problema y exponiendo las medidas necesarias para afrontarlo. Puede parecer contraintuitivo, porque el instinto natural podría ser tranquilizar a la gente, pero es mejor mostrar liderazgo que perder la confianza del público por subestimar la gravedad de la situación. Asumir la responsabilidad también significa definir las medidas de política necesarias. Si el Ministerio de Finanzas está convencido de que hacen falta reformas estructurales en los mercados de productos o en el mercado laboral, es mejor responder directamente a las crisis con esas medidas que dejarse empujar por el debate público hacia estímulos de la demanda a corto plazo y medidas temporales.
Una crisis aumenta la demanda de soluciones de política económica. Un ministro de Finanzas debe estar preparado para aumentar la oferta de soluciones.
Creo que esta lección puede aplicarse a la situación actual de América Latina. El mayor riesgo cuando los mercados se inquietan es acabar dependiendo de inversiones de cartera en lugar de inversiones reales en plantas y líneas de producción. Si el margen fiscal es limitado, la forma más eficiente de atraer inversión extranjera directa es abrir nuevos sectores y reducir las barreras de entrada. Si se acelera la reforma del sector energético, pueden atraerse nuevas inversiones a gran escala, un punto destacado en los debates sobre la industria energética de la reunión del Foro Económico Mundial. México ha recibido elogios merecidos por sus reformas del sector energético. Ahora es el momento adecuado para reforzar y redoblar esas ambiciones.
Si un tipo de cambio más débil encarece las importaciones, la desregulación del sector minorista o la apertura del sector del transporte a una mayor competencia podrían atraer inversión extranjera directa y reducir las presiones sobre los costos. Un aumento de la inversión extranjera directa también reduciría la vulnerabilidad de las economías ante los déficits de cuenta corriente. Si se reduce el costo de hacer negocios, se limita el riesgo de que la depreciación de la moneda provoque un aumento sostenido de los precios de importación, lo que amplía el margen de maniobra del banco central sin socavar la credibilidad de los objetivos de inflación.
América Latina podría encaminarse hacia un período difícil. Ojalá que unas instituciones más sólidas y mejores fundamentos permitan que prevalezcan las voces de Videgaray y Cardenas, y que América Latina supere el período de incertidumbre para asumir el liderazgo entre las economías emergentes. ¡No desperdicien una buena crisis: utilícenla para sentar los pilares de un futuro más sólido para América Latina!
Autor: Anders Borg es presidente de la Iniciativa del Sistema Financiero Global del Foro Económico Mundial.
Imagen: La sede de la petrolera Petrobras (izquierda) aparece junto a la sede del Banco Nacional de Desarrollo de Brasil (BNDES), en Río de Janeiro, el 20 de marzo de 2015. REUTERS/Ricardo Moraes




