Millones de mujeres que viven en contextos de crisis están en peligro y, para quienes huyen de zonas de conflicto, la amenaza de la violencia de género es muy grave.
En tiempos de crisis, la difícil situación de las mujeres y las niñas se agrava por desigualdades profundas y arraigadas desde hace mucho tiempo.
Las mujeres y los grupos liderados por mujeres comprenden las necesidades específicas de las mujeres y las familias en situaciones de crisis y deben participar en condiciones de plena igualdad en todos los esfuerzos de recuperación, resiliencia y consolidación de la paz.
Desde las mujeres que dan a luz en refugios antiaéreos hasta los hospitales de maternidad sitiados y las mujeres embarazadas obligadas a huir, las desgarradoras imágenes de Ucrania ilustran la vulnerabilidad de las mujeres atrapadas en conflictos.
Mientras el mundo contempla consternado los acontecimientos en Ucrania, recordemos las innumerables escenas de sufrimiento que se desarrollan en todo el planeta, un sufrimiento que afecta predominantemente a las mujeres.
Los derechos de las mujeres merecen un lugar propio en la respuesta a las crisis
Millones de mujeres que viven en contextos de crisis están en peligro. Cada día se enfrentan a riesgos para su salud y seguridad y a un acceso limitado a la atención médica y los servicios sociales. Para las embarazadas que carecen de servicios esenciales de salud reproductiva y materna, el parto puede acabar en tragedia; y, en un cruel giro del destino, al quedar privadas de su capacidad de decisión en todos los ámbitos, el riesgo de embarazo no deseado aumenta drásticamente justo cuando sus consecuencias pueden ser más graves.
Para quienes huyen de zonas de conflicto, la amenaza de la violencia de género es muy grave. La violencia de pareja, la explotación sexual, los abusos y el acoso son una dura realidad para muchas mujeres desplazadas, al igual que el riesgo de convertirse en objetivo de los traficantes sexuales. La violación también es una de las crueles realidades de la guerra, tan devastadora como cualquier bala o bomba.
En tiempos de crisis, la difícil situación de las mujeres y las niñas se agrava por desigualdades profundas y arraigadas desde hace mucho tiempo. A pesar del papel fundamental que desempeñan en sus comunidades y como primeras respondientes, se mantiene a las mujeres al margen de los puestos de liderazgo en los procesos de consolidación de la paz y se las sigue excluyendo de las salas donde se toman decisiones sobre sus necesidades.
Nuestro fracaso colectivo a la hora de defender los derechos de las mujeres hace que salgamos de cada crisis un paso más lejos de la igualdad de género. Ante las múltiples crisis que afronta el mundo y que se superponen, así como los niveles récord de desplazamiento, debemos convertir los compromisos humanitarios en acciones y garantizar que las mujeres y las niñas estén en el centro de todas las respuestas a las crisis y los desastres.
Cuando visité un centro de refugiados en Moldova, conocí a mujeres ucranianas que habían huido con lo poco que podían llevar consigo. Escuché historias desgarradoras de vidas trastocadas de la noche a la mañana. Conseguir una nueva provisión de píldoras anticonceptivas era lo último que tenían en mente, y con razón. Tampoco lo tienen en mente quienes toman decisiones al responder a las crisis humanitarias, aunque deberían.
La colaboración temprana y sostenida con las mujeres y los grupos liderados por mujeres debe ser una prioridad cuando estalla una crisis, no una consideración de último momento. Comprenden el contexto local y las necesidades específicas de las mujeres y las familias, y deben participar en condiciones de plena igualdad en todos los esfuerzos de recuperación, resiliencia y consolidación de la paz. Los gobiernos también deben proporcionar financiación suficiente y específica para proteger la seguridad y la dignidad de las mujeres y las niñas cuando más lo necesitan.
Tenemos una elección: podemos seguir por el camino actual, en el que los avances de las mujeres continúan desmoronándose, o mantenernos fieles a la aplicación de los compromisos internacionales que respetan su capacidad de decisión y defienden sus derechos fundamentales. Si queremos dar forma a un futuro más pacífico, justo y resiliente, no podemos abandonar ni excluir a las mujeres y las niñas.





