La agricultura climáticamente inteligente, o ACI, es un enfoque de producción alimentaria que puede mejorar la productividad, aumentar la resiliencia al cambio climático y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.
A gran escala, estas prácticas tienen el potencial de alimentar al planeta.
Ampliarlas requerirá una participación, cooperación e inversión masivas de las partes interesadas en todos los niveles.
Se estima que la población mundial alcanzará los 9.800 millones en 2050: 2.000 millones más en los próximos 30 años. Nuestros sistemas actuales de producción de alimentos afrontan un enorme desafío, aún más difícil por el cambio climático. Los expertos afirman que la producción agrícola debe aumentar un asombroso 50% en los próximos 30 años, al tiempo que se debe reducir a la mitad su huella de carbono.
Para hacer frente a las crecientes necesidades alimentarias del mundo en medio de una crisis climática cada vez más grave, debemos ampliar drásticamente la agricultura climáticamente inteligente (ACI), un enfoque de producción alimentaria que puede mejorar la productividad, aumentar la resiliencia al cambio climático y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.
Y es posible. Como hemos aprendido de su implementación durante más de una década en África y en explotaciones agrícolas de todo el mundo, las prácticas de ACI adaptadas al contexto local pueden tener efectos positivos de gran alcance en el sistema alimentario mundial cuando se amplían.
Adaptar al contexto local los esfuerzos de ACI
Comprender los riesgos específicos, actuales y futuros, que el cambio climático plantea para las tierras agrícolas y los productos básicos —según la geografía— es un primer paso fundamental para reorientar la producción agrícola. Los agricultores pueden entonces recurrir a medidas climáticamente inteligentes adaptadas al contexto local para abordar esos riesgos. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura afirma que la ACI permite a los productores aumentar de forma sostenible la productividad y los ingresos, adaptarse al clima cambiante y fortalecer la resiliencia, así como reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. En definitiva, es un enfoque de producción positivo para la naturaleza que aprovecha las mejores prácticas de gestión, las aplica desde la perspectiva del cambio climático y las adapta a cultivos, regiones y ecosistemas específicos.
Innumerables agricultores han informado de aumentos drásticos de la producción, mejoras en el control de plagas y otras ventajas derivadas de la implementación de prácticas de ACI.
«Obtuve muchos beneficios al adoptar prácticas de ACI en mi finca, como plantar cultivos de cobertura y controlar las malas hierbas; disminuyeron las plagas y las enfermedades. El suelo no se seca durante la estación seca y [sufrimos] solo un nivel mínimo de mazorca negra causada por phytophthora durante la estación lluviosa», afirmó Dashat Tandibua, productor de cacao de Sulawesi Central, Indonesia, que actualmente trabaja en agroforestería y gestión de árboles de sombra.
Tandibua registró un aumento del rendimiento de 550kg/ha en 2018 a 643kg/ha en 2019, atribuido a la agroforestería, que consiste en cultivar árboles entremezclados con los cultivos.
Combinada con otras prácticas de ACI, la agroforestería mejora la productividad, reduce la erosión y favorece ecosistemas más saludables. También restaura la salud del suelo, lo que reduce la necesidad de fertilizantes y aumenta los ingresos. A gran escala, las prácticas de ACI tienen el potencial de alimentar al planeta.

Una responsabilidad compartida
Es injusto y poco realista pensar que los productores pueden ampliar la ACI por sí solos. Debe ser un proceso coordinado en el que participen múltiples partes interesadas, desde los gobiernos y los actores del sector privado hasta otras partes de las cadenas de suministro. En primer lugar, los gobiernos deben garantizar que exista un marco institucional adecuado sobre el uso de la tierra para implementar prácticas de ACI y evitar prioridades contrapuestas. Una mayor colaboración entre las partes interesadas ayudará a coordinar políticas coherentes en materia de cambio climático, uso de la tierra, agricultura, agua y otros sectores pertinentes, cuyas políticas podrían no estar alineadas de otro modo.

Capital tecnológico
En muchos paisajes, se sabe poco sobre los riesgos climáticos específicos del contexto y las medidas de adaptación y prácticas agrícolas alternativas disponibles. Necesitamos desarrollar más información y fortalecer las capacidades de los productores, los agentes de extensión agrícola y otros actores que participan en la agricultura y la gestión de los paisajes.
Por ejemplo, los mapas mundiales del impacto climático nos ayudan a comprender e identificar los riesgos específicos del contexto para los cultivos. Una vez identificados, los productores y los actores clave del sector agrícola deben adquirir los conocimientos técnicos necesarios para adoptar medidas como la agricultura de conservación, los cultivos intercalados, la gestión del agua y de los árboles, el acolchado, la labranza reducida o nula y los cultivos de cobertura. Estas medidas no solo aumentan la resiliencia y mejoran la productividad, sino que también reducen las emisiones e incrementan el secuestro de carbono en el suelo, lo que también beneficia a la producción.
Desarrollar capital tecnológico implica apoyo público y privado a investigaciones que generen datos sobre los costos comparables a largo plazo asociados con la ACI (en comparación con otros métodos agrícolas). El Instituto Internacional de Agricultura Tropical y Rainforest Alliance en Ghana está realizando uno de esos análisis de costos y beneficios, y hay varios otros estudios pendientes de apoyo.
Las normas y certificaciones de sostenibilidad también desempeñan un papel importante en la ampliación de la ACI. Un estudio de 2020 sobre la producción de cacao y aceite de palma reveló que la certificación de sostenibilidad que impulsa la adopción de buenas prácticas agrícolas tiene un efecto ampliamente positivo en los rendimientos de las explotaciones y los ingresos asociados. En su nueva Norma de Agricultura Sostenible de 2020, Rainforest Alliance incorporó principios de ACI, una herramienta de evaluación de riesgos climáticos para agricultores y un enfoque de responsabilidad compartida para las medidas de sostenibilidad.

Inversiones financieras
Por último, para ampliar la ACI se requiere una inversión considerable que abarque toda la cadena de suministro. Dado que la agricultura es un pilar económico para muchos países, debe darse prioridad a la inversión pública en ACI para incentivar aún más a los productores a adoptar estas prácticas.
Los ministerios de agricultura, medio ambiente y otros sectores relacionados con el uso de la tierra deberían colaborar en materia de ACI con entidades financiadoras del sector privado. Esto podría incluir mejorar el acceso a préstamos vinculados a la sostenibilidad, con tipos de interés más bajos y plazos de amortización más favorables que los de los préstamos comerciales convencionales. Aumentar la financiación para la ACI también exige que el sector privado se comprometa con prácticas empresariales responsables.
Aunque queda mucho por hacer, en todo el mundo se están elaborando planes para ampliar la ACI. Por ejemplo, los planes de inversión en ACI, elaborados por el Banco Mundial con diversos socios, entre ellos el Centro Internacional de Agricultura Tropical y la Iniciativa Africana de Agricultura. Estos planes de inversión específicos incluyen oportunidades concretas de inversión en ACI, así como planes de diseño e implementación de políticas que las naciones pueden adoptar. También ayudan al sector privado y a otras partes interesadas a tomar decisiones de inversión fundamentadas en torno a tecnologías de ACI identificadas.
A partir de las historias de éxito de agricultores locales de África y Asia que ya adoptan prácticas climáticamente inteligentes, hemos visto que implementar la ACI a gran escala es fundamental para lograr paisajes agrícolas y medios de vida más saludables y resilientes, que son la base de sistemas alimentarios sostenibles. Para ampliar estas prácticas será necesaria una participación, cooperación e inversión masivas de las partes interesadas en todos los niveles, con el fin de alimentar con éxito a un planeta cada vez más hambriento.




