La ciencia ofrece soluciones a los desafíos más complejos del mundo si fomenta una relación estrecha con la sociedad.
Aunque la ciencia aporta capital intelectual a la economía global, también está en una posición única para desempeñar un papel más importante en la diplomacia científica.
La colaboración global en la investigación científica y tecnológica tiene más éxito cuando se basa en valores compartidos.
Los acontecimientos históricos actuales, como la pandemia de COVID-19, revelan la interdependencia de nuestra economía global y alertan sobre las vulnerabilidades de un mundo cada vez más interconectado. Nos esperan importantes desafíos globales, ante los que los investigadores tanto del ámbito académico como del industrial están en una posición única para aportar su capital intelectual, entablar un diálogo con la sociedad y aprovechar sus colaboraciones internacionales en favor de la diplomacia científica.
Los desafíos de un mundo interconectado son tan complejos que, para afrontarlos, se necesitan alianzas entre todas las «fuerzas de buena voluntad». En este contexto, las comunidades científicas de todo el mundo reconocen cada vez más que la diplomacia basada en la ciencia podría tender puentes y mejorar decisivamente la resolución de problemas en muchos niveles.
La diplomacia científica: un momento culminante para la ciencia
Hasta la pandemia, los científicos rara vez ocupaban un lugar en la mesa cuando se trataba de formular políticas públicas. De repente, los epidemiólogos y los especialistas en evolución computacional tenían una gran demanda como asesores gubernamentales y portavoces en los medios. Y el valor de la ciencia también se hizo patente en otros ámbitos. Investigadores de ETH Zúrich desarrollaron casi de la noche a la mañana un respirador de bajo coste que podía fabricarse por cuenta propia para hacer frente a la escasez mundial, especialmente en los países de ingresos bajos y medios. Científicos informáticos de Suiza desarrollaron una aplicación de rastreo de contactos de COVID con protocolos de privacidad de alto nivel tan convincentes que incluso Apple y Google se inspiraron para integrarla en sus respectivos sistemas operativos. Empresas como HeiQ salieron a bolsa con el objetivo de cubrir carencias en el mercado mundial de textiles antivirales y antibacterianos.
Como físico, he dedicado mi vida a observar los fenómenos de la naturaleza, contemplar su significado desde múltiples perspectivas y poner a prueba sus límites; habilidades que también me son útiles en mi función actual. Desde esta perspectiva, admiré el ingenio de los investigadores con quienes trabajo y cómo se arremangaron en un momento de crisis. Me inspiraron y llenaron de energía los esfuerzos colectivos de científicos de todo el mundo, que no habrían sido posibles sin décadas de inversión en investigación fundamental y la libertad de colaborar en el marco de redes internacionales bien establecidas, como los programasHorizonte Europa de la UE .
Sin embargo, la pandemia puso de manifiesto una preocupante brecha en la comprensión y aceptación de la ciencia en distintos sectores de la sociedad. Esta se manifestó en forma de reticencia a vacunarse, alimentada en parte por la desinformación y la falta de comprensión. Aunque los compartimentos estancos del mundo académico puedan ser parte del problema, la comunidad científica también está en una posición propicia para crear y promover un diálogo abierto con la sociedad mediante la diplomacia científica. Creo que la comunidad científica debe hacer un mejor trabajo al considerar los aspectos sociales de las nuevas tecnologías. El ritmo acelerado al que surgen las tecnologías también ha aumentado su complejidad, lo que dificulta que la gente, e incluso algunos científicos, pueda seguirlas. Los investigadores tienen el deber de tener en cuenta las voces de la sociedad antes de emprender nuevas líneas científicas.
La ciencia, como una carrera en pelotón
Normalmente salgo a montar en bicicleta por mi cuenta, pero quien haya visto el Tour de Francia sabe que los ciclistas de competición, al igual que los científicos, deben mantener la disciplina durante largos recorridos, concentrarse bajo presión y conservar el optimismo ante la duda. Quizá no sepa que los ciclistas que pedalean juntos avanzan más rápido y ahorran energía: gastan un 30 % menos, según las estimaciones, que cuando van solos.
La colaboración es la columna vertebral de la ciencia. En los primeros días de la pandemia, los bioquímicos —que llevaban décadas soñando con el potencial de la tecnología del ARN mensajero— se vieron inmersos en una carrera vertiginosa por «salvar a la humanidad». Antes les costaba conseguir subvenciones para la investigación; entonces, una avalancha de financiación y un enfoque global sin precedentes permitieron desarrollar una vacuna viable en apenas unas semanas desde que se publicó una de las primeras secuencias del genoma del SARS-CoV-2. Que esa primera secuencia genómica llegara a publicarse pese a la oposición política da fe de la colaboración de larga data entre uncientífico chino en Shanghái y un científico británico en Sídney. Tras meses de pruebas prudentes, las empresas farmacéuticas suministraron vacunas a gran escala en poco más de un año, un proceso que normalmente podría llevar hasta una década.
Lo que permitió acelerar la distribución, considerada «demasiado rápida para ser segura» por los escépticos, fueron décadas de investigación fundamental sobre el potencial del ARNm para la eficacia de las vacunas, junto con las amplias redes y colaboraciones de investigación global ya establecidas. Los objetivos de política exterior también podrían beneficiarse de los conocimientos y la perspectiva científicos. Las relaciones diplomáticas, a su vez, podrían facilitar colaboraciones científicas internacionales estratégicas; y la colaboración científica ofrece nuevas herramientas para un enfoque de la diplomacia más eficiente y ágil: la «diplomacia científica».
Escalar las montañas de la verdad
El futuro de la innovación requiere entornos multidisciplinarios y multilaterales que atraigan y apoyen el talento. El capital intelectual de la próxima generación contribuirá, como mínimo, a la economía del conocimiento y, en el mejor de los casos, salvará a la especie humana. Esta utopía académica se alcanza mejor cuando la comunidad científica trabaja dentro de un marco común de valores y principios. Los valores constituyen una base que ayuda a garantizar una alianza de buena voluntad y a fomentar la confianza entre la ciencia y la sociedad. Los científicos buscan la verdad sobre el funcionamiento del mundo y del universo. Para ello, necesitan libertad para intercambiar ideas abiertamente y compartir conocimientos a través de fronteras geopolíticas.
Como natural de Suiza, aprecio el desafiante entorno de las montañas. La naturaleza es una maestra poderosa y nos ofrece algunas de las lecciones más valiosas de la vida. En zonas agrestes, la planificación, la preparación y la conciencia de la situación influyen en la experiencia. Lo mismo ocurre con la ciencia. A menudo hacen falta pequeños pasos graduales y el compromiso de mantener una decisión para alcanzar los objetivos. Por importante que sea alcanzar las metas, igual de crucial es reconocer cuándo hay que reducir el ritmo, alzar la voz o reevaluar un riesgo. Los valores compartidos a través de la diplomacia científica definen las alianzas; tanto en la montaña como en la ciencia, pueden marcar la diferencia. En tiempos difíciles, los valores compartidos unen a las personas.
Agradecimientos: Marianne Lucien y Roman Klingler, por sus contribuciones y edición.





