No resolveremos la mayor crisis a la que se ha enfrentado la humanidad, la emergencia climática, a menos que tengamos en cuenta la agricultura.
La solución está en el suelo y aquí presentamos 3 maneras de hacerlo bien: pagar a los agricultores un precio justo por los alimentos; tratar el suelo como un activo; e implicar a los consumidores mediante una transparencia total.
Nuestro planeta y la humanidad se sustentan, en esencia, en una capa de suelo de 10-30 centímetros, que es nuestro recurso más preciado.
La agricultura siempre ha sido la base de la civilización. Hace unos 12.000 años, la humanidad pasó de ser cazadora a recolectora (tla Revolución Neolítica). Se domesticaron animales y el cultivo de cereales permitió gravar las tierras, lo que condujo a la creación de comunidades, ciudades, estados y, más tarde, países. La agricultura fue la fuerza impulsora de todo ello.
Más cerca de nuestro tiempo, también podemos ver la agricultura y a los agricultores como una parte crucial de uno de los relatos más impactantes de la historia occidental: la migración de Europa a América, el sueño de una tierra nueva.
Y pensemos en el milagro asiático. ¿Habría sido posible el próspero crecimiento de esta región, evitar la hambruna y que surgieran gigantes tecnológicos si no hubiera sido por la revolución verde asiática de la posguerra? En absoluto.
Ha llegado el momento de reconocer plenamente el impacto de la agricultura en la sociedad.
Ante quizá la mayor crisis de todos los tiempos —la emergencia climática que amenaza a la humanidad—, debemos buscar la solución en la propia naturaleza. Y la encontramos en el suelo. Estas son tres maneras de hacerlo bien:
1. Pagar a los agricultores un precio justo por los alimentos
Los agricultores, más que nadie, saben que no se puede sacar más de lo que se aporta. Sin embargo, hoy en día, una parte excesiva de nuestra producción de alimentos tiene un coste demasiado alto, en forma de pérdida de biodiversidad, deforestación y cambio climático.
Según el informe de la Coalición para la Alimentación y el Uso del Suelo (FOLU), «Crecer mejor: diez transiciones fundamentales para transformar la alimentación y el uso del suelo», el valor mundial del sistema alimentario es de 10 billones de dólares y su coste, de 12 billones de dólares.
En otras palabras, el sistema alimentario está destruyendo valor. El motivo es que no tenemos en cuenta los costes relacionados con la salud y el medio ambiente.

No podemos seguir pagando al agricultor solo por el volumen; también debemos empezar a pagar por la calidad y por las prácticas respetuosas con el medio ambiente. Sencillamente, no estamos pagando a los agricultores el coste real de los alimentos.
Es casi como si estuviéramos incentivando la contaminación. Los agricultores son custodios del suelo: empecemos a pagarles por ello.
2. Implicar a los consumidores mediante una transparencia total
Hoy en día, los consumidores no tienen forma de saber si los alimentos de los supermercados se han producido de manera respetuosa con el medio ambiente. Es cuestión de adivinar. Sabemos todo lo que hay que saber sobre la información nutricional, pero nada sobre la huella climática.
Ha llegado el momento de pasar de contar calorías a contar carbono. Podemos hacerlo promoviendo una transparencia total en toda la cadena de valor alimentaria. La tecnología está disponible y hay varias iniciativas en marcha. Sin embargo, necesitamos estandarización y armonización. Así, los consumidores sabrán cómo actuar y podremos recompensar la agricultura sostenible cada vez que hagamos la compra.
3. Tratar el suelo como una clase de activo
«Tenemos que dejar de tratar el suelo como si fuera suciedad», dijo Paul Polman en Davos hace unos años. No podría estar más de acuerdo, y quisiera añadir: debemos tratar el suelo como un activo.
El suelo no es solo un factor de producción; también es un activo medioambiental. Almacena el 80% del carbono de los ecosistemas terrestres.
Dado que el 52% de todas las tierras agrícolas están degradadas o en desuso y que el carbono almacenado en los suelos agrícolas ha disminuido debido a prácticas insostenibles, es necesario cambiar de rumbo y asignar un valor a los suelos sanos.
Mediante la agricultura regenerativa, podemos secuestrar más carbono, proteger mejor la biodiversidad y garantizar que los suelos sean productivos. Pero, para lograrlo, debemos establecer un sistema de créditos de carbono que proporcione a los agricultores una nueva fuente de ingresos por secuestrar carbono.
Imaginemos un mundo en el que las instituciones financieras consideren el suelo una clase de activo y el agricultor pueda ofrecerlo como garantía en función del valor que representa. Eso cambiaría la agricultura para siempre.
Se nos acaba el tiempo, pero las soluciones existen. Con la revolución científica de principios del siglo XX, que transformó el nitrógeno en una forma fija —es decir, en fertilizantes minerales—, la solución estaba en el aire. Hoy, la solución está en el suelo. Solo tenemos que actuar.





