La industria energética está en el centro de la recuperación mundial tras la COVID-19.
Pero se enfrenta a lo que se ha denominado ‘el trilema energético’: los desafíos contrapuestos de la seguridad, la accesibilidad y la sostenibilidad ambiental.
Cumplir los tres objetivos exige una combinación de tecnologías y métodos, adaptados a nivel nacional y local, en lugar de un enfoque único para todos.
Un catalizador y un nuevo comienzo, aunque inesperado: la pandemia de coronavirus ha causado un dolor y unas penurias incalculables, pero también ha generado un impulso sin precedentes para un cambio profundo y estructural en la sociedad y en las industrias.
La edición de este año de la Davos Agenda se centra en cómo podemos aprovechar esta dinámica y, al mismo tiempo, seguir combatiendo los devastadores efectos del virus. El objetivo es dar forma a un sistema económico nuevo, más resiliente y sostenible, que pueda restablecer un nivel de cohesión mundial que no se veía desde hace mucho tiempo.
La energía está en el centro de todo ello, ya que proporciona la potencia necesaria para que la economía mundial funcione. También nos ha demostrado que unos pocos cambios pueden marcar una diferencia significativa. Hubo una caída sustancial del consumo de energía en 2020, debido sobre todo a las restricciones a la movilidad y a las actividades sociales y económicas. Las energías renovables llegaron a representar casi el 90% del aumento de la capacidad total de generación eléctrica en todo el mundo. Al mismo tiempo, ha seguido aumentando el impulso de otros combustibles y tecnologías con emisiones neutras en carbono.
Pero estos son todavía pasos muy pequeños. En los círculos energéticos se utiliza a veces una expresión para describir los desafíos a los que se enfrenta el sector: el trilema energético.
En términos sencillos, el trilema energético consiste en abordar tres desafíos que a menudo son contrapuestos: garantizar la seguridad energética, proporcionar equidad energética –acceso a energía asequible y limpia– y lograr la sostenibilidad ambiental.
La cuestión es cómo nos desenvolvemos, como sector, frente a estas tres preocupaciones.
1. Garantizar la seguridad energética
¿Qué tan bien preparado está un país para satisfacer de forma fiable la demanda energética actual y futura? ¿Puede resistir y recuperarse rápidamente de perturbaciones del sistema —como una pandemia— con una interrupción mínima del suministro?
La seguridad implica inevitablemente no depender en exceso de una única solución energética. Estar en un país con abundantes recursos eólicos significaría que esta sería la mejor fuente de electricidad, tanto en términos de impacto ambiental como de asequibilidad.
Sin embargo, esto poco contribuye a responder a la cuestión de la seguridad energética. Al ser un recurso variable, las energías renovables como la eólica no pueden funcionar de forma aislada, sino que deben equilibrarse con soluciones que compensen los picos y valles del suministro.
En 2020 se lograron avances significativos en este contexto, comenzando por un fuerte impulso para crear un mercado del hidrógeno, como demuestran las nuevas políticas de entidades como la Unión Europea.
Paralelamente, el desarrollo y la comercialización de distintos tipos de almacenamiento de energía —incluidas las baterías a gran escala — fueron una prioridad en la agenda.
No debemos olvidar tampoco el papel de las centrales eléctricas tradicionales en la estabilización de la red. Cuando sea posible, estas centrales pueden descarbonizarse mediante su conversión a hidrógeno renovable o a una mezcla de gas natural e hidrógeno. Otras estrategias para minimizar el impacto ambiental incluyen el uso de herramientas digitales para operar las centrales de forma más eficaz, la mejora de la eficiencia de las turbinas y la incorporación de captura, utilización y almacenamiento de carbono (CCUS) para las emisiones restantes.
Por último, debemos reconsiderar la energía nuclear como fuente de energía de carga base, incluidos tanto los reactores de fisión modernos como, en última instancia, la fusión nuclear. El siguiente hito para esta última será el proyecto de demostración ITER que entrará en funcionamiento en 2025 e incluirá imanes de campo de 300 toneladas que hemos fabricado en Japón y trasladado a la instalación en el sur de Francia.
2. Acceso equitativo a la energía
El acceso universal a una energía fiable, asequible y abundante todavía no está garantizado en todo el mundo. Impulsar la electrificación es de especial importancia en las economías emergentes.
Las Naciones Unidas proyectan que, al ritmo actual de progreso, alrededor de 620 millones de personas seguirán sin suministro eléctrico en 2030 —el año fijado por los Objetivos de Desarrollo Sostenible para el acceso universal a la energía—. Además, esta estimación no tiene en cuenta el impacto de la COVID-19 en las economías emergentes.
Para cumplir los objetivos, las soluciones energéticas deben adaptarse a los recursos naturales y a las necesidades de la población local. Por ejemplo, trabajamos con una empresa de servicios públicos keniana que aprovecha los recursos de energía geotérmica del país, en una iniciativa gubernamental financiada por varias organizaciones multilaterales. Asimismo, soluciones descentralizadas como las minirredes híbridas triples, que combinan energía renovable con una batería de almacenamiento y un generador de respaldo, ayudarán a los mercados emergentes a aprovechar sus fortalezas.
Otra respuesta al desafío del acceso se refleja en nuestra alianza con la Universidad de Nueva Gales del Sur para desarrollar un esquema que aplique la ciencia al arte de equilibrar desafíos económicos, sociales y ambientales contrapuestos, con el fin de seleccionar la combinación energética local más adecuada. Aplicar este enfoque a nivel de ciudades y de otros desarrollos urbanos relativamente más pequeños ayudará a garantizar resultados más adaptados y equitativos.
3. Lograr la sostenibilidad ambiental
Pese a la COVID-19, la crisis climática ha seguido ocupando un lugar destacado en la agenda mundial en 2020. La transición energética es clave para mitigar el cambio climático, pero ha quedado claro que no es algo tan sencillo como una política de ‘energías renovables para todos’.
En todas las economías hay áreas —como la industria pesada— en las que la abundante electricidad renovable es de poca utilidad cuando se necesitan grandes volúmenes de calor intenso o gases para los procesos de fabricación.
En estos casos, una variedad de soluciones alternativas, como el hidrógeno, la CCUS y los combustibles sintéticos, desempeñará un papel crucial junto a la electricidad renovable.
Las acerías, por ejemplo, se espera que acaben utilizando hidrógeno como fuente de calor industrial, así como medio para la reducción de los óxidos de hierro.
En otros sectores, como el de la industria del cemento, la CCUS es prácticamente la única vía para lograr las reducciones significativas de emisiones necesarias para cumplir el Acuerdo de París. También se está estudiando la captura de carbono en el transporte marítimo para cumplir con las estrictas normas sobre CO2, al igual que el uso de amoníaco, metano y metanol, que pueden utilizarse en combinación con sistemas de captura de carbono a bordo.
En los últimos años, el foco se ha puesto, con razón, en el tercero de estos desafíos del trilema energético. Pero en el mundo posterior a la COVID-19, con muchas economías en recesión, también hay que dar prioridad a garantizar suministros energéticos fiables y asequibles para todos, si se quiere lograr una recuperación de la pandemia verdaderamente global, cohesionada y sostenible.
Esto implica reconocer que cada país, cada ciudad y cada industria tiene sus propios recursos naturales y necesidades energéticas. Ser sostenible significa identificar las fuentes de energía que puedan hacerlo, de manera que den respuesta a cada uno de los desafíos del trilema energético.







