Ahora que la atención se centra en la recuperación tras la COVID-19, ¿tomaremos decisiones que restablezcan las economías y respalden la agenda «verde»?
¿O estamos atrapados en la idea de que tenemos que elegir entre ambas cosas?
No servirá de nada reconstruir las economías y las vidas si sacrificamos el futuro del planeta.
Nos encontramos en un momento decisivo en lo que respecta al calentamiento global. Ahora que la atención se centra en reconstruir y recuperarse de la COVID-19, debemos tomar decisiones para restablecer las economías devastadas, pero ¿contribuirán también a cumplir los compromisos del Acuerdo de París?
Si hay algún resquicio de esperanza en algo tan catastrófico como la COVID-19, es el impulso ambiental y la ralentización de las emisiones de gases de efecto invernadero que experimentamos a principios de año.
Al desplomarse la producción industrial, desaparecer los coches de las carreteras y quedar los aviones en tierra, personas de todo el mundo notaron un efecto positivo en su entorno. El aire estaba más limpio, había menos contaminación y la naturaleza empezó a restablecer el equilibrio.
Después de vislumbrar un futuro de 1,5 °C, ¿acaso volveremos a nuestros estilos de vida con una alta huella de carbono?
Pero existe el temor de que sí lo hagamos. Incluso antes de que irrumpiera la pandemia, preocupaba alcanzar el objetivo de la ONU de limitar el calentamiento global a 1,5 °C. Ahora, la COVID-19 podría socavar tanto las medidas concretas como las buenas intenciones.
¿Es solo un repunte pasajero la reducción de las emisiones?
La Agencia Internacional de la Energía informó de que las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero están previstas para disminuir un 8 % en 2020 con respecto a 2019, hasta alcanzar niveles de hace 10 años. En su punto máximo, a principios de abril de 2020, las emisiones mundiales diarias disminuyeron un 17 % frente a los niveles medios de 2019, según el Proyecto Global de Carbono.
Pero a principios de junio, el Proyecto Global de Carbono constató que las emisiones habían repuntado hasta situarse a menos de un 5 % de los niveles de 2019, cuando los países levantaron las medidas de confinamiento. Esto parece indicar que toda reducción de las emisiones es puramente temporal y que estamos a punto de volver a la misma desalentadora trayectoria ascendente.
Ya hemos visto cómo se debilita la determinación en el empeño por reconstruir a toda costa, en lugar de reconstruir mejor; algunos gobiernos han flexibilizado o suspendido las normas de protección ambiental para estimular la actividad industrial.
Mientras los gobiernos, las empresas y las personas se centran en restablecer las economías y los medios de vida, es demasiado fácil quedarse atrapado en la idea de que las viejas prácticas insostenibles son la única opción práctica y que ahora lo verde es solo «un extra deseable».
¿Repetir los errores?
No sería la primera vez que una recuperación económica perjudica al medio ambiente. Durante la crisis financiera mundial de 2008–2009, las emisiones mundiales de CO2 disminuyeron un 1,4 % en 2009, y de inmediato les siguió un crecimiento del 5,1 % en 2010, muy por encima del promedio a largo plazo. Las emisiones pronto retomaron su trayectoria anterior, casi como si la crisis no hubiera ocurrido.
No repitamos el mismo error. Debemos separar nuestras prioridades económicas de la amenaza del cambio climático, que evoluciona más lentamente, pero que en última instancia es mayor.
Si descuidamos el cambio climático, el riesgo existencial mundial más importante, no servirá de nada reconstruir las economías y las vidas si sacrificamos el futuro del planeta.
La recuperación tras la COVID-19 no implica elegir entre la recuperación económica y una agenda verde, sino que ofrece la oportunidad de lograr una junto con la otra. Debemos tomar decisiones con la firme convicción de que integrar políticas verdes puede actuar como catalizador del crecimiento económico y, al mismo tiempo, tener un efecto positivo en nuestra salud y bienestar.
Si no incorporamos un estímulo verde a todos nuestros planes de recuperación, sufriremos las consecuencias a largo plazo. No es momento de frenar el impulso, por ejemplo, a la fijación de precios del carbono, ni de aflojar los esfuerzos para eliminar las subvenciones a los combustibles fósiles.
No hay una vacuna de solución rápida
Tampoco debemos dejar que nos desvíen del desarrollo de formas de energía más limpias y eficientes, ni perder el entusiasmo por las inversiones que promueven la sostenibilidad. Ha llegado el momento de redoblar nuestros esfuerzos verdes.
No será fácil. La transición hacia una economía mundial que descarbonice, mantenga la prosperidad y reduzca la desigualdad al mismo tiempo será un desafío hercúleo. No hay una vacuna de solución rápida.
Pero la COVID-19 da motivos para la esperanza. En su respuesta a la pandemia, los gobiernos y las empresas de todo el mundo han demostrado que tienen el poder, la flexibilidad y la rapidez para hacer frente a una crisis mundial. Con la misma determinación, pueden abordar la crisis del cambio climático.
Al llegar a esta encrucijada climática, en Zurich tenemos claro que nuestro rumbo no ha cambiado. Seguimos comprometidos con la iniciativa Business Ambition de la ONU, que firmamos en junio de 2019 para limitar el aumento de la temperatura mundial a 1,5 °C.
Necesitamos que todos sigan un rumbo verde. La COVID-19 nos unió a todos como comunidad mundial para combatir una de las pandemias más mortíferas que ha golpeado nuestro planeta en los últimos 100 años. Aprovechemos ese mismo espíritu y solidaridad para abordar la mayor amenaza existencial del próximo siglo.
Este artículo apareció en Forbes.





